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Mons. Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astaná, Kazajistán, y uno de los tres firmantes originarios de la Profesión sobre las verdades inmutables, respuesta a Amoris Laetitia y a la aprobación oficial del Papa Francisco que concede la Sagrada Comunión a algunos católicos “divorciados que se han vuelto a casar”, ha sido entrevistado por Rorate Caeli después de la publicación del documento.
Rorate Caeli (RC): Excelencia, usted lleva muchos años en primera línea en el restablecimiento de la liturgia tradicional. Ahora el arzobispo Peta, el arzobispo Lenga y usted se han posicionado pública y contundentemente en defensa del matrimonio tras Amoris Laetitia. ¿Por qué han decidido que ya había llegado el momento de responder?

Arzobispo Athanasius Schneider (AS): Tras la publicación de Amoris Laetitia, diversos obispos y conferencias episcopales empezaron a publicar directrices “pastorales” concernientes a los llamados “divorciados que se han vuelto a casar”. Hay que decir que, para un católico, no hay divorcio porque un vínculo sacramental válido de un matrimonio ratificado y consumado es totalmente indisoluble; incluso el vínculo de un matrimonio natural es, de por sí, también indisoluble. Además, para un católico, hay un solo matrimonio válido cuando el cónyuge legítimo sigue vivo. Por lo tanto, uno no puede hablar de un “segundo matrimonio” en este caso.

La expresión “divorciado y vuelto a casar” es, en consecuencia, falaz y engañosa. Como la expresión ya se ha convertido en algo tan habitual, la utilizamos entre comillas y con la aclaración los “llamados”.

Las directrices pastorales mencionadas anteriormente conciernen a los llamados “divorciados que se han vuelto a casar” –normas que esconden una retórica que roza el sofisma– y prevén, en última instancia, la admisión de “los divorciados que se han vuelto a casar” a la Sagrada Comunión, sin la exigencia de la condición indispensable y establecida de manera divina de no violar el sagrado vínculo del matrimonio a través de una relación sexual con una persona que no es el cónyuge legítimo.

Este proceso de reconocimiento implícito del divorcio en la vida de la Iglesia ha alcanzado un momento crítico cuando el Papa Francisco ordenó publicar en las Acta Apostolicae Sedis su carta de aprobación de las directrices publicadas por los obispos de la región pastoral de Buenos Aires.

Esta acción fue seguida por una declaración según la cual esta aprobación pontificia pertenecería al Magisterio auténtico de la Iglesia. En vista de que estas directrices pastorales contradicen la Revelación divina con su desaprobación total del divorcio, y contradicen también la enseñanza y la práctica sacramental del Magisterio ordinario y universal infalible de la Iglesia, nos sentimos obligados en conciencia, como sucesores de los Apóstoles, a elevar nuestra voz y reiterar la inmutable doctrina y práctica de la Iglesia respecto a la indisolubilidad del matrimonio sacramental.

RC: La Conferencia episcopal de Kazajistán, ¿ha emitido oficialmente una interpretación de Amoris Laetitia? ¿Piensa hacerlo o esta carta significa que la Conferencia episcopal cree que Amoris Laetitia no puede ser comprendida de manera ortodoxa o que es de alguna manera compatible con el Catecismo, la Escritura y la Tradición?

AS: El texto de la “Profesión de las verdades” no es un documento de la Conferencia episcopal de Kazajistán, sino el documento de los obispos que lo han firmado. Nuestra Conferencia episcopal no considera que sea necesario emitir directrices pastorales como una interpretación de AL.

Aunque en nuestra sociedad la plaga del divorcio está muy difundida como consecuencia de 70 años de materialismo comunista y también tenemos en nuestras parroquias casos de los llamados “divorciados que se han vuelto a casar”, los mismos “divorciados que se han vuelto a casar” no se atreverían a pedir ser admitidos a la Sagrada Comunión, dado que la conciencia de pecado está, gracias a Dios, muy arraigada en las almas e, incluso, en la sociedad civil.

