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No podemos negar que nosotros jugamos con ventaja. Y debemos aprovecharla y no echarla a perder.

Con esto queremos decir que este tiempo de Adviento ha transcurrido muchas veces desde aquel primero en el que una joven de Nazaret iba a esperar un hijo que era, nada más y nada menos, que el Hijo de Dios.

Es de creer que la Virgen María (lo era, ya, en la concepción de su hijo y lo sería durante el parto y luego, siempre) por muchas ilusiones que tuviera en la llegada de aquel niño, el Niño por antonomasia, estaba la buena mujer a la espera. No lo estaba como nosotros ahora (que sabemos que pasó entonces) sino como, al ser la primera vez que transcurría aquel tiempo de espera, debía ser lo que pasara por su corazón.

Pero nosotros, como decimos, tenemos cierta ventaja al respecto de todo esto.  Y la tenemos porque, al saber lo que pasó nadie nos ha de decir que esperemos sin saber, exactamente, qué ni a Quién.

Entonces... nosotros no podemos hacer como si no tuviera importancia saber y conocer. No. Debemos hacer todo lo posible para que este tiempo de Adviento sea lo que, en la superficie es: la venida al mundo de un Niño pero, sobre todo, lo que es en lo profundo, en el fondo: la venida al mundo de Dios hecho hombre.

Este es, por tanto, tiempo de alegría, tiempo de gozo.

Digamos esto que nunca se nos debería olvidar: ¡Hacia arriba, hacia arriba!

Así ha de ir siempre el hijo de Dios, por mucho que le pueda acontecer de negativo en su vida y existencia diaria. Alegría y gozo en tiempo de espera, como éste.

Digamos que considerar nuestra existencia según el punto de vista de la fe que tenemos debería ser algo más que una opinión como otra cualquiera. Es más, debería ser la causa de todo nuestro pensamiento y todo nuestro hacer.

Consideramos, por ejemplo, qué somos, de dónde venimos y a Quién esperamos.

Muchas veces hemos dicho, porque lo creemos, que somos hijos de Dios.

Eso está muy bien. Primero porque es verdad y, segundo, porque no desdice, para nada, de nuestra realidad propia como seres humanos.

Pues bien, decir eso y quedarse ahí, sin que tenga consecuencia alguna en nuestro ordinario vivir, es como quedarse mirando a la luna y no darse cuenta de lo bien puesta que está ahí y de la influencia que también tiene en la vida de la Tierra. Y esto también ha de ser causa de alegría y gozo para gloria de Dios Padre y del Hijo que envió y a Quien esperamos en este tiempo de Adviento.

Por tanto, el hecho de ser hijos de Dios ha de producir en nosotros una especie de empuje que nos ate, definitivamente, al Creador. Y eso ha de transmitirse a cada uno de los que nos rodean o, más allá, a toda la humanidad por la comunión que mantenemos por ser, toda, hija de Dios. ¡Mirar hacia arriba, hacia lo más alto de la existencia! Y mirar ahora, que sabemos que viene Quien ha sido enviado por Dios para salvación nuestra. Alegría del corazón que no ha de esconderse bajo el celemín porque sería como privar de la luz a quien, a lo mejor, la necesita y no sabe dónde acudir para no seguir en la tiniebla en la que vive y existe; tiniebla que, además, le veta la entrada en la vida eterna porque no sabe a qué atenerse en tal sentido. Poner sobre la mesa de cada cual la espera que, hasta el nacimiento de Jesucristo, llena nuestro corazón de la esperanza que nunca muere.

Pero nosotros, alegres por reconocernos hijos de Dios, no podemos, sino, ir por el mundo con la cara bien alta (aunque te la partan; es más, más aún si te la parten por tal causa) por saber que, eso mismo, nos legitima para ser sus herederos. Y eso nos alegra y nos hace gozar.

Alguien habrá que no dé importancia a la alegría y el gozo que nos lleva en este tiempo de Adviento. Pero nosotros, aquellos discípulos de Cristo que somos, eso, discípulos del Maestro y Mesías de Nazaret al que ahora esperamos, no podemos, no debemos, hacer otra cosa que no sea proclamar a los cuatro vientos (y más si hubiera) que ser hijos de Dios, reconocerlo y comprender lo que eso significa, es lo más grande que nos ha pasado. Y así, caminar hacia el definitivo Reino de Dios desde un corazón iluminado por un Niño que aún no ha llegado al mundo pero que, desde el vientre de su madre, la Madre María, bendice a la humanidad que lo espera (muchos sí lo esperaban entonces) porque ya sabe que la ha salvado.