John Senior: el abad de Clear Creek, Natalia Sanmartín y el Valle de los Caídos


Javier Olivera Ravasi, el 25.05.19 a las 11:17 AM
Por gracia de Dios y por intermedio de nuestros amigos españoles de la Revista Hispánica (que nos pagaron el avión), fuimos invitados a participar este último fin de semana (18 y 19 de Mayo de 2019) a la gran abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, ese monumento glorioso que el gran General Francisco Franco mandó construir para la reconciliación de todos los españoles.

Allí estaba también nuestro amigo, el padre Santiago Cantera, prior del Valle y hombre aguerrido como pocos, que crucificado y todo, anda como Quijote dando batalla a quienes quieren hacer olvidar a Dios de España.

El encuentro, programado para dos días, fue puntual: la idea era conocerse y oír, el sábado, una tertulia amical al Padre Anderson, antiguo hippie y actual abad del monasterio de Clear Creek, de Estados Unidos, mientras que el domingo, participar de una misa solemne según la forma extraordinaria del rito romano y oír una conferencia del abad norteamericano.

Todo resultó un verdadero éxito.

Muchos de nosotros ya conocemos algo de la fabulosa historia de John Senior y su “pandilla” de locos; hace un par de años publicábamos algo AQUÍ y AQUÍ, como también las andanzas de lo que sucede en algunas abadías tradicionales donde las vocaciones jóvenes abundan, como Le Barroux y Fontgombault, en Francia, de la cual nació el monasterio “senioriano».

La solemnidad, la férrea voluntad de servir a Dios y la fidelidad a la Iglesia Católica son algunas de sus características más claras. A decir verdad -también debemos remarcarlo- algo análogo hemos comenzado a ver en el Valle de los Caídos, donde se está dando una gran recuperación en cuanto a la calidad y cantidad de vocaciones jóvenes, a pesar de no haber adoptado aún la liturgia tradicional como modo propio. Pero tranquilos: todo llega…

Palabras aparte merecería la Santa Misa que vivimos allí, en pleno Valle de los Caídos, ante el silencio de los arcángeles guardianes y esa liturgia que más pareció del Cielo que de la tierra y que nos hizo pensar, por un momento, que uno no está solo en este Valle de lágrimas y que España está viva, está viva; no sólo en el himno nacional que sonó en el órgano inmediatamente luego de la consagración, sino en la enorme cantidad de jóvenes que allí estaban, absortos, viendo el misterio y participando de esa gran “conversación que está en el Cielo», como dice San Pablo (Fil 3,20).

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