Entrevista a un misionero católico: P. Federico Highton, SE

 

El P. Federico Highton es un sacerdote y misionero argentino, estudió Derecho en la UBA (Argentina), e ingresó en el seminario después. Actualmente se dedica a misionar de modo parresíaco en lugares donde nunca se haya predicado la verdad católica, en lugares donde sea riesgoso predicar. Reside intermitentemente en Sikkim, un pueblo situado en la meseta tibetana (Himalaya), en la zona norte de la India.

¿Siempre quiso ser misionero?

Bueno, descubrí mi vocación cuando recibí la primera comunión. Cantábamos una canción llamada «Alma misionera», yo tenía nueve años. La cantamos mil veces. Y cantándola recibí un gran deseo, que me lo puso el Espíritu Santo, de ser misionero. Y yo no conocía ningún misionero, no conocía la historia de ningún misionero ni nada, pero Dios me puso ese deseo en ese momento y, bueno, al crecer, ese deseo se me iba olvidando, y volvía, y me olvidaba de nuevo, pero se terminó imponiendo y me hice misionero, por gracia de Dios. Tengo un escrito sobre el tema, contando con más detalle la historia de mi vocación.

Usted estudió Derecho, ¿qué destaca de esa etapa universitaria?

Bueno, lo que yo destaco de ese tiempo fue que me vino bien para leer muchísimo. Leer tanto las lecturas de la facultad, que eran muchas, como un montón de lecturas personales. Para mí, la universidad fue princi­palmente un tiempo de lectura. Compré muchísimos libros, leí muchísimos libros, y de varios temas, principalmente tendí a comprar libros de Filoso­fía, Teología, de Historia, hagiografías y libros sobre la Hispanidad.

También leí mucho al enemigo, sabiendo que era el enemigo

¿eh?, no ingenuamente, para poderlo refutar, para poder conocer sus errores. Y me gustaba pelearme con los enemigos de la fe, con los comunistas, con los no-católicos…, para refutarlos. A menudo, en esas peleas yo me excedía o cometía errores, pero bueno, fueron mis primeros entrenamientos en la defensa de la fe.

Comparando la Universidad entonces y ahora, ¿qué cambios ha sufrido?

En esa época yo estudiaba en una universidad estatal, en la Universidad de Buenos Aires (UBA), porque en Derecho esta universidad tiene mucho prestigio. Pero estaba más bien dominada por profesores que eran marxistas, o profesores liberales.Había unos pocos que eran católicos ver­daderos. Pero bueno, supongo que hoy en día debe estar mucho peor.

¿Cómo recuerda su estancia en el seminario? ¿Han cambiado mucho los seminarios de un tiempo a esta parte?

Yo estudié en el seminario del IVE. Después salí de esa congregación por una serie de motivos graves que ahora no viene al caso explicar pero, básicamente, el principal motivo por el que yo salí fue que Dios me llamaba a dedicarme a la misión itinerante trabajando con un puñadito de laicos y con otros sacerdotes que quisieran participar en este tipo de expediciones misioneras en lugares extremos, en lugares de primera evangelización. Y, bueno, vi que para eso tenía que empezar una nueva comunidad, que es lo que estamos haciendo.

Pero bueno, respecto de los seminarios, el seminario al que fui, fue un seminario de buena formación doctrinal.

Respecto de los seminarios diocesanos, he de decir que no tengo mucho conocimiento, porque fui a un seminario religioso. De todos modos, me consta que quedan todavía, por gracia de Dios, algunos seminarios dio­cesanos buenos en Hispanoamérica, y la gente que busca un poco, los en­cuentra. Uno de los mejores seminarios de Hispanoamérica es el seminario de San Rafael, en Mendoza, Argentina, famoso por su doctrina tomista, por su liturgia solemne y cuidada, y por su celo apostólico.

Después es sabido, ciertamente, que hay una multitud de semina­rios que están vacíos, precisamente por su doctrina pésima, si no herética. También están esos seminarios en los que admiten o toleran a miembros sodomitas, que se infiltran en la Iglesia para destrozarla, o para aprove­charse de ella, o para usufructuarla.

¿Qué es la Orden San Elías? ¿Quién es su fundador?

La palabra «Orden» en realidad le queda grande. La usamos en el sentido lato de la palabra, «Orden» en el sentido de agrupación, de congre­gación religiosa. Es un pequeñísimo instituto religioso que hemos fundado con el P. Javier Olivera Ravasi; todo surgió a raíz de nuestra amistad. Con el P. Javier somos muy amigos y, bueno, charlando y rezando, fuimos viendo que hacía falta empezar esta nueva agrupación, cosa que corroboró ya la Iglesia con una primera aprobación episcopal, primero en la India y luego en Francia. La palabra «fundador» es una palabra que suena muy rimbom­bante.