En nuestro país la gente comete pecados, como en todas partes, pero sigue siendo consciente que un pecado es un pecado y, por lo tanto, para estos pecadores hay esperanza de conversión y misericordia divina. Para nuestra gente –e incluso para los “divorciados que se han vuelto a casar” entre ellos–, sería como un tipo de blasfemia pedir el acceso a la Sagrada Comunión mientras conviven con una persona que no es el cónyuge legítimo. Por lo tanto, nuestra Conferencia episcopal no vio la necesidad de publicar directrices relevantes.

RC: Hemos visto que se han enviado al Papa los famosos dubia y también una corrección filial, firmada principalmente por laicos. No han recibido respuesta. Sin embargo, muchos sienten que Francisco, de alguna manera, ya ha respondido cuando ha apoyado oficialmente las aparentemente heréticas directrices de los obispos de Buenos Aires a los divorciados que se han vuelto a casar y que siguen conviviendo. ¿Debemos seguir esperando algo más de Francisco sobre esta cuestión?

AS: Las directrices de los obispos de Buenos Aires no expresan directamente una herejía. Sin embargo, permiten en casos individuales de “divorciados que se han vuelto a casar” recibir la Sagrada Comunión a pesar de que no quieren cesar las relaciones sexuales con su pareja no conyugal. En este caso, dichas directrices pastorales niegan, en práctica, y por lo tanto, indirectamente, la verdad revelada divinamente a través de la indisolubilidad del matrimonio.

Lo triste es que el Papa aprobó dichas directrices y, al hacerlo dio, en mi opinión, directamente una respuesta al primer punto, e, indirectamente, a los otros cuatro de las dubia. Sólo podemos esperar que a través de nuestras peticiones, oraciones y sacrificios, el Papa Francisco pueda responder de la manera más inequívoca posible los cinco puntos de las dubia, según la enseñanza pertinente del Magisterio infalible ordinario y universal.

RC: El peligro para los fieles es evidente no sólo desde la promulgación de Amoris Laetitia, sino desde las discusiones en los sínodos. La confusión que todo esto ha causado no puede ser cuestionada. Sin embargo, del mismo modo que los principios de Humanae Vitae se reafirmaron debido al tiempo que necesitó para ser publicada, ¿es demasiado tarde ahora para detener el daño, sobre todo cuando el Papa ha dado oficialmente permiso para que algunos divorciados que se han vuelto a casar reciban la Sagrada Comunión?

AS: Debemos tener en cuenta que la Iglesia no está en nuestras manos; tampoco en las manos del papa, sino que está en las manos todopoderosas de Cristo y, por lo tanto, no podemos decir que es tarde para detener este daño. Podemos aplicar la siguiente afirmación de San Pablo a nuestra situación dentro de la Iglesia: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5, 20). Dios ha permitido esta extraordinaria y actual confusión moral y doctrinal en la Iglesia para que, después de la crisis, la verdad brille aún más y la Iglesia sea espiritualmente más hermosa, sobre todo en los matrimonios, las familias y los papas.

RC: Hace un año que oímos que una corrección formal de los cardenales es inminente. Sin embargo, no llega. ¿A qué cree usted que se deba esta demora?

AS: Ante el actual eclipse parcial y temporal de la función del Magisterio papal concerniente concretamente a la defensa y la aplicación práctica de la indisolubilidad del matrimonio, los miembros de los colegios episcopal y cardenalicio tienen que asistir al papa en su deber magisterial a través de la profesión pública de las verdades inmutables del Magisterio ordinario y universal, es decir, lo que todos los papas y todos los obispos de todos los tiempos han enseñado en lo que atañe a la doctrina y la práctica sacramental del matrimonio.

RC: Si un cierto número de cardenales presenta una corrección formal y Francisco sigue aprobando oficialmente las conferencias episcopales que permiten el acceso a la Sagrada Comunión de algunos divorciados que se han vuelto a casar, ¿qué pasará?

