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El Papa Francisco, en una nueva entrevista concedida en exclusiva a Eugenio Scalfari para la “Repubblica”, interviene en el debate político con tesis fuertes y explosivas que, hace un tiempo, se habrían calificado “de izquierdas”. Esta vez el Pontífice se ha dirigido directamente a los grandes de la tierra reunidos en Hamburgo con ocasión del G20, oponiéndose como principio a toda política con tendencia a controlar la masa desde los países pobres hacia Europa.

Para comprender mejor las ideas y, sobre todo, la acción política y mediática del Papa, tan distinta, incluso opuesta, a la de su predecesor, le hemos planteado algunas preguntas al ex presidente del Senado, Marcello Pera. Éste, liberal y católico, como es bien sabido comparte muchas ideas con el Papa emérito Benedicto XVI, con el que ha escrito a cuatro manos un libro: Senza radici. Europa, relativismo, cristianesimo, Islam.

Presidente, ¿qué juicio se ha formado usted sobre los continuos llamamientos del Papa Francisco a acoger a los emigrantes en una acogida indiscriminada, sin condiciones, total?

Sinceramente, no entiendo a este Papa. Cuanto dice está fuera de toda racionalidad. Es evidente para todos que una acogida indiscriminada es imposible: hay un punto crítico que no puede ser superado. Si el Papa no hace referencia a este punto crítico, si insiste en una acogida masiva y total, me pregunto: ¿por qué lo dice? ¿Cuál es la verdadera intención detrás de sus palabras? ¿Por qué le falta ese mínimo realismo que se pide a toda persona?

La respuesta que me doy es sólo una: el Papa lo hace porque detesta a Occidente, su aspiración es destruirlo y hace todo lo posible para alcanzar este objetivo. Como aspira también a destruir la tradición cristiana, el cristianismo tal como se ha realizado históricamente.

Si no se tiene en cuenta el umbral crítico más allá del cual nuestras sociedades no pueden acoger a todos, como tampoco puede garantizarles esa dignidad mínima que se debe a todos los hombres, pronto asistiremos a una verdadera y propia invasión que nos sumergirá y que pondrá en crisis nuestras costumbres, nuestras libertades, el propio cristianismo.

Habrá una reacción y una guerra. ¿Cómo es posible que el Papa no lo entienda? ¿Y de que parte se pondrá una vez haya estallado esta guerra civil?

¿No considera que también tenga que ver con el Evangelio, con la predicación de Cristo? La ética del Papa, ¿no es tal vez una ética de la convicción absoluta, abstracta, que no tiene en cuenta las consecuencias?

No, para nada. Así como no hay motivaciones racionales, no hay tampoco motivaciones evangélicas que expliquen lo que dice el Papa. Por otra parte, éste es un Papa que, desde el día de su toma de posesión, hace sólo política. Busca el aplauso fácil convirtiéndose ahora en secretario general de la ONU, ahora en jefe de gobierno, incluso en sindicalista cuando interviene en las cuestiones contractuales de una empresa como Mediaset.

Su visión es la visión sudamericana del justicialismo peronista, que no tiene nada que ver con la tradición occidental de las libertades políticas y con su matriz cristiana. El cristianismo del Papa es de otra naturaleza. Es, totalmente, cristianismo político.

Sin embargo, esto no parece suscitar el levantamiento de los laicistas que, en los papados anteriores, estaban en servicio permanente y efectivo.

En Italia el conformismo es paroxístico. Éste es un Papa que gusta a la opinión pública informada, que corresponde a determinadas actitudes de base y que está dispuesta a aplaudirle incluso cuando dice banalidades.

En un pasaje de la entrevista concedida a Scalfari, tras haber hecho un llamamiento a Europa, teme “alianzas bastante peligrosas” contra los emigrantes por parte de “potencias que tienen una visión distorsionada del mundo: América y Rusia, China y Corea del Norte”. ¿No es algo insólito acomunar una democracia antigua como América a países con gobiernos autoritarios, incluso dictatoriales?

Lo es, pero no me sorprende visto lo que he dicho antes. El Papa refleja todos los prejuicios que tiene el sudamericano respecto a América del Norte, hacia el mercado, las libertades, el capitalismo. Habría sido así incluso si en la presidencia americana se hubiera quedado Obama, pero no hay duda que estas ideas del Papa se unen hoy, en una mezcla peligrosa, al sentimiento anti-Trump difundido en Europa.

Presidente, me gustaría insistir sobre el “hacer política” de este Papa. ¿Verdaderamente es una novedad respecto al pasado?

Desde luego. Él está poco o nada interesado en el cristianismo como doctrina, en el aspecto teológico. Y esto es, sin duda alguna, una novedad. Este Papa ha cogido el cristianismo y lo ha transformado en política. Aparentemente, sus afirmaciones están basadas en las Escrituras; en realidad, están fuertemente secularizadas.

Él no está preocupado por la salvación de las almas, sino sólo por la seguridad y el bienestar social. Y éste es un hecho preliminar. Si, además, entramos en el mérito de lo que dice, no se puede no observar con preocupación que sus afirmaciones corren el riesgo de desencadenar, de manera incontrolable, una crisis política y una crisis religiosa.

