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Que Cristo supo perdonar, a lo largo de su vida, las muchas afrentas (las que conocemos son de su llamada vida pública) que le hicieron y las trampas que le tendieron sus perseguidores, es algo que damos por cierto y verdad. Y es que, de no haber sido así, seguramente le habría salido alguna úlcera por soportar todo aquello sin perdonarlo.

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En un momento determinado de su predicación, que recoge San Lucas en 22, 25-27, el Hijo de Dios dice esto:

“Él les dijo: ‘Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar Bienhechores; pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve. Porque, ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve’”.

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En estas Meditaciones de Cuaresma, en cuanto corresponde al tema de la oración, no podemos seguir el camino trillado, por decirlo así, de tal tipo de práctica religiosa. Es decir, no vamos a hacer discurso alguno sobre la importancia que tiene la oración ni sobre otro tema relacionado con las generales de la ley de la misma. Y es que lo que nos corresponde es mirar el hecho de orar, de rezar, desde un punto de vista muy particular que tiene que ver, no por casualidad (no existe la misma ni aquí ni nunca) con la Cuaresma.

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El tiempo de Cuaresma es uno que lo es muy especial porque lo que nos pasa a los creyentes católicos es que sabemos que podemos ser mejores. No es que el resto del año no sea tiempo propicio para serlo sino que en uno tan especial como es el que antecede a nuestra salvación eterna (a que pueda ser posible, queremos decir) tras la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, lo es de forma más que especial.

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El tiempo de Cuaresma es uno que lo es muy especial porque lo que nos pasa a los creyentes católicos es que sabemos que podemos ser mejores. No es que el resto del año no sea tiempo propicio para serlo sino que en uno tan especial como es el que antecede a nuestra salvación eterna (a que pueda ser posible, queremos decir) tras la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, lo es de forma más que especial.

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“Todo aquel que crea y se convierta, se salvará”.

Con tales palabras o más o menos las mismas, el Hijo de Dios, deja dicho algo que es tan importante que, olvidarlo o tenerlo por cosa baladí, puede llevarnos, precisamente y no por casualidad, a lo contrario de lo que afirma.

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Así empieza este tiempo llamado “fuerte” del año litúrgico en el que muchas cosas, en nuestro corazón, han de cambiar. A no ser que creamos que nunca pecamos (¿?) es lógico pensar que a cada uno de nosotros se nos da otra oportunidad, otra más, de venir a ser verdaderos discípulos de Cristo. Por eso se nos pide, en fin, dar fruto de nuestra conversión.

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Hace mucho tiempo que hemos incardinado los comentarios acerca de la obra de la Venerable Marta Robin (francesa ella, de nacimiento y de nación) en la serie sobre la oración.  Sin embargo, es de recibo reconocer que desde hace mucho tiempo, también, no trata lo que traemos aquí de oraciones, en sí mismas consideradas (algunas veces sí, claro) sino de textos espirituales que nos pueden venir muy bien, primero, para conocer lo más posible a una hermana nuestra en la fe que supo llevar una vida, sufriente, sí, pero dada a la virtud y al amor al prójimo; y, en segundo lugar, también nos vendrá más que bien a nosotros, sus hermanos en la fe que buscamos, en ejemplos como el suyo, un espejo, el rastro de Dios en una vida ejemplar que seguir.

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Dice S. Pablo, en su Epístola a los Romanos, concretamente, en los versículos 14 y 15 del capítulo 2 que, en efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia, y los juicios contrapuestos de condenación o alabanza. Esto, que en un principio, puede dar la impresión de ser, o tener, un sentido de lógica extensión del mensaje primero del Creador y, por eso, por el hecho mismo de que Pablo lo utilice no debería dársele la mayor importancia, teniendo en cuenta su propio apostolado. Esto, claro, en una primera impresión.

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Título: Orar y reflexionar. Desde el sufrimiento y la consolación.

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“De aquellos barros vienen estos lodos”.

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