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“Invito a todos, especialmente este mes de octubre, a rezar el Santo Rosario con el propósito de la paz en el mundo”, ha exhortado el Papa, y ha declarado que el próximo 13 de octubre se celebrará el ‘Día Internacional para la Reducción de los Desastres Naturales’.

El Papa ha invitado a todos a rezar el Santo Rosario, con motivo del centenario de la última aparición mariana en Fátima, que tiene lugar el día de hoy.

El papa Francisco ha pedido que “la oración mueva a las almas más rebeldes para que 'destierren la violencia de su corazón, con sus palabras y gestos, y construyan comunidades no violentas que cuidan del hogar común´”.

“Nada es imposible si nos volvemos a Dios en la oración. Todos pueden ser artesanos de la paz”, son palabras del Mensaje del L Día Mundial de la Paz, celebrada el 1 de enero de 2017, que el Papa ha recordado esta mañana.

Día de Reducción de Desastres Naturales

Asimismo, el Papa ha anunciado que el mismo día, 13 de octubre, surge el Día Internacional para la Reducción de los Desastres Naturales. “Renuevo mi sincero llamamiento –ha afirmado el Papa– a la preservación de la creación mediante una protección cada vez más cuidadosa y el cuidado del medio ambiente”.

El Papa quiere así “incentivar, por lo tanto, a las instituciones y a quienes tienen responsabilidad pública y social a que promuevan cada vez más culturas que tengan como objetivo reducir la exposición a riesgos y peligros naturales. Las acciones concretas que se necesitan para estudiar y defender el hogar común pueden reducir progresivamente los riesgos para las poblaciones más vulnerables”.

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SEXTA Y ÚLTIMA APARICIÓN: 13 DE OCTUBRE DE 1917

Fatima.org

Como las otras veces, los videntes notaron el reflejo de una luz y enseguida vieron a Nuestra Señora sobre la encina:

Lucía: ¿Qué quiere Vuestra Merced de mí?

Nuestra Señora: Quiero decirte que hagan aquí una capilla en mi honor. Que soy la Virgen del Rosario. Y que continuéis rezando el rosario todos los días. La guerra va a terminar y los militares volverán pronto a sus casas.

Lucía: Tengo que pedirle muchas cosas: la curación de unos enfermos, la conversión de unos pecadores...

Nuestra Señora: A unos sí, a otros no. Es preciso que se enmienden, que pidan perdón de sus pecados. Y tomando un aspecto más triste dijo: No ofendan más a Dios Nuestro Señor que ya está muy ofendido.

Enseguida, abriendo las manos, Nuestra Señora las hizo reflejar en el sol, y mientras se elevaba, continuaba el reflejo de su propia luz proyectándose en el sol.

En ese momento, Lucía exclamó: ¡Miren el sol!

Desaparecida Nuestra Señora en la inmensidad del firmamento, se desarrollaron ante los ojos de los videntes tres cuadros sucesivamente, simbolizando primero los misterios gozosos del rosario, después los dolorosos y finalmente los gloriosos (sólo Lucía vio los tres cuadros; Francisco y Jacinta vieron sólo el primero).

Aparecieron, al lado del sol, San José con el Niño Jesús y Nuestra Señora del Rosario. Era la Sagrada Familia. La Virgen estaba vestida de blanco, con un manto azul. San José también estaba vestido de blanco y el Niño Jesús de rojo claro. San José bendijo a la multitud, haciendo tres veces la señal de la Cruz. El Niño Jesús hizo lo mismo.

Siguió la visión de Nuestra Señora de los Dolores y de Nuestro Señor agobiado de dolor en el camino del Calvario. Nuestro Señor hizo la señal de la Cruz para bendecir al pueblo. Nuestra Señora no tenía espada en el pecho. Lucía veía solamente la parte superior del cuerpo de Nuestro Señor.

Finalmente apareció, en una visión gloriosa, Nuestra Señora del Carmen, coronada Reina del cielo y de la tierra, con el Niño Jesús en los brazos.

Mientras estas escenas se desarrollaban ante los ojos de los videntes, la gran multitud de 50 a 70 mil espectadores asistía al milagro del sol.

Había llovido durante toda la aparición. Al terminar el coloquio de Lucía con Nuestra Señora, en el momento en que la Santísima Virgen se elevaba y Lucía gritaba “¡Miren el sol!”, las nubes se entreabrieron, dejando ver el sol como un inmenso disco de plata. Brillaba con una intensidad jamás vista, pero no cegaba. Esto duró apenas un instante. La inmensa bola de fuego comenzó a “bailar”.

Cual gigantesca rueda de fuego, el sol giraba rápidamente. Paró por cierto tiempo, para enseguida volver a girar vertiginosamente sobre sí mismo. Después sus bordes se volvieron escarlata y se deslizó en el cielo como un remolino, esparciendo llamas rojas.

Esa luz se reflejaba en el suelo, en los árboles, en los arbustos, en los propios rostros de las personas y en las ropas, tomando tonalidades brillantes y diferentes colores. Animado tres veces por un movimiento loco, el globo de fuego pareció temblar, sacudirse y precipitarse en zig-zag sobre la multitud aterrorizada.

Duró todo esto unos diez minutos. Finalmente, el sol volvió en zig-zag hasta el punto desde donde se había precipitado, quedando de nuevo tranquilo y brillante, con el mismo fulgor de todos los días.

El ciclo de las apariciones había terminado. Muchas personas notaron que sus ropas, empapadas por la lluvia, se habían secado súbitamente. El milagro del sol fue observado también por numerosos testigos situados fuera del lugar de las apariciones, hasta una distancia de 40 kilómetros.