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El Santo Padre acaba de enviar una carta a los obispos de la provincia eclesiástica de Buenos Aires, a propósito de la interpretación que éstos hacen de la Amoris laetitia. Para dichos obispos, cuando la nulidad matrimonial no se ha podido conseguir y no se puede vivir en castidad dentro del matrimonio, si se ve que, en un caso concreto, hay limitaciones que atenúen la responsabilidad y la culpabilidad, particularmente cuando una persona considere que caería en una ulterior falta dañando a los hijos de la nueva unión, Amoris laetitia abre la posibilidad del acceso a los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía. En su carta, el Papa Francisco afirma que el escrito es muy bueno y explicita cabalmente el capítulo VIII de Amoris laetitia. No hay otras interpretaciones, concluye diciendo, excluyendo así cualquier otro tipo de lectura de la exhortación apostólica publicada por él mismo.

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Mucha gente

Mucha gente acompañaba a Jesús; Él se volvió y les dijo: Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío. (Lc 14, 25-27)

Sabemos que hay diez mandamientos contra los que se puede pecar gravemente, pero habitualmente los católicos que se confiesan lo hacen de haber faltado contra el sexto, el quinto, el cuarto o el octavo. El sexo, la vida, la familia o la mentira, son los pecados más frecuentes o, al menos, son aquellos de los que más conscientes somos cuando los infringimos. Por desgracia, casi nadie examina su conciencia sobre otro pecado, que aparece además como el primero en la lista de los diez mandamientos. Se trata de aquel que hace referencia a la necesidad de poner a Dios en el primer lugar de la vida: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”. En realidad, cualquiera de los otros pecados es también una infracción contra éste. Para respetar y cumplir ese primer mandamiento, basta con tener presente que Dios tiene derechos y que tiene, nada menos, que los derechos de Dios, los mayores derechos. Eso significa que nosotros tenemos deberes para con Él y que, cuando cumplimos con nuestro deber, no hemos hecho nada extraordinario, no le hemos dado “propina” que deba agradecernos, sino que nos hemos limitado a cumplir con nuestra obligación.

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Primero han sido los laicos y la familia los que han sido afectados por la reorganización de la Curia vaticana que el Papa Francisco decidió acometer poco después de comenzar su Pontificado. Ahora le ha tocado el turno a varios Pontificios Consejos relacionados con la caridad: Cor Unum, Justicia y Paz, Emigrantes y Operadores Sanitarios. Aunque cada uno de ellos tenía una misión muy concreta, no cabe duda de que la unificación de todos ellos en un solo dicasterio era lógica, tanto para disminuir la burocracia como para ahorrar dinero.

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La humildad no ha sido nunca una virtud de fácil aplicación. Sin embargo, todos los santos enseñan, con su vida y sus escritos, que sin ella no hay santidad posible. Pero hay muchos grados en la humildad. Está aquella que nos ayuda a reconocernos como somos, a aceptar la verdad de las correcciones que nos hacen los demás, aunque nos duela que nuestros defectos sean conocidos por los otros. Está la humildad de quienes asumen el misterio de la voluntad de Dios para sus vidas a pesar de que no entienden por qué el Señor permite ciertas cosas, ciertas desgracias. Está la humildad de los que quisieran hacer más de lo que hacen pero se ven imposibilitados por sus malas condiciones de salud o de tiempo, e incluso se ven forzados a pedir ayuda. Está la humildad del que trabaja sin esperar un aplauso o una muestra de agradecimiento, aunque la tenga más que merecida. Está también la humildad del que soporta la injusticia y la calumnia, siempre que sea él y no otro el perjudicado. Y, para poner fin a una serie que sería interminable, está la humildad del que no le importa correr el riesgo de fracasar y hacer el ridículo para hacer la voluntad de Dios, en lugar de quedarse a la expectativa esperando que sean otros los que resuelvan los problemas.

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Jesús les dijo: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha… Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Mirad, hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.” (Lc 13, 22-30)

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Hay noticias de la Iglesia que, quizá por no estar ligada a escándalos, no son del interés de los grandes medios de comunicación y pasan desapercibidas para el gran público. Sin embargo, tienen o pueden tener una gran trascendencia. Una de estas noticias ha ocurrido esta semana. El Papa ha nombrado a monseñor Kevin Farrell, arzobispo de Dallas, como prefecto de la recién creada Congregación para los Laicos, la Familia y la Vida.

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