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Podría resultar extraño que se quiera pedir algo a quien aún no ha nacido. De todas formas, también eso se hace de ordinario cuando alguien va a venir al mundo. Queremos decir que padres y familia se hacen idea de cómo será el nuevo ser humano que va a nacer e, incluso, qué podría ser en la vida. Y, aunque esto pueda parecer absurdo no es extraño y, es seguro, que seguirá pasando porque la esperanza y el anhelo son realidades de las que no queremos desprendernos. Es más, no hace falta que nos desprendamos de ellas por la cuenta espiritual que nos tiene.

Pues eso mismo pasa cuando Quien va a nacer es el Hijo de Dios. Y es que, como ya hemos dicho en estas Meditaciones de Adviento, jugamos con la fe de saber Quién viene y con la ventaja de saber que ya vino

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Podemos, pues, debemos, pedir al Niño que va a nacer en apenas unos días. Y podemos hacerlo con generosidad pues no se vaya a decir que no esperamos nada del Hijo de Dios. Vamos, que tenemos carta blanca para pedir o, mejor, folio en blanco. Todo él, pues, esperando nuestra esperanza que nunca, como ahora mismo, se ve tan cierta y tan cercana.

Pidamos, por ejemplo (aquí cada cual puede añadir lo que quiera):

Para que su ternura se apropie de nuestro corazón.

Para que su luz inunde nuestra vida que, tantas veces, pasa por la tiniebla.

Para que su corazón de carne cambie el nuestro, tantas veces, de piedra.

Para que su bondad de Niño dulce nos sirva de ejemplo ante el mundo que nos ha tocado vivir, tantas veces, duro y triste.

Para que nos deje acariciar su ser como quien tiene, ante sí, el sumo bien.

Para que nos permita acercarnos a Belén y mirarlo en aquel lugar donde vendrá al mundo. Por ser uno más de los que contemplen tal Epifanía y gocemos con tal maravilloso momento.

Para que podamos ofrecer nuestros regalos y que los mismos sirvan de agradecimiento a su venida al mundo.

Para que seamos capaces de ver, en su mirada, la de Dios hecho hombre.

Para que la esperanza que supone su llegada nunca la perdamos.

Para que nos veamos verdaderos hermanos del Único Hijo engendrado por Dios.

Para que lo reconozcamos como el Mesías y eso lo hagamos siempre.

Para que su paz sea nuestra paz.

Para que alabemos a Dios por haber enviado a su Hijo.

Decimos arriba que cada cual puede añadir lo que tenga por conveniente. Y es que es más que seguro que cada uno de nosotros haríamos algo muy particular de poder estar frente al Niño que acaba de nacer. Queremos decir que ofreceríamos lo que tuviéramos en nuestro corazón, aquello que más pudiera agradar a Quién va a venir y vendrá.

El Niño, pronto, va a ser el Emmanuel, el Dios entre nosotros. Por eso estamos a tiempo de ir pensando qué es lo que le vamos a ofrecer en nuestras peticiones. Y es que sí, al pedir, ofrecemos lo que nuestro corazón tiene y contiene.

Así, por ejemplo, cuando pedimos su ternura es que queremos ofrecer ternura a nuestro prójimo; cuando pedimos su luz es que queremos ser luz para quien la necesita; cuando le pedimos un corazón de carne es porque, de verdad, queremos que el nuestro lo sea, etc.

Vemos, según lo aquí apenas dicho, que cuando va a nacer el Hijo de Dios las cosas no pueden seguir siendo iguales para nosotros, los que, desde entonces (y podemos pensar que desde toda la eternidad donde todo fue hecho por Dios) vamos a ser sus hermanos. No. Lo bien cierto es que debe cambiar mucho porque mucho es lo que en el mundo cambió cuando nació, tras aquel primer Adviento, Quien había sido enviado al mundo para que quien creyese en Él se salvase.

Podemos decir que, como esperamos mucho, mucho debemos pedir. Se trata, en el fondo, de algo que tiene que ver con nuestra salvación eterna. Y es que, a sabiendas de Quien viene entre nosotros, debemos aprovechar (¡sí, aprovechar de forma santamente egoísta!) el momento para poner, sobre la mesa, nuestros anhelos santos y expresar a Dios que, por muchas veces que celebremos tan magno y esencial acontecimiento, siempre nos quedaremos cortos en pedir al Niño lo mejor para nosotros.

De todas formas, bien sabemos que Dios conoce lo más recóndito de nuestro corazón y, así, nuestras más profundas ansias. Por eso lo que pidamos, debemos pedirlo con corazón franco y con conocimiento perfecto de que seremos escuchados por Aquel que, aún Niño, es Dios.

Eleuterio Fernández Guzmán