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En griego significa Areté. Es una palabra cargada de sentido y de distintos sinónimos, porque el término original griego no tiene una traducción exacta al castellano. Es decir, es un término plulivalente, debido a que posee muchos significados.

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La identidad personal está conformada por distintos elementos y aspectos que la persona va descubriendo, madurando y desplegando. Está conformada por tres aspectos: ser persona, ser cristiano y la vocación particular de cada quien. Así que la identidad es aquello que otorga continuidad a la persona en el tiempo, es lo que hace que siga siendo ella misma, a pesar de los cambios que pueden ir afectándola con el pasar del tiempo. La mismidad, por su parte, es el núcleo, el sello más íntimo, más profundo de la identidad, es la que lo define como persona única e irrepetible y que si bien es cierto, comparte con otros distintas características, su mismidad no es igual a la de nadie más. Ha sido creado como un ser distinto, insustituible e irrepetible.

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Se conoce de la importancia de los padres y de la familia en cada persona, la influencia es muy grande. Cada persona es, lo que son sus padres. Las familias influyen en cada persona para bien o para mal. Los padres educan o mal educan en los aspectos más importantes de la vida y de la personalidad de cada quién. No es menos importante el rol de los padres en la formación y educación de la afectividad de cada uno de los integrantes de la familia.

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La persona humana es, por su propia naturaleza, una unidad bio (cuerpo), psiche (alma), espiritual (espíritu). El ser humano constituye una Unidad inseparable. Es por eso que la mirada objetiva y adecuada de la persona es la mirada integral, considerándola como unidad; reflexionando sobre la integración de sus tres dimensiones fundamentales y considerando que la palabra unidad hace entender que el ser humano no es un compuesto, una suma de partes o elementos. No son tres naturalezas ni tres personas, sino una. Esta visión trial es presentada ya en el Nuevo Testamento por San Pablo: «Que Él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma, y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Tes. 5, 23). Entonces, al entender la unidad integral de cuerpo, alma y espíritu, que se afectan entre sí, la persona comprende que tiene tres dimensiones: la dimensión corporal, la dimensión psicológica y la dimensión espiritual.

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Los dinamismos complementarios de permanencia y despliegue, se expresan psicológicamente en las necesidades de seguridad y significación, que son constitutivas de la persona y complementarias entre sí.

La necesidad de seguridad afirmó en mi libro Reconciliación de la historia personal: explica que el hombre requiere una base, un piso, una raíz, un sustento. (p. 19)

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La persona es un ser único e irrepetible; por tanto un don para el mundo, porque fue creado a Imagen y Semejanza de Dios, quien es el Ser por excelencia, es el Ser supremo. Es un Ser de amor, de entrega, donación, y amistad; que comparte su ser de amor con el Ser humano. Éste es invitado a vivir el amor y la comunión como la Santísima Trinidad, al ser creada persona humana, participa de la naturaleza divina.

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En la vida e historia personal hay distintos hechos y acontecimientos que influyen en el desarrollo y vivencia de la afectividad que no necesariamente se buscan, tal vez por la corta edad, la ingenuidad, impulsividad e inconsciencia. Simplemente se dieron. En dichos acontecimientos juegan un papel fundamental los padres. Sarráis (2013) explica cómo la adecuada conjunción de cariño y normas estables crea el ambiente educativo más favorable para la educación de la madurez.

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Un punto importante dentro del itinerario o proceso de reconocimiento, aceptación y perdón es la apertura al amor de Dios en nuestras vidas. No es raro que estemos cerrados a Dios, a su Plan y, claro está, a su amor misericordioso. Así que en este punto es clave que te hagas las siguientes preguntas: ¿Cómo es tu relación con el Señor? ¿Qué tan amigo eres del Señor? ¿Qué tanto le amas? ¿Qué tanto confías en su amor y misericordia? Si acepto al Señor en mi vida, me aceptaré a mí mismo. Si me acepto como soy, acepto también el amor que Dios me da. Pero, si por el contrario, me rechazo, si me desprecio, también me cierro o niego el amor que Dios me procura (Philippe, 2012).

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En primer lugar a uno mismo, después a los miembros de la familia, a los conocidos y a los amigos, a los extraños, a las instituciones, y, finalmente a Dios. Desarrollemos un poco los distintos sujetos de perdón en diálogo con el libroCómo Perdonar de Jean Monbourquette:

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Cuándo llegue a vivir a Colombia ya hace más de 12 años escuche una frase que me llamo mucho la atención; “Madre solo hay una y Padre cualquier hijo de tantas”, no puedo negar la fuerte impresión que dejo en mi dicha frase. Obvió que venía de una cultura (la limeña) que siendo igual de latina que la antioqueña tiene notables diferencias. Todo esto en aquella ocasión me llevo a preguntar y a reflexionar sobre el concepto de hombre y de mujer, al igual que reflexionar sobre la paternidad y maternidad aquí en Antioquia y toda Colombia.

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La persona humana va a encontrar la felicidad y libertad en la medida en que posea una recta valoración de sí mismo, pero esto implica saber responder primero a la pregunta ¿quién soy? junto con esto, también es importante encontrar el sentido o el fin de su vida, es decir, ¿para qué existo? Responder a estas preguntas conduce a encontrar su lugar en el mundo y a vivir en coherencia con ello; también se relaciona con encontrar la propia vocación como hijo e hija de Dios que es, en últimas, el lugar y misión que tiene dentro del Plan de Dios.

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