Meditaciones diarias

Para encontrar al Señor «que viene y vendrá», es necesario tener «corazones grandes pero actitud de pequeños», yendo hacia adelante con «la alegría de los humildes» que son conscientes de estar continuamente bajo la mirada del Señor. Es este el estilo de vida que se pide a cada cristiano. Lo dijo el Papa Francisco en la homilía, en la cual propuso una reflexión sobre el tema de la «humildad».

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El clericalismo en la Iglesia es un mal de raíces antiguas y que tiene siempre como víctima «al pueblo pobre y humilde»: no por casualidad también hoy el Señor repite a los «intelectuales de la religión» que pecadores y prostitutas les precederán en el reino de los cielos. Es un verdadero examen de conciencia el propuesto por el Papa Francisco en la misa celebrada el martes, 13 de diciembre, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta. Recordando el pasaje evangélico de Mateo (21, 28—32) presentado en la liturgia, el Pontífice ha subrayado que «Jesús se dirige a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos del pueblo y eso quiere decir a los que tenían la autoridad, la autoridad jurídica, la autoridad moral, la autoridad religiosa: todo». Él «habla claro» a los «que decidían todo: pensemos en Anás y Caifás, que han juzgado a Jesús, o a esa palabra de Caifás: es más ventajoso para nosotros que muera un hombre por el pueblo y que no se estropee la nación entera». En resumen, afirmó el Papa, «ellos decidían todo, también tomaron la decisión de matar a Lázaro, porque era un testimonio que no era conveniente para sus intereses». Eran «hombres de poder» y «a ellos se dirigió Judas, para negociar: “¿Cuánto me dais si os lo traigo?”». Exactamente «así fue vendido Jesús». Y ellos «eran los sacerdotes, los jefes».

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El Papa Francisco entregó simbólicamente a los seminaristas de Roma los iconos de san Policarpo, san Francisco Javier y san Pablo mientras está a punto de ser decapitado, recomendándoles que vivan el sacerdocio como auténticos mediadores entre Dios y el pueblo, alegres incluso en la cruz, y no como funcionarios intermediarios, rígidos y mundanos, pendientes sólo de los propios intereses y por eso insatisfechos. Es este el perfil auténtico del sacerdote trazado por el Pontífice en la misa celebrada el viernes 9 de diciembre, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta.

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El «alegre anuncio de Navidad» es que «viene el Señor con su poder», pero sobre todo que ese poder «son sus caricias», su «ternura». Una ternura que, como el buen pastor con sus ovejas, es para cada uno de nosotros: Dios no olvida jamás a ninguno de nosotros, ni siquiera si nos hubiéramos trágicamente «perdido» como sucede a Judas quien, perdido en su «oscuridad interior», es en un cierto modo el prototipo, el «icono» de la oveja de la parábola evangélica.

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Con su intuición Magdalena entendió que Jesús quería “re-crearla”, no cubrir simplemente sus pecados con una operación de maquillaje: y precisamente ella, que ha tenido el valor de dar «nombre y apellido» a los propios pecados, fue señalada por Papa Francisco –en la homilía de la misa celebrada el lunes 5 de diciembre en la capilla de la Casa Santa Marta– como ejemplo para dejarse renovar verdaderamente por el Señor en lo más profundo.

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Al mundo «no le gusta pensar» en las últimas realidades, pero también estas forman parte de la existencia humana. Y si se vive «en la fidelidad al Señor», después de la muerte corporal «no tendremos miedo» de presentarnos frente a Jesús para su juicio. Siguiendo el camino de la «última semana del año litúrgico», el Papa Francisco dedicó la homilía de la misa celebrada en Santa Marta el martes 22 de noviembre, a una reflexión sobre el final: «sobre el final del mundo, sobre el final de la historia; sobre el final de cada uno de nosotros, porque cada uno de nosotros tendrá su final».

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Es el encuentro con un Señor “fuerte”, que reprende ásperamente —aunque siempre por amor— el propuesto por el papa Francisco en la homilía de la misa celebrada en Santa Marta el martes 15 de noviembre. Es la imagen, sugerida por la liturgia, de Jesús “que está delante de nosotros”, y lo hace “para reprendernos, porque nos ama, o para invitarnos o para hacerse invitar”.

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Siervo pero libre, hijo y no esclavo: es este el aspecto de la identidad del cristiano profundizado por el Papa Francisco en la homilía de la misa celebrada en Santa Marta el martes 8 de noviembre por la mañana. El punto de partida de la reflexión fue el pasaje del Evangelio de Lucas (17, 7-10) en el cual Jesús afirma: “Somos siervos inútiles”. ¿Pero qué significa esta expresión?

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Es «docilidad» la palabra clave de la reflexión del Papa Francisco durante la misa celebrada el martes 25 de octubre en Casa Santa Marta. Debe ser esta, efectivamente, la característica principal no sólo del «camino» de cada cristiano, sino también del camino más amplio que caracteriza el reino de Dios.

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La rigidez del hipócrita no tiene nada que ver con la ley del Señor, sino que tiene relación con «algo oculto, una doble vida» que nos convierte en esclavos y hace olvidar que estar de la parte de Dios significa vivir «la libertad, la mansedumbre, la bondad, el perdón». Son precisamente estas las actitudes del cristiano —que no debe aparentar ser bueno para enmascarar «la enfermedad» de la rigidez— indicadas por el Papa Francisco en la misa celebrada el lunes 24 de octubre, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta.

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El Papa Francisco volvió a reflexionar sobre el misterio de Cristo y de la Iglesia. En continuidad con la meditación del jueves 20 de octubre y siguiendo la línea de la liturgia del día, en la misa celebrada en Santa Marta el viernes 21 se detuvo a hablar de la unidad que está en el centro del «misterio de la Iglesia» y que se realiza a través «del vínculo de la paz». Como es habitual, la homilía del Pontífice hizo referencia a la cotidianidad de la vida de cada cristiano: para responder de manera «digna» a la «llamada del misterio», hay que aprender a vivir con «humildad», con la «dulzura» que lleva a «soportarnos mutuamente» y con la «magnanimidad» que abre el corazón a todos.

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