Es “diabólico” tratar de adaptar la Iglesia a la cultura del mundo, dice el cardenal Burke

En una reciente alocución a un grupo de jóvenes reunidos en Roma, el cardenal norteamericano Raymond Leo Burke tachó de “diabólica” la actual situación de la Iglesia aparentemente tratando de “acomodarse” al mundo y su “cultura del muerte”.

Precisamente ahora, cuando nuestra cultura parece empeñada en sus ataques a la integridad de la familia, a la vida y a la libertad de conciencia, es cuando la Iglesia debería proclamar la verdad de modo especialmente “firme y claro”, señaló el cardenal Burke en una conferencia a jóvenes celebrada recientemente en Roma por Voice of the Family.

“Y, sin embargo, da la impresión de intentar acercarse a esta cultura, que es ciertamente una cultura de muerte, y tratar de algún modo de acomodarse a su cultura. Esto es, a mi juicio, una situación diabólica”.

Desde la misma predicación de Jesús, el cristianismo ha presentado siempre una marcada oposición con el Mundo o el Siglo, es decir, con las cambiantes ideologías y modas intelectuales de cada momento. De hecho, el Mundo, concebido en ese sentido, se ha presentado tradicionalmente como uno de los enemigos del alma, junto al Diablo y a la Carne.

Esta posición milenaria se mitigó marcadamente con el Concilio Vaticano II, explícitamente marcado por el ‘aggiornamento’ -actualización- y su deliberado acercamiento a los ‘signos de los tiempos’ y la modernidad.

Pero lo que el Concilio apenas esbozaba y se refería más bien a una adaptación del lenguaje para hacer más asequibles las verdades eternas a los hombres de hoy, el llamado ‘espíritu del concilio’ lo transformó en una desastrosa carrera por plegarse a los caprichos intelectuales e ideológicos del momento.

Atrás parecía quedar esa Iglesia que, según palabras del converso G. K. Chesterton, liberaba al hombre de la humillante esclavitud de ser “hijos de su tiempo”.

Ahora la Iglesia, denuncia Burke, ofrece una falsa “misericordia”, lo que llama “una especie de expresión del amor y la solicitud de la Iglesia por la humanidad, como su pudiéramos amar a nuestro prójimo sin proclamar la verdad y sin actuar según la verdad”.

Burke, como ya hemos informado a menudo en estas páginas, se convirtió en un paria entre sus pares al hacerse responsable, junto con otros tres colegas en el cardenalato, de una carta formal al Papa en la que se solicitaba aclaración de puntos ambiguos en la exhortación papal Amoris Laetitia, las célebres Dubia.

Los prelados de todo el mundo, y muy especialmente de su país, saben ya que “no conviene” a su carrera eclesial ser vistos junto al cardenal ‘marcado’, mucho menos invitarle a sus diócesis o participar con él en evento alguno.

Pero Burk no se calla, y en esta ocasión ha recordado que si San Juan Pablo II convocó a la Iglesia a una nueva evangelización, “primero debe re evangelizarse internamente, porque los males del secularismo y el relativismo han entrado en la propia Iglesia”.

En cuanto a la “terrible” crisis concreta que vive en estos momentos la iglesia de su país, no va a resolverse con comités y directrices burocráticas, asegura el cardenal. “A lo que nos enfrentamos aquí es a un pecado grave”, dice, y solo puede solucionarse “poniéndole un nombre al pecado, responsabilizándonos de él y expiándolo”.

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