Falsa sinodalidad. El único que manda es Francisco, a su modo

Sandro Magister / Settimo Cielo

11 enero, 2021
Que el papa Francisco ejerce “un poder absoluto e incontrolado, arbitrario en el auténtico sentido de la palabra”, es lo que se desprende del inventario de sus hechos de monarca del pequeño Estado vaticano –como se puede leer en el anterior post de “Settimo Cielo”– y del análisis politológico de su ejercicio del poder, como relata el editorial del historiador Ernesto Galli della Loggia en el “Corriere della Sera” del pasado 20 de diciembre.

Pero además de jefe de Estado, Francisco es también y sobre todo pastor. Que se ha pronunciado varias veces a favor de una guía no monocrática sino “sinodal” de la Iglesia universal.

Y esto es lo que ha querido subrayar el arzobispo y teólogo Bruno Forte, 71 años, en su respuesta a Galli della Loggia en el “Corriere” del 2 de enero, poniendo un ejemplo a su juicio muy instructivo, el del doble sínodo sobre la familia de 2014 y 2015.

Forte fue el “secretario especial” de este sínodo, es decir, el hombre clave de su desarrollo, nombrado para este cargo por Francisco. Y recuerda: “Durante la larga audiencia que el papa Francisco me concedió antes del inicio de los trabajos, en la que hablamos de los temas a tratar y las posibles perspectivas, me expuso con claridad sus ideas, subrayando que podía decidir por sí mismo sobre ellas, amparado en la autoridad propia del sucesor de Pedro, pero que no quería hacerlo, para llegar a conclusiones compartidas por todo el episcopado en el pleno ejercicio de su colegialidad”.

¿Compartidas por todo el episcopado? Forte no tiene ninguna duda: “Puedo decir que ha sido así y que las novedades introducidas por ‘Amoris laetitia’, por ejemplo, sobre la pastoral de las familias heridas, han sido maduradas y compartidas colegialmente. La idea de Francisco de expresar en la actitud hacia las parejas en crisis el amor de Dios es la que ha prevalecido de forma unánime. Es decir, no ha sido el ejercicio de un poder absoluto, sino la fuerza convincente de la misericordia la que ha visto reconocida su primacía”.

Entonces, ¿están todos los obispos de acuerdo con el papa en admitir a la comunión eucarística a los divorciados vueltos a casar? No, de ningún modo. Porque si se recupera lo que el propio Forte dijo en público poco después de la publicación de “Amoris laetitia” –es decir, el documento en el que Francisco sacó sus conclusiones del sínodo– el panorama cambia radicalmente.

Era el 2 de mayo de 2016 y Forte, arzobispo de Chieti y Vasto, hablando en el teatro municipal de la segunda ciudad, contó así la respuesta que le había dado Francisco – probablemente en la misma “larga audiencia” presinodal citada más arriba– a su pregunta sobre cómo había que proceder en el sínodo sobre el tema candente de la comunión a las parejas ilegítimas:

“Si hablamos explícitamente de comunión a los divorciados vueltos a casar, ¡no sabes la que nos montarían estos [es decir, los cardenales y obispos contrarios – ndr]! Así que no hablemos de manera directa, tu procura que figuren las premisas, luego ya sacaré yo las conclusiones”. Después de lo cual Forte comentó, entre las sonrisas del auditorio: “Típico de un jesuita”.

Lo pagó caro. Ese docto arzobispo, que hasta entonces había estado entre los predilectos del papa Francisco e iba camino de una fulgurante coronación de su carrera, a partir de ese día cayó en desgracia. El papa le puso una cruz. No lo volvió a llamar a su lado, no le confió ningún puesto de confianza, ni como consejero ni como ejecutor, lo eliminó como su teólogo de confianza, tuvo cuidado de no nombrarlo prefecto de la congregación para la doctrina de la fe, o presidente de la conferencia episcopal italiana, y mucho menos, él que es napolitano de nacimiento, obispo de Nápoles y cardenal.

Y sin embargo todo lo que se sabe de ese doble sínodo sobre la familia, antes, durante y después, nos lleva a la conclusión de que en el teatro de Vasto, en esa ocasión, Forte dijo la pura verdad, mucho más verdadera que la que ahora ha escrito y cambiado en el “Corriere della Sera”.

Son suficientes pocas pistas para validar la veracidad de la reconstrucción dada por Forte el 2 de mayo de 2016.

El primer paso, en los planes del papa Francisco, fue convocar a los cardenales, en febrero de 2014, a un consistorio de dos días a puerta cerrada, obligados a discutir sobre una conferencia del cardenal Walter Kasper de total apoyo a la comunión de los divorciados vueltos a casar.

De ese consistorio solo se publicó el discurso de Kasper, pero se supo que la mayoría de los cardenales presentes se puso en contra, para gran decepción de Francisco, que no había ocultado estar de acuerdo con el cardenal y teólogo alemán.

Como consecuencia, Francisco no ha vuelto a convocar otro consistorio en el que discutir libremente con los cardenales, a pesar de todos su elogios de la sinodalidad y la colegialidad; además, en las dos sesiones del sínodo sobre la familia hizo de todo, en primera persona o mediante sus adeptos, para llegar a “un documento final que dejase las puertas abiertas para que el papa pudiese entrar y salir, hacer como quisiera”, es decir, un documento que dejase las manos libres a Francisco”: son las palabras de otro testigo irreprensible, el padre Adolfo Nicolás Pachón, en esa época prepósito general de la Compañía de Jesús, muy cercano a Jorge Mario Bergoglio.

