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Meditaciones diarias

En la última homilía de Santa Marta antes del descanso estivo el Papa comenta que deberíamos tener todos el adn de Abraham, padre en la fe, y vivir con el estilo cristiano del «despojamiento», siempre «en camino» sin buscar jamás la comodidad pero con la capacidad de «decir bien». Seguros de que no se necesitan horóscopos o nigromantes para conocer el futuro, porque basta fiarse de la «promesa de Dios». He aquí las coordinadas «simples» de la vida cristiana que el Papa Francisco propuso durante la misa celebrada el lunes 26 de junio en Santa Marta.

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El secreto para ser «muy felices» es reconocerse siempre débiles y pecadores, es decir «recipientes de barro», ese material pobre pero que sin embargo puede contener incluso «el tesoro más grande: la potencia de Dios que nos salva». Y es ante la tentación de muchos cristianos de maquillarse para aparentar ser «recipientes de oro» en cambio, hipócritamente «suficientes por si mismos», que Francisco puso en guardia en la misa celebrada el viernes 16 de junio en Santa Marta.

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El «anuncio del Evangelio» no admite «sombras» o incertidumbres, no se esconde detrás de los “quizá” o los “sí o no”. Es solamente “sí” la palabra sobre la que se funda el anuncio cristiano. Y es esta la fuerza que «lleva al testimonio», a ser «sal de la tierra» y «luz del mundo» y a «glorificar a Dios». Las imágenes y las palabras «fuertes» propuestas por la liturgia del martes 13 de junio estuvieron en el centro de la meditación del Papa Francisco en la homilía de la misa celebrada en Santa Marta.

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Es suficiente con tener la puerta del corazón entreabierta y «Dios se las arregla para entrar», salvándonos de terminar en la fila de los «in-misericordiosos»: neologismo para entender a aquellos que sin misericordia ponen en práctica las bienaventuranzas al contrario. Es precisamente la tentación «narcisista de la autorreferencialidad» —lo opuesto de «la alteridad» cristiana que «es don y servicio»— sobre la que el Papa Francisco advirtió en la misa celebrada el lunes por la mañana, 12 de junio, en Santa Marta.

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«Un verdadero cristiano no puede ser hipócrita y un hipócrita no es un verdadero cristiano»: contra la tentación de la «doble cara» el Papa Francisco usó un lenguaje directo, sin equívocos. Lo hizo en la misa que celebró en Santa Marta el martes 6 de junio, durante la cual tomó el pasaje del Evangelio de Marcos (12, 13-17) en el que «algunos fariseos y herodianos» buscaban el error en Jesús.

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Acogiendo a los judíos perseguidos, en los años de la Segunda Guerra Mundial, Pío XII atestiguó cómo se cumplen las obras de misericordia: compartiendo, compadeciendo, corriendo el riesgo en primera persona y sin miedo a burlas o incomprensiones. Con un llamamiento a redescubrir y poner en práctica «las catorce obras de misericordia corporales y espirituales» el Papa Francisco invitó a un examen de conciencia personal en la misa celebrada el lunes 5 de junio en Santa Marta.

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La Iglesia no debe ser nunca «tibia» y está llamada, así como cada cristiano, a un camino de «conversión diario». Es necesario de hecho prestar atención a no adecuarse a un estado «tranquilo», «mundano», y estar siempre abiertos al «anuncio alegre que Jesús es el Señor». Como hizo, por ejemplo, el arzobispo Óscar Arnulfo Romero, recordado por el Papa Francisco en el segundo aniversario de la beatificación, durante la misa celebrada en Santa Marta el martes 23 de mayo.

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«Señor, ábreme el corazón para que yo pueda entender lo que tú me has enseñado. Para que yo pueda recordar tus palabras. Para que yo pueda seguir tus palabras. Para que yo llegue a la verdad plena». Es la “oración” para «hacer estos días» sugerida por el Papa durante la misa celebrada el lunes por la mañana, 22 de mayo, en Santa Marta. Francisco la pronunció comentando como es habitual la liturgia de la palabra que —explicó— «en estos días nos hace escuchar el largo discurso de Jesús en la Última cena» en el que anuncia «a los suyos» el envío del Espíritu Santo.

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Del riesgo de dejarse embaucar por una «paz tranquila, artificial y anestesiada» –con el cartel de «no molestar» incluido– típica del mundo y que cada uno puede fabricarse por sí mismo, advirtió el Papa Francisco en la misa celebrada el martes 16 de mayo en Santa Marta. Y propuso de nuevo la verdadera esencia de la paz que sin embargo nos dona Jesús: «una paz real» porque está enraizada en la cruz, capaz de pasar a través de las muchas tribulaciones cotidianas de la vida, entre sufrimientos y enfermedades. Pero sin caer en el estoicismo o haciendo “de faquires”. Y precisamente respecto a esto, Francisco quiso reproponer el pensamiento eficaz de san Agustín: «La vida del cristiano es un camino entre las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios» (De Civitate Dei XVIII, 51).

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Fueron los laicos, «dispersos por la persecución desencadenada después del martirio de Esteban», quienes llevaron «la palabra a los paganos de Antioquía», donde «por primera vez fueron llamados “cristianos”», obteniendo después la vía libre y el aliento de la comunidad de los apóstoles en Jerusalén a través de Bernabé. Y el secreto de esa primera y extraordinaria evangelización fue «la docilidad ante el Espíritu Santo para acoger y anunciar la Palabra», dijo el Papa en la misa del martes 9 de mayo, por la mañana, invitando a rezar también hoy precisamente «por Antioquía». Y ofreciendo la celebración «por las religiosas de Casa Santa Marta» —las hijas de la caridad de San Vicente de Paúl— que recuerdan «el día de su fundadora, santa Luisa de Marillac».

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A Pedro no le faltó la valentía de dejarse sorprender por las novedades del Espíritu Santo para romper la rigidez del «siempre se ha hecho así», sin temor a dar «escándalo» o faltar a su misión de «piedra». Pero con la libertad de «no ser impedimento a la gracia de Dios» y de no «silenciar el ruido que hace el Espíritu, cuando viene a la Iglesia». Sugiriendo pedir al Padre «la gracia del discernimiento», el Papa Francisco —en la misa celebrada el lunes 8 de mayo en Santa Marta— invitó a no cometer «el pecado de resistir al Espíritu Santo».

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