Desde el primer punto de vista, él sugiere a nuestros estados que se suiciden, invita a Europa a no ser ya ella misma. Desde el segundo punto de vista, no puedo dejar de ver que hay en acto un cisma escondido en el mundo católico, perseguido por Él con obstinación y determinación y, por parte de sus colaboradores, incluso con maldad.

¿Por qué sucede todo esto? ¿No es todo esto profundamente irracional?

No, no lo es. Diría incluso que, por fin, ha explotado en toda su radicalidad revolucionaria y subversiva el Concilio Vaticano II. Son ideas que llevan a la Iglesia Católica al suicidio, pero son ideas que ya habían sido apoyadas y justificadas en aquel tiempo y en aquella ocasión. Se olvida que el Concilio precedió en el tiempo a la revolución estudiantil, la sexual, la de las costumbres y las maneras de vivir. El Concilio la anticipó y, de alguna manera, la provocó.

La actualización del cristianismo laicizó con fuerza a la Iglesia, inició un cambio que fue mucho más profundo, si bien dicho cambio fue gobernado y controlado en los años sucesivos visto el riesgo que había de que llevara a un cisma. Pablo VI lo secundó, aunque al final fue víctima del mismo.

Los dos grandísimos Papas que le sucedieron eran plenamente conscientes de las consecuencias que se habían puesto en marcha, pero intentaron contenerlas y gobernarlas. Asumieron una visión trágica de la realidad; resistieron e intentaron mediar lo nuevo con la tradición. Lo hicieron de manera magnífica.

Habían conseguido dar marcha atrás, pero ahora esas bridas están sueltas: la sociedad y no la salvación, la agustina ciudad terrena y no la divina parecen ser el horizonte de referencia de la jerarquía eclesiástica dominante. Los derechos del hombre, todos y sin exclusión, se han convertido en la referencia ideal y en la brújula para la Iglesia.

Ya no hay casi espacio para los derechos de Dios y de la tradición. Por lo menos aparentemente. Él se siente y vive totalmente libre respecto a ella.

¿Por qué “aparentemente”?

Porque detrás de la fachada y de los aplausos, no es oro todo lo que reluce. No hay sólo los aplausos al Papa en la plaza San Pedro. Yo, que vivo en una provincia, me doy cuenta que una parte del clero, sobre todo -y esto es una sorpresa- el clero más joven, se queda asombrado y desconcertado ante determinadas afirmaciones del Papa.

Por no hablar de la gran cantidad de personas sencillas que viven hoy en día los problemas de seguridad que los emigrantes crean en nuestras periferias y que se sienten irritados cuando oyen hablar de acogida sin condiciones.

El clero más adulto, el de mediana edad, es, en cambio, el que está más cercano a Él: ya sea por conformismo, por oportunismo, por convicción al haber crecido en el clima cultural de los años sesenta, origen de ciertas elecciones.

Precisamente por esto hablo de un cisma profundo y latente, del que sin embargo el Papa parece no preocuparse en absoluto.

¿Qué piensa, en líneas generales, del gobierno, de los flujos migratorios y de la insensibilidad de Europa hacia Italia?

Nuestro país está solo, dramáticamente solo. Es peligroso. Y me preocupa. Estamos solos porque los otros países se ocupan ante todo de sus intereses nacionales. Detrás de las bellas palabras de conveniencia, no se preocupan mucho por nosotros. Y estamos solos porque la Iglesia nos invita a abrir las puertas, parece casi que se aproveche de nuestra debilidad.

Temo una mala reacción. Temo que la protesta del pueblo se afiance y encuentre una salida no deseable. En este caso nada tienen que ver la izquierda y la derecha. Por otra parte, pienso que también las contradicciones del Papa saldrán pronto a la luz; ya no está tan en sintonía con sus fieles. Digamos que una alianza entre los católicos conservadores y las fuerzas soberanistas es muy probable”.

¿Qué piensa usted del “incidente” en el que ha incurrido Renzi, que ha tenido que borrar su post en Facebook en el que citaba un pasaje de su próximo libro en el que pide el “número cerrado” y se invita a ayudar a los emigrantes en su propio país?

Renzi tiene toda la razón en este punto. El eslogan es correcto. Aunque admito que determinadas ideas habría que saberlas unificar en políticas. La grave crisis que hay hoy en día en nuestro país es la de la clase política, que claramente ya no está a la altura de sus obligaciones. Tanto en la izquierda como en la derecha, Renzi está en fase descendente y paga todos los errores que ha cometido... difícilmente se recuperará...

Basta pensar en nuestro provincialismo, a lo rápidamente que nos hemos enamorado de un líder como Macron, que más bien pertenece al mundo de la robótica que al de la política. Y que, sobre todo, antepone a todo el interés de Francia.

¿Cómo se sale de la crisis? ¿Qué espera usted?

Espero un Papa que agarre la cruz de Occidente, de sus valores, que no sueñe con un Occidente empobrecido. Y espero, para Italia, una clase política y una opinión pública que lleve de nuevo al centro del discurso los temas de la identidad, el sentido nacional, la tradición. Soy cada vez más pesimista. Y tomo cada vez más pastillas para intentar mantenerme tranquilo.