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El ayuntamiento de Milton, en Portsmouth, ha prohibido a los pro-vida realizar vigilias cerca de las clínicas de abortos bajo el argumento de que acosan a la mujer. Y quieren extenderlo a todo el país.

Desde hace unos meses en el Reino Unido se ha puesto en marcha una potente ofensiva contra las vigilias de oración y ayuda que algunos pro-vida organizan en las inmediaciones de algunos centros que practican abortos.

El último paso lo ha dado, hace dos semanas, el ayuntamiento de Milton, Portsmouth, al aprobar por 33 votos contra uno hacer “todo lo que esté en sus manos” para evitar las vigilias pro-vida cerca de un centro abortista de la localidad.

Es el segundo caso en el Reino Unido, después de que Ealing, en el este de Londres, hiciera hace poco lo mismo para establecer “zonas neutrales” (o sea, zonas prohibidas para los pro-vida) en torno a los centros donde se realizan abortos basándose en una norma del año 2014 conocida como PSPOs (public spaces protection orders [órdenes de protección de los espacios públicos]) que les permite criminalizar comportamientos en determinadas zonas que no son considerados delito fuera de ellas.

Y no parece que vaya a ser el último por el celo con que los políticos favorables al aborto se han sumado a esta nueva cruzada contra los peligrosísimos pro-vida: Sadiq Khan, el alcalde laborista de Londres se ha expresado a favor de extender estas medidas, sumándose así al líder de su partido, Jeremy Corbin, y al de los Liberal-Demócratas, Vince Cable.

Por su parte, el obispo de Portsmouth, Monseñor Egan, que participó en una de esas vigilias, ha reaccionado al acuerdo del ayuntamiento declarando:

“Siento mucho personalmente esta decisión. Los 40 días por la Vida de Portsmouth han sido un testimonio pacífico en el que hemos ofrecido nuestras oraciones por los no nacidos, por las madres que afrontan elecciones difíciles, por el personal médico, por las familias y por un cambio en la ley del aborto.

Tendremos que continuar haciendo esto de otra forma. La decisión del ayuntamiento es un nuevo ejemplo de las cada vez más draconianas restricciones establecidas por nuestra así llamada sociedad liberal sobre la libertad de expresión religiosa. Con las corrientes actuales de regulación, se hace cada vez más difícil para los católicos vivir y dar testimonio de su fe”.

Unas palabras claras y preocupantes que no parecen haber hecho mella en los políticos abortistas que no dudan en demonizar, recurriendo a falsedades, a quienes quieren expulsar del espacio público.

Así, Sadiq Khan ha declarado: “Apoyo el derecho a protestar, pero cuando la protesta se convierte en acoso a mujeres que están accediendo a sus derechos se tiene que hacer algo”.

Una curiosa afirmación que empieza afirmando algo supuestamente sagrado para, en base a una acusación sin fundamento, negarlo a quienes le resultan molestos. Todo un ejemplo de hipocresía postmoderna revestida de oropeles de tolerancia y moderación.

Clare McCullough, una de las fundadoras del The Good Counsel Network, un grupo pro-vida que organiza vigilias junto al centro abortista Marie Stopes en Ealing, ha respondido así a las acusaciones del alcalde de Londres: “El acoso es un crimen tipificado. Si estuviéramos acosando a alguien hubiéramos sido arrestados. De hecho, lo que estamos intentando hacer es ayudar a las mujeres a tener una alternativa, si ellas desean aceptarlas”.

Un argumento sólido, pero en esta, como en tantas cuestiones, poco importa la solidez argumental cuando se toca uno de los tabúes, de los dogmas sagrados, de la modernidad secularista. Y el aborto es uno de ellos, y no precisamente uno menor.

Así, quienes quieren impedir que quienes defienden la vida puedan ofrecer alternativas a las mujeres que van a abortar han enviado una carta, firmada por 113 miembros del Parlamento, al Secretario de Interior, Amber Rudd, pidiéndole que extienda las “zonas neutrales” a todo el país, insistiendo en la acusación de acoso a las mujeres.

Este objetivo, la prohibición de que los pro-vida ofrezcan alternativas en las inmediaciones de los centros abortistas, no es algo impensable. De hecho, la provincia de Ontario, en Canadá, ya ha aprobado una ley de este tipo. Cualquiera que viole las llamadas “zonas de seguridad”, proponiendo por ejemplo a una mujer que no aborte en un radio de 50 metros de un centro abortista, se enfrenta a seis meses de cárcel y una multa de hasta 5.000 dólares.

¿A qué viene esta ofensiva contra unas vigilias que, en muchas ocasiones, son solo un pequeño puñado de personas rezando discretamente en la calle? ¿Cómo es que siendo tan pocos han puesto tan nerviosa a una industria multimillonaria como la del aborto?

El Catholic Herald propone una explicación que me ha hecho reflexionar y que hago mía sin reservas. En referencia a las vigilias pro-vida, comenta en su último editorial que “su valiente testimonio nos recuerda a la Carta desde la Cárcel de Birmingham, en la que Martin Luther King hablaba de cómo una acción directa pacífica puede traer a la superficie tensiones que habían permanecido desde hacía tiempo sumergidas.

“Tengo que confesar que no tengo miedo de la palabra ‘tensión’,” escribió. “Me he opuesto enérgicamente a la tensión violenta, pero hay un tipo de tensión constructiva, una tensión no violenta que es necesaria para el crecimiento”.

“Las vigilias pro-vida ayudan a nuestra sociedad a crecer en tomar conciencia de la humanidad del niño no nacido. No importa que sean consideradas una amenaza por una industria basada en la negación de ese hecho. Suprimirlas es un intento de ocultar la verdad sobre el aborto. No deben salirse con la suya”.