Epifanía

Eleuterio Fernández Guzmán

 

 

Esto se ha realizado, lo sabemos, en el hecho de que tres magos, llamados de su lejano país, fueron conducidos por una estrella para conocer y adorar al Rey del cielo y de la tierra. La docilidad de los magos a esta estrella nos indica el modo de nuestra obediencia, para que, en la medida de nuestras posibilidades, seamos servidores de esa gracia que llama a todos los hombres a Cristo”

 

San León Magno

Sermón en la Epifanía del Señor

 

Mañana, 6 de enero, es aquel en el que celebramos la primera Epifanía del Hijo de Dios. Y es que sí, en otras dos ocasiones, que también podemos llamar así, Jesucristo se manifestó al mundo: en su Bautismo en el río Jordán y, luego, en las bodas de Caná donde dio comienzo su Magisterio milagroso. Y, como es domingo y corresponde meditar o comentar el Evangelio del día, pues por eso mismo escribimos esto hoy.

 

Pues bien, siempre nos ha parecido extraño que unos sabios, de lejanas tierras, acudieran a Belén en busca, o mejor dicho, para encontrar, a alguien que no conocían. ¿Qué les podía impulsar a ello?, ¿Qué extraña llamada fue la que les atrajo?

 

Cuando no sabemos qué responde a algo que nos produce duda o perplejidad echamos mano, en muchas ocasiones, de lo tangible, de lo que puede demostrar aquello y, así, tranquilizamos nuestra conciencia y nuestras ansias de conocimiento.

 

Y a esto también se le ha pretendido encontrar respuesta. Al parecer, por aquella época un cometa surcó el cielo, indicando el camino a seguir. Y es el que habrían seguido aquellos tres hombres.

 

Sin embargo, aquí no hemos de fijarnos en el dedo que señala a la luna (en este caso al cometa) sino que la cuestión es muy otra: Dios se manifiesta al mundo porque Él mismo quiere que el mundo sepa que sí, que ha llegado el Mesías.

 

Tanto un texto de Isaías (60, 1-6) como uno de Mateo (Mt 2, 1-12) recogen, o hacen referencia a profecías que el primero hiciera y que Miqueas, profeta contemporáneo de Isaías, manifestara sobre el nacimiento del Mesías. Aquel habla de la oscuridad de los tiempos en los que se hace necesaria la intervención de Dios (Yahveh). “Al verlo te pondrás radiante” dice, mientras que el texto de Mateo indica que al ver la estrella “se llenaron de inmensa alegría” (se refiere a los Reyes Magos) Y la alegría, su contento, era debido a que sabían que habían llegado a su destino.

 

Dios, por lo tanto, otra vez, tenía que intervenir.

Y se manifiesta, tal es significado del vocablo griego epifaneia, a los paganos. Es una especie de presentación al mundo de los que no creen para que crean y se salven. Por eso aquellos magos, venidos del oriente de oriente, creen sin haber visto porque, en cierta manera, manifiestan una fe que aún no tienen. Son un, a modo, de aquellos a los que Jesús, cuando el Apóstol Tomas no quiso creer que se había aparecido a sus otros compañeros, se refería cuando a la semana siguiente volvió a aparecerse a los acobardados discípulos y le tuvo que decir a Tomás aquello de Dichosos los que no han visto y han creído”. Y aquellos Magos, queremos creer, eran de los que creían sin ver porque confiaron en que iban a encontrar al Rey de los judíos. Y siguieron a la estrella.

 

Entonces, ¿Qué ha de suponer, para nosotros, la manifestación del Hijo de Dios en tales circunstancias?

 

Dice, como recoge el texto que encabeza el artículo de hoy, san León Magno, que “La docilidad de los magos a esta estrella nos indica el modo de nuestra obediencia, para que, en la medida de nuestras posibilidades, seamos servidores de esa gracia que llama a todos los hombres a Cristo”,

 

Varias cosas se pueden destacar que no deberíamos olvidar:

1. La docilidad a la fe, 

2. La obediencia y, por fin,

 3. El servicio.

 

Y docilidad en el sentido de dejarse enseñar por Quien vino a enseñarnos; obediencia a la Palabra de Dios y a Quien vino a confirmar su sentido; servicio en la puesta en práctica de la docilidad y de la obediencia.

 

Bien sabemos que hoy día son muchos los factores que no nos quieren dejar cumplir con tales principios de la fe católica. Sin embargo, también sabemos cuál es nuestra obligación, grave, como hijos de Dios que nos sabemos: no cejar en el empeño de que nuestra fe sea, para el mundo, un faro, una luz que nos conduzca por el camino recto hacia el definitivo Reino de Dios; una, al fin, manifestación.

 

Por eso aquellos magos, reyes o simples hombres sabios, recorrieron aquella gran distancia para postrarse, en oración, ante un niño recién nacido y para recordar que también se les había ocultado a ellos lo bueno y mejor hasta que, arrodillados, supieron que ser humildes es, en buena manera, una forma de ser eternos.

 

Y eso no lo deberíamos olvidar.

 

Feliz Epifanía del Señor.

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