AS: Desde los primeros siglos, existe el siguiente principio de la doctrina tradicional católica: “Prima sedes a nemine iudicatur”, es decir, la primera cátedra episcopal de la Iglesia (la cátedra del papa) no puede ser juzgada por nadie. Cuando los obispos le recuerdan respetuosamente al papa la verdad y disciplina inmutable de la Iglesia, no están juzgando la primera cátedra de la Iglesia, sino que se están comportando como compañeros y hermanos del papa.

La actitud de los obispos hacia el papa tiene que ser colegial y fraterna, no servil, y siempre sobrenaturalmente respetuosa, tal como subraya el Concilio Vaticano II (especialmente en los documentos Lumen Gentium y Christus Dominus). Debemos seguir profesando la fe inmutable y rezar aún más por el papa; sólo Dios puede intervenir y lo hará, indudablemente.

RC: ¿Qué quiere decir Su Excelencia al típico católico, que va a misa pero no sigue la política de la Iglesia como hacen los lectores de Rorate, al católico casual que desde hace años escucha el Pontífice afirmando distintas cosas confusas, cosas que parecen contrarias (esperemos) a lo que se les ha enseñado durante toda su vida? ¿Y qué tienen que responder los católicos serios cuando, una vez tras otra, son acusados por los modernistas de ser “más católicos que el papa”?

AS: Primero, esos fieles deben seguir leyendo y estudiando el inmutable Catecismo y, sobre todo, los grandes documentos doctrinales de la Iglesia. Estos documentos son, por ejemplo, los decretos del Concilio de Trento sobre los sacramentos; las encíclicas Pascendi, de Pío X; Casti Connubii, de Pío XI; Humani Generis, de Pío XII; Humanae Vitae, de Pablo VI; el Credo del Pueblo de Dios, de Pablo VI; la encíclica Veritatis Splendor, de Juan Pablo II y su exhortación apostólica Familiaris Consortio. Estos documentos no reflejan una opinión personal y momentánea de un papa o un sínodo pastoral. Reflejan y reproducen el Magisterio infalible ordinario y universal de la Iglesia.

Segundo, deben tener en cuenta que el papa no es el creador de la verdad, de la fe y de la disciplina sacramental de la Iglesia. El papa y todo el Magisterio “no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado” (Concilio Vaticano II, Dei Verbum, n. 10).

El Concilio Vaticano II enseñó que el carisma del ministerio de los sucesores de Pedro “no implica que enseñen una nueva doctrina, sino que, con la ayuda del Espíritu Santo, custodien religiosamente y expongan fielmente la revelación o depósito de la fe transmitida por los apóstoles” (Pastor Aeternus, capítulo 4).

Tercero, el papa no puede ser el centro de la vida diaria de fe de los fieles católicos. El centro debe ser Cristo. De lo contrario, nos convertimos en víctimas de un “papacentrismo” insano, de una especie de “papalatría”, una actitud que es ajena a la tradición de los Apóstoles, de los Padres de la Iglesia y de la gran tradición de la Iglesia.

El llamado “ultramontanismo” de los siglos XIX y XX ha alcanzado la cima en nuestros días y ha creado un “papacentrismo” y una “papalatría” insanos. Pongo sólo un ejemplo: al final del siglo XIX hubo en Roma un famoso monseñor que llevó varios grupos de peregrinos a las audiencias papales. Antes de que entraran y oyeran al papa, les decía: “Escuchad atentamente las palabras infalibles que saldrán de la boca del Vicario de Cristo”.

Seguramente, una actitud como ésta es una clara caricatura del ministerio petrino y es, a la vez, contraria a la doctrina de la Iglesia. Sin embargo, incluso ahora, no son pocos los católicos, sacerdotes y obispos que muestran tener, fundamentalmente, la misma actitud caricaturesca hacia el sagrado ministerio del sucesor de Pedro.

La verdadera actitud que hay que tener respecto al papa según la tradición católica es de una sana moderación, inteligente, lógica, con sentido común, con espíritu de fe y, desde luego, con una devoción sincera. Sin embargo, todas estas características tienen que estar en una síntesis equilibrada. Esperamos que tras la actual crisis de la Iglesia lleguemos a tener una actitud más equilibrada y sana hacia la persona del papa y su ministerio, sagrado e indispensable para la Iglesia.