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Es una de esos clásicos que circulan por el discurso contemporáneo: un amigo es alguien que te acompaña en los malos momentos, el que siempre está cuando te va mal... Y yo, que tiendo a ser muy raro en mi manera de pensar, me pregunto: ¿de verdad es así? ¿De verdad quiero yo a los amigos para los malos momentos? ¿De verdad es ahí donde los voy a medir, donde los voy a poner a prueba?

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Y un viernes más, heme aquí con el “Día cualquiera” que algunos de Vds. habrán podido escuchar esta madrugada en el interesante programa que dirige Javier Angel Ramírez “Diálogos con la Ciencia”, en Radio María, una sección en la que les narro los episodios interesantes que se han producido cualquier año de la historia pero necesariamente tal día como hoy, o sea, un 4 de mayo.

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Se le llama “equidistancia” a la “igualdad de distancia entre varios puntos u objetos”. Así lo define, con bastante acierto, ni que decir tiene, la Real Academia de la Lengua. Es por lo tanto un concepto matemático, trigonométrico o geográfico, como prefieran Vds.. Nada más.

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Y un viernes más, heme aquí con el “Día cualquiera” que algunos de Vds. habrán podido escuchar esta madrugada en el interesante programa que dirige Javier Angel Ramírez “Diálogos con la Ciencia”, en Radio María, una sección en la que les narro los episodios interesantes que se han producido cualquier año de la historia pero necesariamente tal día como hoy, o sea, un 20 de abril.

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Ya lo saben Vds.: la señora Cifuentes ha tenido que dimitir a continuación de la publicación de un video en el que aparece robando dos tarros de crema de belleza por valor de 40 euros hace seis años en un supermercado de Madrid.

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Hace ya unos añitos, nos hacíamos eco en esta columna del tema de la esfericidad de la tierra y de la antigüedad con la que el ser humano, o por lo menos muchos seres humanos, eran conscientes de la misma, en detrimento de la tesis según la cual, la tierra sería plana (pinche aquí si le interesa el tema). En una segunda entrada demostrábamos que los autores bíblicos no eran ajenos a esta idea (pinche aquí para comprobarlo), pero nos quedó un flanco por atacar, el de la utilización de la palabra “orbe” en los tratados bíblicos, que es el que hoy acometemos.

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Y un viernes más, heme aquí con el “Día cualquiera” que algunos de Vds. habrán podido escuchar esta madrugada en el interesante programa que dirige Javier Angel Ramírez “Diálogos con la Ciencia”, en Radio María, una sección en la que les narro los episodios interesantes que se han producido cualquier año de la historia pero necesariamente tal día como hoy, o sea, un 20 de abril.

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Dice la teoría cristiana del pecado que a los siete pecados capitales (soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza) se le oponen las llamadas virtudes. Para el pecado capital de la envidia propone la teoría tradicional del pecado la virtud de la caridad, igual que para el pecado de soberbia propone la de la humildad. En realidad, se ve muy claro que donde hay humildad no hay soberbia: no se puede ser soberbio y humilde a la vez, como no se puede ser alto y bajo al mismo tiempo. Ahora bien, ¿vale decir lo mismo para la envidia y la caridad? En otras palabras, ¿es verdad que donde hay caridad no puede haber envidia? O aún en otras, ¿es verdad que el envidioso no puede ser caritativo o el caritativo no puede ser envidioso?

De que la caridad, en su acepción más extensa de “amor”, o en su acepción más restringida de “desprendimiento de los bienes propios para compartirlos con los que tienen menos”, es una medicina contra la envidia puede caber poca duda. En realidad, es remedio de casi todos los pecados, llámese soberbia, llámese ira, llámese gula, llámese lujuria, llámese egoísmo... Sin embargo, no se ve que ocurra igual que sucede con la soberbia, que no puede convivir con la humildad, es decir, que donde hay soberbia no hay humildad y que donde hay humildad no hay soberbia. Porque el caso del envidioso que practica la caridad no es inimaginable, no es ontológicamente imposible. No es desde luego ni sencillo ni frecuente, pero posible, lo que se dice posible, sí. Es más, casi diría que para cierto tipo de envidioso, practicar la caridad puede presentarse como recurso adecuado para autojustificar su envidia.

