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Hace más de diez años, las comisiones episcopales de Liturgia, Biblia, Doctrina de la Fe, Cultura y Pastoral Indígena, de nuestra Conferencia Episcopal, revisaron las traducciones de la Misa a los idiomas indígenas tseltal y tsotsil de nuestra diócesis. Estuvieron con nosotros en dos ocasiones, tres días cada vez, para analizar los textos, juntamente con nuestros traductores, sacerdotes, diáconos, religiosas, catequistas y otros fieles laicos, que por años las habían realizado, consultándolas siempre con las comunidades. Preguntaban el por qué de una palabra, de un giro, de una circunlocución, de  un símbolo. Hicieron las observaciones y correcciones que consideraban oportunas. Después, se presentaron las traducciones al pleno de la Conferencia Episcopal, que en forma unánime les dio su aprobación. Se mandaron a Roma, a la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, para solicitar el respectivo reconocimiento, la recognitio, que en la práctica era la aprobación final y decisiva, como si lo hecho por la Conferencia Episcopal no fuera digno de confianza. Allá nos han presentado dudas y objeciones, que hemos tratado de explicar, conforme a la cultura local. Desconociendo lo propio de la cultura indígena local, es muy difícil que se comprendan otros lenguajes, algunas palabras y ciertos giros, que dicen lo mismo, pero con otras formas y expresiones. Desde luego que hemos procurado ser siempre fieles a la fe católica y a la liturgia universal de la Iglesia.

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En la noche del jueves 7 de septiembre, un devastador terremoto de 8.2 azotó gravemente a una parte de nuestro país, causando muchos daños en Oaxaca y Chiapas. Hay casi un centenar de muertos, miles de viviendas devastadas, escuelas y centros de salud derruidos. En el territorio de la diócesis, sólo tres personas fallecieron y unas pocas casas se cayeron. Lo más visible son las fracturas y derrumbes en numerosos templos de los siglos XVI y XVII. Va a tardar su restauración.

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Estando de vacaciones en mi pueblo natal, Chiltepec, un sobrino me dijo que, después de las fiestas patronales a la Virgen de Belén, habían sobrado más de doscientos mil pesos, y que habían pensado, junto con el párroco, destinarlos a renovar el decorado del templo, cosa que, en mi concepto, no hace tanta falta. Le dije que a la Virgen le gustaría mucho que, en vez de eso, se le hiciera una casita a una persona pobre del pueblo, o se ayudara de alguna forma a los pobres.

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Es frecuente escuchar que en la Iglesia no damos a la mujer el lugar que le corresponde. Y en gran parte es verdad. Sin embargo, en nuestra catedral, son más las mujeres que los varones en los diferentes servicios. Son más las que proclaman las lecturas, hacen las moniciones, cantan en los coros, sirven al altar como monaguillas, hacen la colecta. Y lo mismo pasa en mi pueblo, donde estoy unos días de vacaciones. Son mujeres las sacristanas, las secretarias en la oficina parroquial, las que organizan las celebraciones. En general, son más las mujeres que participan en las Misas. En algunos lugares, son sólo mujeres las catequistas de niños.

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Desconcierto, desesperación, rabia, angustia, miedo, son algunas de las reacciones ante los actos de terrorismo, los recientes en Barcelona y los anteriores en otras partes del mundo, más los que pueden venir en otros lugares. No sería extraño que en la mira estén Italia, El Vaticano y otros países. Y la pregunta que todos nos hacemos: ¿Por qué sucede esto? ¿De quién es la culpa, de quién la responsabilidad?

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En días pasados estuve en el albergue para migrantes que tenemos en Palenque, y pasé a ver cómo va la construcción de otro en Salto de Agua. En ambos, pude platicar con más de 20 que había en cada lugar. A veces pasan pocos; otros días pasan entre 50 y 100, o más. No faltan mujeres, incluso con niños, pero la mayoría son varones entre 18 y 30 años. Y hemos constatado, desde hace varios meses, que casi todos proceden de Honduras. Nos dicen que salen de su país por la falta de trabajo, por la inseguridad y la violencia, por huir de las amenazas de muerte que les hacen las bandas de las “maras”. Les insistimos en que cada día es más difícil pasar a los Estados Unidos. Ellos dicen que lo saben, pero que, a pesar de todo, sienten la necesidad y la urgencia de buscar una salida a su situación familiar y personal. Se exponen a extorsiones, asaltos, robos, trata, enfermedades, violaciones, cobros excesivos de transportistas y “polleros”. Hay el peligro de que los narcotraficantes los secuestren y les exijan rescates por parte de sus familias, o que los detengan nuestras autoridades migratorias y los deporten. Nada los detiene. En nuestros albergues, encuentran un oasis para su travesía. En algunos casos, se les ayuda a tramitar su permanencia como refugiados.

