Fin de época para la Iglesia. De hecho, abandonó su relación con la divinidad

Domenico Cacopardo / Italia Oggi / Wuanderer

Nota de la redacción de Acaprensa: por su evidente interés y a título puramente informativo reproducimos la traducción de Wuanderer de esta nota que, desde el agnosticismo, hace una fuerte crítica del actual pontificado.

Entre las muchas cosas que ha decidido archivar el Coronavirus hay una bastante llamativa, quizás provisoriamente: se llama Iglesia Católica. La sensación que se tiene es que es poco probable que la Iglesia se recupere del golpe. Escribo sobre este tema como una persona no creyente, pero que sin embargo, por razones familiares, soy frecuentador de sacerdotes, frailes y del Vaticano.

Recuerdo que eran las vacaciones de Navidad de 1981. Una tarde estaba cruzando la plaza de San Pedro en compañía de mi tío, el hermano de mi madre, antiguo monseñor del Santo Oficio, y en ese momento canónico de San Pedro. Nos encontramos con un pequeño sacerdote con un maletín en la mano, completamente solo. Se saludaron, luego mi tío me presentó la fórmula habitual:

“Mi sobrino Dominic”. Cuando, después de intercambiar algunas palabras en alemán (mi tío había estudiado y enseñado teología en Friburgo), reanudamos nuestro viaje. Y mi tío comentó: “Un excelente teólogo alemán; finalmente un buen teólogo de la Congregación Doctrina de la Fe”. Ese era el nombre que el Santo Oficio había adoptado.

Era realmente él: Joseph Aloisius Ratzinger. El segundo Papa que conocí: el primero, Albino Luciani era Patriarca de Venecia en la época en que yo era Presidente de la Magistratura de las aguas. En resumen, era familiar de los círculos religiosos que todavía respeto, manteniendo mi agnosticismo intacto.

En estas semanas, el Coronavirus ha determinado la huida de lo trascendente, de la magia, de la religión. A nadie se le ha ocurrido repetir lo que pasó en Milán el 11 de junio de 1629, un martes. El cardenal Federico Borromeo encabezó una solemne procesión ese día para pedir la gracia de la finalización de la peste a San Carlos Borromeo, uno de sus tíos. La procesión se desarrolló de manera imponente por las principales calles de Milán.

Todos los ciudadanos que aún estaban sanos participaron en ella, pero el contagio, favorecido por la multitud, desató la peste de manera aún más grave y los enfermos aumentaron de manera impresionante. Y es un hecho que esta vez la Iglesia se rindió a la decisión secular del aislamiento llegando a la representación plástica de esta derrota con la ceremonia oficiada por el Papa Francisco, solo e impotente, en la Plaza de San Pedro. Ni siquiera el recurso al Cristo de la Peste, que en el siglo XVII habría realizado el milagro, ha despertado la fe, la fantasía o la superstición de un pueblo ahora secularizado, incapaz de creer.

Sin embargo, debemos señalar que este fenómeno, descorazonador para la Iglesia-jerarquía, para la Iglesia-comunidad, para la Iglesia-centro de intereses, está relacionado con el cambio de estilo de vida introducido por las sociedades liberales o, en cualquier caso, modernas, y el estilo introducido por el Papa Francisco.

Al transferir su magisterio a cuestiones del pensamiento político contemporáneo, al concentrarse en afirmaciones con intereses puramente sociales, ha abandonado, de hecho, la relación con lo trascendente, que había sido tan cuidada por sus predecesores, que se nutrían de ella para su autoridad pastoral. Ayer, incluso hizo una declaración que da lecciones (¿por qué razón?) a los gobiernos en relación en relación a la gestión de la crisis de la pandemia.

Después de todo, la Iglesia de Francisco es una iglesia que reclama y que rescata, pero de ningún modo es una mediadora entre el hombre y la divinidad. La Iglesia de Francisco ni siquiera se ocupó de las reformas modernistas, las que, según muchos exponentes de la religión contemporánea, eran imprescindibles: el sacerdocio de las mujeres o el matrimonio para los sacerdotes.

Era una forma de reingresar a la sociedad sin abandonar la recomposición jerárquica del cuerpo de Cristo constituido por su Iglesia esparcida por toda la tierra. Como les sucedió a tantos reformistas en tantas latitudes, el reformador Bergoglio se paralizó definitivamente ante la magnitud de las reformas necesarias. El Papa Juan había abordado la cuestión recurriendo a un Concilio, un instrumento colectivo de redefinición de la Iglesia.

Ahora bien, en el momento actual, aparte de las palabras de circunstancia, las que inevitablemente son las mismas desde el Polo Norte al Polo Sur, y de consuelo terrenal para los muertos (ya que las praderas del Paraíso son una bella imagen que, en nuestros días, abre pocos corazones), nada ha dicho la Iglesia sobre la tragedia que ha golpeado al mundo:

No podía acusar a la humanidad porque es pecadora. No podía acusar al Diablo porque nadie lo considera existente y operativo. No podía evocar la fe como un instrumento emocional para contrarrestar la enfermedad, esa fe que en muchos casos en el pasado hizo posible aceptar la muerte como una manifestación de la inescrutable voluntad de Dios.

Se limitó a las liturgias de un Papa que parecía y tal vez se siente abrumado por el destino. En resumen, el pastor dejó su rebaño en el redil, sabiendo bien que no tenía las herramientas naturales y, sobre todo, sobrenaturales para llevarlo a los pastos protegidos de los lobos de Covid-19.

Sin embargo, el problema persiste, también porque cuando pase el CoronaVirus, nadie de la Plaza de San Pedro o del balcón de los sacros palacios podrá reclamar su propio papel en el fin de la plaga. El antiguo pueblo de Dios, el catolicismo, ya hace algunos años, desde la llegada de Bergoglio, anunció el “hagan lo que quieran” [“liberi tutti”].

Y con Wanderer terminemos con poesía de José Ferrarí:

Jesucristo murió rezando

Compartes Tu oración hasta el ocaso
de la vida y hasta la muerte cruenta,
Tu oración desmorona toda afrenta
y acoge al miserable en su regazo.

Fue siempre Tu oración paloma y trazo
del Espíritu, que en la muerte lenta
se alzó en la cruz y en la mirada atenta
de la gloria escondida en el fracaso.

Rezar, siempre rezar, morir rezando
para volver amor nuestro servicio,
cada súplica torpe y mendicante.

Perderme en Tu oración para ir hallando
la mística nupcial del Sacrificio,
la esplendorosa luz de Tu semblante.

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