En las líneas que siguen voy a proponer otro antídoto contra la envidia algo diferente del de la caridad, que no es sino el que da título a esta entrada, es decir, el espíritu de superación, aunque como ocurre con la caridad, no estoy proponiendo el contrario metafísico, sino sólo y simplemente un antídoto. O en otras palabras, que al igual que sucede con la caridad, el caso de un envidioso que no carezca de espíritu de superación es ontológicamente posible, si bien, según creo, no frecuente.

¿Y por qué propongo el espíritu de superación como antídoto de la envidia? Pues bien, porque la envidia, siendo como es una manera de querer ser mejor que la persona envidiada, es también una manera “perezosa” de querer serlo. Se envidia al que tiene un coche mejor porque se querría tener ese coche. Se envidia al que es más sabio porque se querría ser tan sabio como él. Pero de una manera perezosa, porque el pecado de la envidia es primo hermano del de la pereza.

En realidad, no es que se quiera luchar para tener ese coche, porque ello obligaría a trabajar más para ganar más dinero y poder permitírselo; en realidad, no es que se quiera luchar para ser más sabio, porque eso obligaría a estudiar mucho para conseguirlo. Simplemente se desea que el que tiene el coche deje de tenerlo para tener uno como el nuestro o peor: en un caso de envidia entrema, que se pegue un tortazo con su cochazo. Se desea que el que es más sabio desaparezca de nuestra vida, para poder aparecer nosotros como el más sabio: en un caso de envidia extrema, que le dé una embolia y se quede tonto.

Pues bien, es desde este punto de vista que el espíritu de superación es antídoto de la envidia. Se desea el coche del vecino, pero se está dispuesto a trabajar más para conseguirlo. Se desea ser tan sabio como el vecino, pero se está dispuesto a estudiar para lograrlo.

En realidad, si lo pensamos un poquito, el espíritu de superación excluye, rompe, ese nexo tan característico que existe entre envidia y pereza. Es verdad que aún con espíritu de superación se puede seguir envidiando, porque el espíritu de superación no es el contrario ontológico de la envidia. Pero sí es una medicina que puede conseguir que al menos, el envidioso no contemple la posibilidad de que la persona envidiada se dé un tortazo con el coche o padezca una embolia como el único camino para conseguir equipararse a él o hasta la superarlo.

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Son muchas las veces en que desde estas líneas hemos insistido en la comparación entre dos pecados que a algunos se les pueden presentar como semejantes, pero que, a mi entender, se sitúan en los dos extremos más alejados del espectro de los pecados: egoísmo y envidia.

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Sabido es entre los conocedores de ese objeto singular y prodigioso que es la Sábana Santa que después de que en 1534 tuviera lugar en la catedral de Chambery, en Francia, el incendio que aunque afectó a su integridad no se bastó para destruírla, las hermanas clarisas chamberinas zurcieron sus partes dañadas para darle el aspecto con el que hoy la contemplamos. Pues bien, dice una bonita leyenda que para preservarla, las monjas envolvieron el paño en dos telas y lo guardaron en un cofre de madera de rosal. Cuando unos años después el cofre fue abierto, por si todo lo que rodea la preciada reliquia no lo fuera ya suficientemente, se evidenció un nuevo suceso prodigioso, comprobándose que las dos telas que la habían protegido esos años se habían impregnado de sus marcas y constituían ahora una copia literal de ella.

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Y un viernes más, heme aquí con el “Día cualquiera” que algunos de Vds. habrán podido escuchar esta madrugada en el interesante programa que dirige Javier Angel Ramírez “Diálogos con la Ciencia”, en Radio María, una sección en la que les narro los episodios interesantes que se han producido cualquier año de la historia pero necesariamente tal día como hoy, o sea, un 16 de marzo.

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