J.R.R. Tolkien – Entre Bloemfontein y Bournemouth – Capítulo 4: Tolkien universitario

Fuente: Eleuterio Fernandez – InfoCatólica

 

Después de volver de su viaje a Europa, a Tolkien le correspondía dar comienzo al curso universitario para el que tanto se había preparado. Corría el año 1911 y nuestro autor tenía todo un mundo por delante para el que tanto había estudiado y luchado y en el que se iba a entregar como mejor sabía hacer: trabajando.

John empieza la universidad. Podemos decir que le pudo haber ido bastante mal si en el Exeter College (donde ingresó formalmente el 17 de octubre de 1911), que era el College donde le había correspondido estudiar, hubieran seguido las costumbres, digamos características y generales, de la Universidad de Oxford.

Esto último lo decimos porque, en aquel tiempo, la gran mayoría de alumnos que allí estudiaban pertenecían a la clase alta de la sociedad y ya podemos imaginar lo que tendrían que soportar los que hubieran acudido a sus aulas mediando una beca, como era el caso de Tolkien.

De todas formas, en el Exeter no se acostumbraba a ser tan esnob y el clasismo no era el que se podía vivir (y sufrir) en otros lugares de aquella Universidad inglesa.

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Tolkien, por eso mismo, se integra muy bien en el College que, en aquel tiempo, no era considerada una facultad de las más prestigiosas lo cual, por cierto, le vino más que bien al que sería autor de “El Señor de los Anillos” por lo dicho arriba de su falta de forma de ser “sui generis” estilo Oxford…

Dada su jovial naturaleza, pronto hace buenos amigos y pronto empieza a frecuentar clubes sociales y académicos (como la Sociedad Stapeldon) donde pasa a formar parte de círculos debate y se integra en el Club de Ensayo. Y, como, además, juega al rugby y lo hace bastante bien, pronto se granjea buenas amistades, como decimos arriba. Y tal es así la cosa que acaba formando parte de un círculo de nombre “Apolausticks” que viene a querer decir algo así como “aquellos que se entregan a la autocomplacencia” que tanto le debía recordar a aquel T.C.B.S (Club de Té y Sociedad Barroviana) del que formara parte cuando acudía a la King Edward’s School.

El caso es que bien podemos decir que aquel lugar fue un verdadero hogar para John.

En aquel lugar, y durante su primer curso universitario, a Tolkien le sigue interesando mucho aquello que tiene que ver con la literatura germánica y, siguiendo aquel consejo que le diera Robert Cray Gilson cuando en la King Edward’s School le recomendara (viendo la facilidad que tenía para las lenguas) que ahondara en lo que era el conocimiento de las lenguas, en su ser mismo de sistema de comunicación, es lo que hace. Y, como ya en su infancia mostrara interés por el bosquejo lo vuelve a retomar así como el estudio de la caligrafía como resulta fácil descubrir en sus obras literarias.

No podemos negar, por otra parte, que en este tiempo de estudio, de descubrimiento y de confirmación en mucho de lo que Tolkien siempre había creído y mostrado interés, no fue poco importante que se cumpliera el plazo de la mayoría de edad (21 años) que le había dado el P. Francis Morgan para que, hasta entonces (desde que la conociera y le declarar su amor) dejara de ver y escribir a Edith Bratt quien acabaría siendo su Lúthien y amor para toda su vida.

Y entonces cumplió John 21 años.

Nuestro autor era hombre de fe profunda y respetó tanto al P. Morgan que no hubo relación alguna entre ellos hasta que, en efecto, llegó tal día, un 3 de enero de 1913. Entonces, sabiendo que había cumplido su promesa más allá del deber, le escribió a Edith para comunicarle que su relación podía continuar donde la habían dejado algunos años antes.

Edith, de todas formas, no había tenido tanta paciencia (tenía 3 años más que Tolkien) y ya se había comprometido.

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Eso, de todas formas, no iba arredrar a John que, ni corto perezoso, tomó el tren a Cheltenham (lugar donde vivía su amor desde hacía tres años que es, justamente, en 1910 cuando Tolkien obtuvo su beca universitaria y, como hemos escrito en el artículo anterior, el 3º de esta pequeña biografía, viajó nuestro autor a Europa) para poner las cartas en su sitio.

Podemos decir que jugó muy bien su partida John porque recuperó (si es que lo había perdido…) el amor de Edith y quedó reafirmado allí mismo. Y aunque no se casarían pronto, los obstáculos (su minoría de edad y el compromiso de Edith con otro muchacho) habían sido vencidos.

(Continuará)

Eleuterio Fernández Guzmán- Erkenbrand de Edhellond

Para leer el Prólogo.

Para leer el Capítulo 1.

Para leer el Capítulo 2.

Para leer el Capítulo 3.

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