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Tanto en el cristianismo como en el islam, encontramos la práctica del ayuno. A simple vista podría parecer un lazo que nos une, pero cuando se estudian con un poco de profundidad las motivaciones con las que ayunan cristianos y musulmanes descubrimos asombrados que esta práctica antes que acercarnos, nos aleja. Quizás sea bueno reflexionar sobre estas diferencias para comprender el verdadero sentido de la mortificación cristiana.

El islam es una religión que desconoce el amor y el perdón. La actitud fundamental del musulmán es la sumisión, a la que se llega a través del temor. De ahí que el mismo ayuno es señal de sometimiento, de subordinación. En cambio, el espíritu de mortificación cristiano está animado por una disposición bien distinta.

No se trata de cuestionar al buen musulmán que ayuna con un sentimiento de temor de Dios en su corazón. Pero lo cierto es que su ayuno es muy distinto del nuestro y no se pueden poner al mismo nivel.

Los cristianos somos y nos sabemos hijos de Dios. Para nosotros la mortificación es, en primer lugar, una forma de manifestar nuestro amor a Dios, que tanto “nos ha amado hasta dar su vida por nosotros”.

Cuando se contempla de verdad a Cristo Crucificado, cuando se le ama de verdad, se comprende el sentido y la necesidad de una voluntaria mortificación, de un camino de purificación que nos permita unirnos y asemejarnos a Él, acortar las distancias entre su santidad y nuestra pobreza.

El sentido cristiano de la mortificación va más allá todavía, pero para comprender ese “más allá” es necesario aceptar que nacemos con una herida llamada pecado original que provoca en nosotros un cierto desorden, una inclinación al mal, una debilidad frente a nuestras pasiones que se acrecienta en la medida en que crece nuestro pecado personal.

Ante la realidad de esta herida provocada por el pecado, la mortificación es maestra de virtudes y libertadora frente a tantos vicios que nos hacen esclavos del pecado. Renunciamos a lo que es lícito para alcanzar la gracia de rechazar lo que no lo es.

En este sentido, si en el musulmán el ayuno es signo de sumisión, en el cristiano el ayuno es signo de libertad, porque el gran sufrimiento de nuestra alma es lo que San Pablo expresaba diciendo: “Veo el bien que quiero y hago el mal que no quiero”.

La mortificación nos enseña a escoger el bien, nos enseña el arte de poseernos a nosotros mismos para poder entregarnos a los demás. El genial dominico P. Garrigou Lagrange decía: “¿Cómo podríamos ser dulces con quien es áspero con nosotros sin saber vencernos a nosotros mismos y poseer la propia alma?”

En concreto, lo que la Iglesia pide en cuanto al ayuno y la abstinencia, se recoge en un breve canon, el número 1251 del Código de Derecho Canónico: “Todos los viernes, a no ser que coincidan con una solemnidad, debe guardarse la abstinencia de carne, o de otro alimento que haya determinado la Conferencia Episcopal; ayuno y abstinencia se guardarán el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo”.

La práctica en Colombia es que no se come carne, u otro alimento de especial agrado para la persona, los viernes, pero ese sacrificio puede ser sustituido por una limosna o por otro sacrificio, salvo en Cuaresma, tiempo en el que no es sustituible. Sobre el ayuno, el Código —redactado con el corazón materno de la Iglesia— no da normas precisas. Lo deja a la generosidad y capacidad de cada uno.

Hay que explicar que esta práctica de “no comer carne” los viernes, nació como una renuncia de los “ricos”, porque los pobres no podían pagar la carne. Todavía en casa de Juan XXIII, cuando era niño, solo se comía carne en Navidad y en Pascua. La alimentación de los pobres era la polenta, el maíz en todas sus formas, verdura y fruta. Para ellos no comer carne no era un sacrificio, sencillamente porque no había otra opción.

Y, sin embargo, también los pobres deben hacer penitencia y renunciar voluntariamente y por amor de Dios a cosas que, de ordinario, son absolutamente lícitas. De hecho, puede haber una persona a la que le cueste más renunciar al café de media mañana que comer pescado un viernes. Si esa persona es generosa y le quiere ofrecer al Señor el sacrificio de no tomar ese café el viernes, el Señor lo bendecirá.

Desde luego no es despreciable la fuerza que da a nuestra oración y nuestro ofrecimiento la comunidad, el que estos sacrificios los hacemos en toda la Iglesia al unísono.