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Así empieza este tiempo llamado “fuerte” del año litúrgico en el que muchas cosas, en nuestro corazón, han de cambiar. A no ser que creamos que nunca pecamos (¿?) es lógico pensar que a cada uno de nosotros se nos da otra oportunidad, otra más, de venir a ser verdaderos discípulos de Cristo. Por eso se nos pide, en fin, dar fruto de nuestra conversión.

¿Morimos a nosotros mismos para dar fruto?

Responder a esta pregunta nos puede poner sobre la pista de si, en realidad, queremos llevar el tiempo de Cuaresma por el camino correcto y adecuado.

Conforme avance el tiempo de Cuaresma se espera de nosotros que nos afecte en lo bueno que es, en este caso, causa de conversión del corazón. No es este tiempo uno que lo sea de tal manera ajeno a nosotros que pasemos por él de forma rutinaria o que, por costumbre, hayamos olvidado lo que significa. Ni lo es ni debería serlo.

En resumidas cuentas: se espera que produzca frutos en nosotros.

Valga aquí un símil que nos puede venir muy bien y que nos puede servir para darnos cuenta de si estamos haciendo según nos corresponde como hijos de Dios y hermanos de Quien, dentro de pocas semanas, se entregará a una muerte, y muerte de cruz, por todos para que, al menos, se salven los que en Él crean.

Imaginemos, por ejemplo, que somos como un árbol que está en periodo de producción de frutos. El mismo necesita una serie de cuidados sin los cuales no se obtendrá nada de él sino que devendrá seco y sin fundamento existencial y al que se podría aplicar aquello que dijera en una ocasión Jesucristo acerca de una higuera que no producía su fruto.

Pues bien, el árbol-nosotros tiene que estar sobre una tierra buena sobre la que pueda crecer y desarrollarse y, al fin y al cabo, dar los esperados frutos. Para nosotros, la tierra buena es la Sagrada Escritura sobre la que debemos crecer y en la que debemos alimentarnos a través de nuestras raíces del corazón.

Pero también para que el árbol-nosotros pueda cumplir la misión para la que fue hecho necesita un riego de agua que le facilite la realización de las funciones que tiene asignadas. Para nosotros bien pueden ser las virtudes cristianas, los valores cristianos, que nos impelen a ser como debemos ser y que nos permiten, de dejarles hacer, no olvidar lo que somos y lo que queremos ser: hijos de Dios y hermanos de Jesucristo.

Pero con esto no basta. Una vez arraigados en la buena tierra de la Sagrada Escritura y alimentados, hablando de líquido, con las virtudes cristianas, es necesario que quien corresponda quite las malas hierbas que pueden estar limitando nuestro crecimiento espiritual y quien pode las ramas que puedan ir pudriéndose. Para eso bien nos puede venir a pedir de boca espiritual la labor de un sacerdote o religioso que, a modo de director espiritual, colabore con nosotros en nuestro crecimiento como católicos y colabore en extirpar lo que, en realidad, impide que crezcamos desde dentro de nosotros mismos y hacia el prójimo.

Pero el árbol-nosotros puede estar sometido a tormentas y a tempestades que pueden hacerlo quebrar y, con el tiempo, secarse hasta morir. Para eso es imprescindible que tenga unos buenos apuntalamientos que permitan que tales obstáculos no terminen con la vida espiritual de nuestro corazón. Para eso necesitamos llevar a cabo una oración continua en presencia de Dios y poniendo como mediador a Nuestro Señor Jesucristo. Sólo así podremos evitar, además, que las alimañas del Mal aniden en nuestras ramas, que es nuestra vida, y horaden nuestra voluntad hasta carcomerla de mundo y de concupiscencias.

Además de todo lo hasta aquí dicho, no podemos olvidar que el cuidado de nuestro árbol-nosotros ha de ser continuo. No podemos descuidar ni por un momento la vida que lleva dentro porque, de hacerlo así, seguramente acabará perdiendo el vigor que Dios le dio cuando lo creó y que quiere siga manteniendo para no perder la relación con su creador.

En realidad, somos como este tipo de creación creada por el Creador cuando quiso que así fuera tenida por tal. Por eso mismo es tan útil comprender que, al igual que el árbol que mira hacia arriba y, verticalmente, tiende sus ramas hacia Dios esperando el agua que le da la vida, nosotros también no debemos dejar de mirar hacia el Padre en este especial tiempo de Cuaresma. Se nos pide, por eso mismo, conversión que es lo mismo que decir que se espera de nosotros que, atendiendo a la voluntad de Dios, desviemos hacia el mundo lo que el mundo quiere de nosotros con su mundanidad y que traigamos, a marchas forzadas, una perentoria necesidad de vida: Dios Padre Nuestro, Omnipotente Creador que quiere de nosotros que, cual árboles que arraigan en su Palabra miren hacia donde viene el Camino, la Verdad y la Vida.

Y, si es posible, nos quedemos ahí para siempre, sin huir y dando frutos, muriendo a nuestros gustos carnales y mundanos.

Que este tiempo de espera y de esperanza que empieza hoy nos sea de buen provecho espiritual.

Amén.