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Algunas personas expresan que tienen muchos amigos, pero a veces no saben lo que dicen. Presumen de los que califican como amigos, pero que son sólo compañeros de parrandas, de entretenimientos, de diversiones, o de trabajo y de actividades comunes. No hay una relación profunda entre ellos. Se reúnen, ríen, beben, cantan, cuentan chistes, juegan, critican, hablan de todo, menos de sí mismos.

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En estos últimos días, he celebrado cientos de confirmaciones. No exagero. Sólo en Yajalón, fueron casi 400; en San Sebastián, de Comitán, 260; en Palenque, casi 600; en Tila, 90, sólo de la cabecera. Y todos ellos se confirman a partir de los 14 años. Es la edad que, desde hace tiempo y en todo Chiapas, se requiere como mínima para este sacramento. A pesar de otras consideraciones históricas y teológicas, estoy convencido de que ha sido una buena opción, pues nos permite estar más cerca de los adolescentes y jóvenes. Para muchos, es la única ocasión de acercarse a la Iglesia. Aunque bastantes se alejan, la semilla queda y sólo Dios sabe cuándo, dónde y cómo dará su fruto. Un buen número permanece y asume compromisos apostólicos, conforme a su edad y condición. Es un sacramento muy importante.

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Ya casi no me dan ganas de ver los noticiarios de la televisión, pues lo que más difunden son robos, asesinatos, accidentes, casos de corrupción, secuestros, fallas del sistema penal o judicial, desgracias por las lluvias, contaminación, casos de pederastia, guerras, etc. Son pocos los ejemplos de éxito, de solidaridad, de honradez, de trabajo, de superación, de familias armónicas, de jóvenes honestos, de políticos rectos, de servidores de la comunidad. Se queda uno con amargura en el corazón, con tristeza y decepción por nuestra realidad. Pareciera que todo está mal. Como dice la propaganda: Lo bueno no se cuenta. ¡Hay tantas cosas buenas entre nosotros, y no se conocen, no se difunden; no son noticia!

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En un vuelo reciente, en el asiento delantero al mío, iba un matrimonio con tres hijos. Uno como de nueve años, muy tranquilo y sin dar mayores preocupaciones; una niña como de seis años, inquieta y preguntando por todo; y una pequeñita como de año y medio, que no dejaba en paz a sus papás: moviéndose de aquí para allá, caprichuda, que todo se le antojaba y nada le gustaba, sin importarle los demás pasajeros. Pero lo que quiero resaltar es la actitud de los papás: serenos, tranquilos, atendiendo a cada uno de los hijos; nada de gritos ni golpes. Y sobre todo la actitud del papá: ayudando en todo a la mamá, cargando a la pequeñita, con cariño y ternura, con paciencia y comprensión. Y la niña mediana, accediendo a los gustos de la pequeña. En fin, una familia normal, pero muy bonita, muy integrada, con la figura serena y madura del papá, que nunca relegaba todo a la mamá, sino asumiendo su papel de padre.

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Estamos reunidos, en Oaxaca, varios obispos, sacerdotes y laicos, convocados por el CELAM y por nuestra Conferencia Episcopal, para reflexionar sobre qué nos toca hacer como Iglesia, y en particular como obispos, antes los variados conflictos que hay en las comunidades y ante las diferentes violencias que sufre el país, para acompañar procesos de paz. Expertos en el asunto nos dan una visión profunda y completa de este fenómeno, que causa tanto dolor en las víctimas y tanto descontrol en la sociedad. La sola represión genera más violencia. Es un problema que no le toca resolver sólo al gobierno, a su ejército y sus policías, sino que nos involucra a todos. Nosotros no podemos permanecer indiferentes, o pasar junto a los heridos del camino contentándonos sólo con rezar, como lo hacían los sacerdotes y levitas del Antiguo Testamento.

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