Fe en la creación evolutiva desde una cosmovisión cristocentrica

La importancia de lo que Jesucristo fue y es no radica en si quiso o no fundar una iglesia (…o quizá fue tan vanguardista lo que hizo, dijo y fue, que tuvieron que crear una), sino que radica en Él mismo. El contenido del cristianismo es Él. Y si uno llega a esa convicción, será irremediablemente fraterno con todas las creaturas y con todos los seres humanos, porque se sentirá hijo del Papito Suyo. Quien tiene la experiencia de Dios experimenta la libertad de los hijos de Dios y descubre que la fe es a la vez un acto evidentemente personal y eminentemente interpersonal.

En Jesucristo hemos podido experimentar lo que Dios Es. En Jesucristo, el Dios encarnado, podemos verificar la verdad de Dios. Sólo quien conoce a Jesucristo como Camino, puede encontrarle también como Verdad. En Jesús Dios no sólo ha creado, sino ha tocado y convivido con la Naturaleza.

El Cristianismo supone la validez de la experiencia, ya que cree en un Dios Encarnado, en un Dios que ha hecho nuestra experiencia, para que así podamos experimentarlo en su Transparencia. De hecho el gran teólogo jesuita y paleo-antropólogo Pierre Teilhard de Chardin, declara en su libro “El Misterio Divino” (1957), que “el gran misterio del cristianismo no es exactamente la aparición, sino la transparencia de Dios en el Universo”. Jesucristo es la finalidad de la historia en la historia. Por Gratuidad, Dios se ha hecho carne (Jn.1,14), se ha hecho humano, materia, para dar Sentido a nuestras búsquedas y faltas de sentido; porque lo más grande que Dios nos ha dado, no es el universo, la vida o el amor, sino Él Mismo. Por el hecho de ser seres humanos, podemos acceder libremente a la salvación gratuita que nos ofrece el Dios que se ha hecho humano, pues, fuera de la Iglesia hay salvación, mas no fuera de la Gratuidad. El problema no es la muerte, sino cómo hemos vivido nuestra propia historia. Nuestra vida entrará en la Historia total, por la huella positiva o negativa que hemos dejado en la Naturaleza y la historia de los demás. Sólo conseguimos decidirnos realmente por el Eterno, que llena nuestra eterna insatisfacción a través de Jesucristo, ya que “es psicológicamente imposible amar lo indestructible, lo imperecedero, lo eterno: podemos necesitar a Dios (o necesitar que Dios nos ame y nos rescate) pero no podemos estrictamente amarle, del mismo modo que no podemos amar el universo. De ahí la genialidad de la idea cristiana de promover un Dios o una persona divina que se hizo hombre, mortal y torturado, a fin de que nos pudiésemos enamorar de él”.[1]

Ahora bien, Si el ser humano busca un Dios que sea salvación sólo para su autoafirmación, entonces tan sólo se encontrara a sí mismo. El cristiano ha de seguir a Jesús en un proyecto de transformación de la realidad en reino de Dios, asumiendo su mismo destino como disposición a tomar la cruz. La Gratuidad implica seguir a Jesucristo implícita o explícitamente. Podemos sintetizar la influencia de Cristo y la fe genuinamente cristiana en la mentalidad de occidente, por medio de palabras pronunciadas por Napoleón: “»Un extraordinario poder de influir en los hombres y suministrarles mando nos fue dado a Carlomagno y a mí. Pero en el caso de nosotros la presencia ha sido necesaria… Mientras que Jesucristo ha influido en sus súbditos y les ha suministrado mando sin Su presencia corporal visible durante mil ochocientos años.” La fe cristiana genuina es demasiado influyente y permanente en el sustrato de nuestra cultura como para tener un fundamento mitológico. Un personaje tan original, tan completo, tan uniformemente coherente, tan perfecto, tan humano y al mismo tiempo tan superior a toda grandeza humana, no puede ser ni un fraude ni una ficción. Se requeriría más de un Jesús para inventar a Jesús. Parafraseando a Blas Pascal finalmente podemos decir que en el corazón de todo hombre existe un vacío que tiene la forma de Dios. Este vacío no puede ser llenado por ninguna cosa creada. Sólo Jesucristo es Alguien para siempre. Una inteligencia de la fe que lo busca con honestidad, lo conocerá en todo lo concerniente a Él y orará para asemejarse a Él, llenando su consciencia o espíritu de Él, inaugurando la última etapa de la evolución: la Cristogénesis: el nacimiento de una mentalidad y de una revolución del corazón cuyo contenido es Cristo, que hará que los dolores actuales de la Naturaleza no sean de muerte, sino de nacimiento.

A partir de la geosfera surgió la litosfera (rocas), después la hidrosfera (agua), luego la atmósfera (aire), posteriormente la biosfera (vida) después la antroposfera (ser humano). Ahora la historia ha madurado hacia una etapa más avanzada del proceso evolutivo, la noosfera, que se distingue por la inteligencia y creaciones humanas, que pueden tornarse más espirituales o conscientes e incluso sublimadas en una inteligente Fe en Dios Creador, originando una unidad más alta y más compleja. Para culminar un día en la Cristogénesis, donde la ciencia de la mano de la Fe, revolucionará la vida hacia una fraternidad universal que busca que todo esté en Dios, como comienzo de una nueva historia, la historia de la Tierra unida con la Humanidad. En la etapa de la creación-evolutiva de la noosfera, el hombre puede pensar que la Tierra pertenece a la totalidad de los ecosistemas que sirven a la comunidad de vida, regulando los climas y la composición físico-química del planeta. Esta respuesta es buena pero insuficiente porque olvida las relaciones que la Tierra mantiene con las energías y los elementos del universo. Y en tal sentido, caemos en la cuenta que la Tierra pertenece al sistema solar que, a su vez, pertenece a nuestra galaxia, la Vía Láctea, la cual, finalmente, pertenece al Cosmos. Ella es un momento de un proceso evolutivo de 13.770 millones de años. Pero esta respuesta no satisface, pues remite a una pregunta ulterior: ¿y el cosmos a quién pertenece? Pertenece a esa Energía de fondo, al Vacío Cuántico, al Abismo alimentador de todos los seres, a la Fuente originaria de todo, como la respuesta final de los astrofísicos y cosmólogos, la cual, es correcta. Pero todavía no es la última. Cabe una pregunta final: ¿a quién pertenece la Energía de fondo del universo? Alguien podría simplemente responder: no pertenece a nadie, pues pertenece a sí misma. Esta respuesta es simplemente una no-respuesta porque nos coloca ante un muro. Será el plus dado por la fe inteligente en Dios Creador que hará un día, que todo hombre y todo en el hombre, llegue a la respuesta que hoy desde mi pequeñez, remito con certeza : a la teología, a Dios.

[1] Fernando Savater“La vida eterna”Editorial Ariel, Madrid, 2007; pàg. 51.

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