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Se nos van haciendo normales las discrepancias entre obispos. En principio, nada que objetar, siempre han existido. Son muchos los temas que admiten libre discusión y es normal el debate. Lo malo es cuando la discusión puede afectar a cosas que uno entiende pertenecen al depósito de la fe o de la moral, en cuyo caso las discusiones deberían sobrar.

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Depende de cómo quieran entenderlo. Técnica y formalmente, queda mucho mejor hablar de creatividad pastoral –de la fetén, que un no olvida el foro- que de ocurrencias del señor cura párroco. Depende.Hay que partir de mucho dolor. Justo el que los pastores debemos sentir al ver a tantas ovejas perdidas, descarriadas, errantes. Hoy cualquier barrio, cualquier ciudad, cualquier pueblo es abundante en gente alejada de Cristo y de la Iglesia. Estas cosas nos tienen que doler en el alma. Es una herida profunda verte en misa con una asistencia del todo exigua, los cuatro, o mejor las cuatro de siempre, la prácticamente inexistencia de la confesión, o tener el templo lleno porque ha habido un funeral de persona muy conocida, pero donde nadie responde ni al Señor ten piedad. Triste, muy triste.

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Somos duros e insensibles de corazón y eso de los milagros nos cuesta. Las más de las veces nos quedamos en un “vete a saber” y “anda que después de tanto tiempo”. En definitiva, una forma de quedarnos en nuestra incredulidad y vivir tan panchos.Mucho reticente ante los milagros de Nuestra Señora, como si creer en sus intervenciones extraordinarias para darse a conocer y aumentar la fe y el reconocimiento de los fieles fuese sinónimo de fe infantiloide, imperfecta y apenas tolerable. Una fe de esas que uno acepta condescendiente con una sonrisa de superioridad.

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Del arzobispo y de quien no es el arzobispo. Porque que un tiparraco suelte en Santiago un pregón de carnaval metiéndose gravemente con el apóstol y hasta faltándole gravemente al respeto a la Virgen del Pilar es para que el personal, desde el arzobispo al último fiel medio decente, se indignen. Solo faltaba. Ya lo dijo en su día el papa Francisco: que no consentiría que nadie ofendiese a su madre.No sé de qué nos asustamos. La política eclesial de los últimos años e incluso decenios es la de no molestar, callar, aguantar, perdonar y bajarse las calzas. La política podemita lleva, entre otras cosas, sacudir a los católicos todo lo que sea menester, sabiendo, constatando, que nunca pasará nada, y que los católicos, como mucho, convocarán un acto de desagravio. De aquellos polvos, estos lodos.

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Una de las cosas con las que me he encontrado en mis pueblos ha sido una acogedora casa de convivencias para grupos que se encuentra ubicada en Braojos. Una antigua casona, casa parroquial en su día, y hoy transformada en casa de acogida para grupos de espiritualidad.

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Tiempos del Concilio Vaticano I. Era sorprendente lo de aquel obispo. Sordo no como una tapia, sino como dos. Asistía a todas las sesiones conciliares sin enterarse prácticamente de nada, pero a la hora de votar cualquier cosa, jamás erraba en su opción. Hombre de talante conservador, ni una sola vez tenía dudas, y eso que, como decía, era sordo de solemnidad. Llegado el momento del voto jamás dudaba: esto sí, esto no, esto me abstengo.

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Eso quisiera yo. Que todo lo que se viene escuchando estos días respecto a la relación entre China y la Iglesia católica o a la viceversa, que tanto monta, se quedara en cuentos chinos, y ya saben lo que es eso: pura fabulación sin parecido alguno con la realidad.

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Va para dos meses que empecé a pedir paga por leer mis posts. Paga chica o grande, depende. Chica porque una avemaría es apenas unos segundos. Grande, porque el valor de la oración es inmenso. En estos dos meses son cientos, miles, las avemarías que se están rezando por tres pequeñísimas parroquias de la sierra norte de Madrid: Braojos, Gascones y La Serna del Monte.Me preguntan por frutos, como si esto fuera la purga de Benito, instantánea en sus efectos. Las cosas de Dios tienen otro ritmo y Él hará que tanta oración dé sus frutos cuándo, dónde y como quiera. En eso confiamos.

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Me sigue sorprendiendo cuando se acerca alguien a confesar o pedir consejo para su vida espiritual, muchas veces me diga que “tiene que ser capaz”. No solo es que me sorprenda. Es que cuando oigo esas cosas, directamente corto y digo que no, que no es eso.Hagan la experiencia de acudir a alguna librería de buen tamaño y acérquense a la sección “religión”. Ya les digo yo lo que se van a encontrar: alguna biblia, quizá una biografía o unos escritos del papa Francisco y una colección inmensa de libros de autoayuda. Muy significativo.

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Seguro que lo recuerdan. Corría el año 2009 y la crisis económica en España era profunda.Vamos, que la cosa estaba más negra que uña de mecánico. No se trataba de nubes oscuras, sino que los nubarrones se hacían más negros por momentos y se barruntaba granizo, rayos, truenos, centellas, gota fría y temporal invernal, todo al tiempo. Todos lo veían, excepto el presidente de gobierno, que comenzaba a observar brotes verdes. Dios le conserve la vista.

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He manifestado en múltiples ocasiones mi debilidad por la religiosidad popular. Despreciada durante muchos años por considerarse floja, pobre, poco ilustrada, se pretendió reemplazar por algo mucho más serio, formativo, profundo. Decisión completamente antievangélica, por cierto, que olvidaba que Dios se manifiesta a los sencillos y se carcajea de los soberbios.La religiosidad de Rafaela y Joaquina se nos hacía demasiado infantil y del todo prescindible, mientras que las paraliturgias de sor Purificación, Puri para la comunidad, las reflexiones de Manolo y los nuevos poemas de Tagore y Coelho el summum de la modernidad y la profundidad evangélica.

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