¿Hay alguien en el infierno?

Recuerdo discutir en una ocasión con un amigo mío, católico, durante nuestra adolescencia. Él era de una gran ciudad, bastante alejada, y asistía a un instituto público de fundación católica. Yo era un chico educado en casa, de las zonas rurales. El debate era sobre si había o no almas en el Infierno. Yo sostenía la rígida creencia de que muchas almas van al Infierno.

No era así para mi amigo. Su aseveración era sencilla: “Mis profesores dicen que sólo hay dos personas en el infierno: Judas y Hitler”.

Siempre son “Judas y Hitler”; nadie más. Pobres Nerón, Sanger y Stalin. La puerta del Infierno es aparentemente estrecha, el camino difícil y solo unos pocos, o dos, consiguen llegar. (Me alegro de añadir que, a día de hoy, educa a sus hijos en casa.)

La verdad sobre el Infierno es que, con el debido respeto al gran Dante Alighieri, la Iglesia católica no asegura que haya almas en él. No hay un proceso de “anti-canonización”, por el cual un papa declare formalmente que un alma está perdida para siempre (aunque Mt 26,24 no es muy esperanzador para Judas).

Por mucho que quiera, el papa Francisco no puede condenar válidamente al inventor sueco Sten Gustaf Thulin, creador de las bolsas desechables, a vivir eternamente en la morada de los condenados – sentenciado, sin duda, a llevar la compra semanal de una familia en unas bolsas de plástico que se rompen en medio de una concurrida avenida.

Por supuesto, parece que la Iglesia católica está mucho más preocupada por canonizar santos válidamente que de declarar que algunas almas están en el infierno.

Al menos, es notable que mi amigo, incluso en un contexto de justicia hiper social inspirada por el relativismo, comúnmente llamado “instituto católico”, creyera que había, al menos, dos almas eternamente condenadas. Sacaba cierta ventaja a algunos católicos de hoy día.

Tomemos, por ejemplo, a un sacerdote con el que la comentarista política Faith Goldy se entrevistó en Ottawa, pocas horas antes de la primera misa negra satánica que se realizaba públicamente en Canada. “Padre, ¿usted cree en el Infierno?”, fue su pregunta. La respuesta de él fue: “Yo creo en el Cielo”.

Otro clérigo, según dicen, llegó al límite de decir: “El Infierno no existe, es tan solo la desaparición de las almas pecaminosas”. El clérigo, en este caso, era el obispo de Roma, el papa Francisco. El Vaticano desmintió rápidamente estas palabras, citadas por el ateo nonagenario Eugenio Scalfari, asegurando que eran una mala transcripción de las palabras del papa.

Y también está la polémica en torno al obispo Robert Barron. Barron asegura, como ya hizo el problemático teólogo jesuita (un término redundante) Hans Urs von Balthasar, que es razonable pensar que no haya nadie en el Infierno. Ni Judas, ni Hitler. Ni siquiera el infame arzobispo Marcel Lefebvre, que luchó denodadamente contra el modernismo en la Iglesia.

Nada de esto es nuevo ni razonable para los católicos que no hayan estado en coma los últimos cincuenta años. Desde la base hasta la cúspide, la doctrina sobre el Infierno y cómo llegar a él ha sido enrevesada de manera deliberada, incluso negada. Atroz no es suficiente para calificar la maldad de este hecho. Incitar a otros a abandonar un saludable y razonable miedo al Infierno es retorcido y despreciable. Nuestro Señor dice que debemos temer “al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehena” (Mt 10, 28).

Lo novedoso es que, dada la creciente popularidad de los medios de comunicación social, es relativamente fácil cuestionar las enseñanzas clericales, tales como la naturaleza del infierno. Por ello, la cuestión del infierno se está calentando, por decirlo así.

Presentemos al Dr. Taylor Marshall. El fundador del Nuevo Instituto Santo Tomás, comentarista católico au courant, y padre de ocho hijos, ha criticado, sinceramente, las creencias del obispo Barron de que hay una esperanza razonable de que el infierno esté vacío. Marshall, junto a su colega Timothy Gordon, entiende que el asunto se encuentra en el centro del engaño modernista. El verdadero catolicismo necesita preguntarse “¿Cómo llegamos al Cielo?” y, también, “¿Cómo evitamos el Infierno?”. Así, dado que la salvación de las almas está en juego, Marshall se ha visto obligado a refutar a Barron respecto a la cuestión del Infierno.

Ahora bien, Marshall no es un cualquiera en el ámbito católico. Es un hombre perspicaz, estructurado y, sobre todo, tomista en cuanto a su enfoque doctrinal. Sus videos de YouTube son bastante populares, sus libros, muy conocidos – especialmente el último: Infiltración [publicado en España por HomoLegens en estos días, ndt].

Tal vez, lo más importante de todo sea que Marshall no es clérigo, y por ello no teme las represalias de un obispo o un superior por contradecir las posiciones balthasarianas del obispo Barron. El Dr. Marshall sería, en muchos sentidos, la persona ideal para debatir con Barron sobre el infierno.

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