En realidad los dos sínodos no fueron para nada pacíficos. Al inicio de la segunda sesión, en octubre de 2015, Francisco volvió a enfurecerse cuando le entregaron una carta firmada por trece cardenales de primera magnitud que estaban de acuerdo en impugnar desde la raíz el sistema del sínodo, porque “estaba configurado para facilitar unos resultados predeterminados sobre importantes temas controvertidos”.

El hecho es que todo salió como “predeterminado”. A partir de un documento final lo suficientemente ambiguo como para permitir que el primer exégeta de Bergoglio, el jesuita Antonio Spadaro, anticipara en “La Civiltà Cattolica” que “este sínodo ha sentado las bases para el acceso a los sacramentos, abriendo una puerta que había permanecido cerrada en el sínodo anterior de 1980”, Francisco sacó en marzo de 2016 un documento magisterial, “Amoris laetitia”, en cuyos 325 párrafos no hay una sola palabra clara apoyando la comunión a los divorciados vueltos a casar, salvo un puñado de alusiones en tres notas minúsculas a pie de página, la 329, la 336 y la 351.

¿Y cómo había que interpretar y aplicar estar tres notitas? En la babel de soluciones de todo tipo, en todo el mundo, los obispos de la región de Buenos Aires también se expresaron a favor de la comunión a los divorciados vueltos a casar, en una carta del 5 de septiembre 2016 a sus sacerdotes, a la que Francisco respondió con entusiasmo el mismo día con una carta de aprobación: «El escrito es muy bueno y explícita cabalmente el sentido del capítulo VIII de ‘Amoris laetitia’. No hay otras interpretaciones. Y estoy seguro de que hará mucho bien».

Quedaba por saber qué autoridad tenía para la Iglesia mundial una carta privada de Bergoglio al secretario de los obispos de la región de Buenos Aires. El dilema fue aún más arduo después de que el 19 de septiembre fueran presentados al papa Francisco y a la Congregación para la Doctrina de la fe las “dubia” formuladas por cuatro cardenales sobre la interpretación correcta de “Amoris laetitia”.

A las “dubia”, muy serias, de los cuatro acreditados cardenales –que las publicaron dos meses después– el papa Francesco no respondió ni entonces ni nunca, y mucho menos los recibió en audiencia.

En cambio, el 7 de octubre, la carta del papa a los obispos de la región de Buenos Aires apareció en las “Acta Apostolicae Sedis”, el boletín oficial de la Santa Sede, es decir, subió de rango, pero no hasta el punto de tener que ser obedecida en toda la Iglesia.

Desde luego, este extraño magisterio del papa Francisco no traspasó los barrotes de la prisión de Melbourne en la que estuvo encerrado hasta el pasado 7 de abril el inocente cardenal George Pell –uno de los trece de la protesta de 2015 y uno de los más solidarios con los cuatro de las “dubia”–, teniendo en cuenta lo que escribió en su “Diario de la prisión” el 3 de marzo de 2019, miércoles de ceniza:

“La fidelidad a Cristo y a su enseñanza permanece indispensable para algún catolicismo fructífero, para algún despertar religioso. Este es el motivo por el que las ‘aprobadas’ interpretaciones argentina y maltesa de ‘Amoris laetitia’ son tan peligrosas: van contra la enseñanza del Señor sobre el adulterio y la enseñanza de san Pablo sobre las disposiciones necesarias para recibir adecuadamente la Santa Comunión. […]

“En los dos Sínodos sobre la Familia, algunas voces proclamaron en voz alta que la Iglesia era un hospital de campaña o un puerto de refugio. Pero esta es solamente una imagen de la Iglesia y está muy lejos de ser la más adecuada o relevante, porque ante todo la Iglesia debe mostrar cómo no enfermarse y cómo escapar a los naufragios, y aquí los mandamientos son esenciales. Jesús mismo enseñó: ‘Si ustedes cumplen mis mandamientos permanecerán en mi amor’ (Jn 15, 10)”.

Evidentemente, el ejercicio arbitrario y monocrático del poder, disfrazado de sinodalidad, no siempre va de la mano del consenso. De hecho, es lo contrario.

UNA ADVERTENCIA

A propósito de la carta de los trece cardenales, es útil tener en cuenta que el texto hecho público entonces por este blog era el texto original en inglés que circulaba entre los cardenales a los que se proponía suscribirlo. Y tiene una diferencia respecto al texto que más tarde se entregó al papa, en el que no aparecen las tres líneas en las que se ponía en guardia de replicar en la Iglesia católica “el colapso de las iglesias protestantes progresistas en la época moderna, acelerado por su abandono de los elementos clave de la fe y de la práctica cristiana en nombre de la adaptación pastoral”.

También hubo modificaciones en los nombres de los trece firmantes. Una vez hecha las rectificaciones, este blog acabó con dar a conocer nueve de ellos, más los dos que dio a conocer sucesivamente “America”, el semanal de los jesuitas de Nueva York. En total, estos once en orden alfabético: Carlo Caffarra, Thomas C. Collins, Daniel N. Di Nardo, Timothy M. Dolan, Willem J. Eijk, Gerhard L. Müller, Wilfrid Fox Napier, John Njue, George Pell, Robert Sarah, Jorge L. Urosa Savino.

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