¿Es la religión útil?

Fuente: Julio Llorente

Si hay algo que defina a nuestra época, tal vez sea una cierta obsesión con la utilidad. Cuando se presenta ante nosotros una nueva realidad, en lugar de admirarla, nos preguntamos inmediatamente “para qué sirve”. Y si la respuesta es que no sirve para nada, que lo estamos contemplando no nos va a reportar ningún beneficio inmediato y tangible, esbozamos una mueca disgustada y proseguimos nuestra búsqueda de lo útil en otro sitio. Sucede lo mismo cuando juzgamos la idoneidad de nuestros actos: ya no son apropiados si son buenos; son apropiados si son beneficiosos (o, lo que es lo mismo, si contribuyen a directamente a nuestra supervivencia biológica o a nuestro bienestar).

En cierta manera, es inevitable que dirijamos a la religión la misma mirada que al resto de fenómenos humanos y nos preguntemos: “Pero ¿acaso sirve para algo la religión?”

En su extraordinario ensayo Dios no mola, publicado por Bibliotheca Homo Legens, Ulrich L. Lehner subraya la ilegitimidad de la pregunta en cuestión. Según él, más que si la religión es útil, debemos preguntarnos si es verdadera. Ése es el interrogante fundamental. Nadie se adhiere a un credo porque sea benéfico para el orden social o porque permita el progreso; se adhiere a él porque piensa que es verdadero. En cierto modo, quien se pregunta por la utilidad de la religión reduce – lo pretenda o no – la grandeza del objeto de su estudio:

«Mi posición es que creer en Dios es una afirmación verdadera o no lo es. Un dios que nos guste porque nos da, a mi vecino y a mí, unos códigos morales para que así sea menos probable que nos convirtamos en ladrones o asesinos no es Dios, sino una función».

Esto no significa que no debamos juzgar los frutos de una religión; significa que una religión no es valiosa por sus frutos, sino por su grado de verdad. De nada vale que tal credo inspire una estupenda declaración de derechos humanos y mantenga la cohesión comunitaria si sus afirmaciones no son verdaderas, es decir, si no casan con la realidad. Puede ser un credo útil, pero no valdrá la pena desenvainar la espada por él. Puede ser beneficioso para el orden social, pero nadie en sus cabales consagraría su vida a él.

¿Qué no es la religión?

En el Occidente hodierno existen dos visiones preponderantes de la religión. La primera de ellas la considera un artificio encaminado a sostener un orden político concreto; la segunda, por su parte, afirma que es un mecanismo que nos ayuda a sobrellevar el miedo a la muerte, algo así como un modo de domesticar lo desconocido, lo incierto. Según Lehner, ambas visiones pecan de reduccionistas; pues, si bien analizan los frutos de la religión (y ni siquiera lo hacen plenamente), no analizan la naturaleza profunda del fenómeno religioso.

El autor de Dios no mola refuta con especial vigor la segunda de las visiones:

«La religión plantea la cuestión de por qué cosas como el dolor, el sufrimiento y la muerte existen. Hace, pues, que estemos incómodos en el universo porque nos señala más allá de él sin darnos una respuesta práctica. Por lo tanto, el argumento de que es un mecanismo que nos ayuda a sobrellevar la mortalidad no es convincente».

Cabría añadir que ambas perspectivas del fenómeno religioso terminan incurriendo en el mismo error: el relativismo religioso. Como las religiones ya no son juzgadas según su grado de verdad, según su conformidad con la realidad de las cosas, todas terminan siendo igualmente válidas. Al fin y al cabo, se limitan a cumplir la función preestablecida.

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