Y, ¿a qué se dedica San Elías? El carisma es el anuncio de la verdad con la más heroica parresía, para que Dios máximamente glorificado. Y se anuncia la verdad de la fe católica en dos ámbitos específicos: el prime­ro, es en el ámbito de las misiones, de los infieles, donde no hay católicos, especialmente en lugares remotos que sean peligrosos o particularmente hostiles. Y, el segundo, es en el ámbito de la llamada «guerra cultural», la contrarrevolución cultural, para enfrentar a los enemigos de la Iglesia, a los enemigos de la ley divina, a los enemigos de la ley natural, a los enemigos de la Cristiandad, a los enemigos de la Hispanidad, con argumentos, en conferencias, libros, escritos…

¿Podría decirse que son los que más en serio se han tomado el manda­to de ir a las periferias?

[Se ríe] No, realmente, gran cantidad de congregaciones aparecen hoy en día, y parece que muchas quieren ser las mejores, quieren ser las núme­ro uno. Bueno, la Orden de San Elías es una cosa mínima, no nos queremos atribuir ningún tipo de récord.

¿Cuál fue su primer destino misionero?

Mis primeras experiencias misioneras fueron cuando yo era laico y fui a misionar algunos pueblos de Argentina y Chile. Fueron muy hermosas experiencias, donde me internaba en la visita de las casas, en la búsqueda de almas, invitando a la gente a que recibieran los sacramentos o a que volvieran a la Iglesia si se habían hecho protestantes.

Después entré al seminario, y me mandaron ir a estudiar a Roma, pero yo me había ofrecido a ir al extremo Oriente, y entonces me mandaron a Taiwán. Ese fue mi primer destino propiamente misionero, en Taiwán. Fue realmente un gozo muy grande. Tengo algunas crónicas publicadas so­bre la misión allí, en mi blog sobre misiones. Una de las cosas más hermo­sas fue el haber entrado a un templo idolátrico a predicar a Jesucristo. Eso me valió el hacerme amigo de una familia de paganos, con quien estaba haciendo muy lindo apostolado. Yo les predicaba dentro del templo pa­gano, y ellos me invitaban a comer, me tenían mucho aprecio. Y cuando la abuela de la familia se estaba por morir, me buscaron, aunque yo me había cambiado de parroquia y no me pudieron encontrar. Pero bueno, antes de morir esa señora pagana a quien yo le había predicado a Cristo, me buscó. En Taiwán gracias a Dios vi conversiones muy hermosas, no muchas, pero las vi. Estuve casi dos años, fue una experiencia realmente fascinante mi­sionar en la China.

¿Cuáles ha sido la mayor dificultad que ha tenido? ¿Y la mayor gratifi­cación?

La mayor dificultad, los obispos. Algunos obispos que no quieren que se misione, porque tienen miedo, porque tienen mala doctrina, porque dicen que respetan todas las religiones, o porque prohíben el llamado «aposto­lado directo».

Y la mayor gratificación, haber podido hacer misiones clandestinas, y haber podido predicar al jefe del monacato budista de la zona del Himalaya en la que estoy.

Alguien dijo una vez que el problema de tender puentes es que son de doble sentido ¿qué piensa del llamado a «tender puentes»?

Tender puentes está muy bueno, significa que uno manda gente a todas las almas, a todas las naciones. Bueno, tendamos puentes con to­das las ciudades, incluso con los enemigos, para tratar de convertir a los enemigos, y para tratar de convertirlos a todos. Entonces, mientras esos puentes sean a favor de la Verdad, a favor del Bien, a favor de Jesucristo, a favor de la Iglesia, a favor de la Cristiandad, benditos puentes. Llenemos el mundo de puentes.

Ahora bien, si esos puentes significan sincretismo, significan aguar o disimular la fe, significan callarse, significan negociar la verdad, entonces son puentes «Judas Iscariote», son puentes traidores, son puentes peligro­sos, son puentes nefastos,puentes que hay que hundir, que hay que derri­bar, que hay que dinamitar.

¿Qué labor realiza usted allí en el Himalaya? ¿En qué consiste un día normal suyo?

En el Himalaya no hay un día normal, en el sentido de cotidiano, repetitivo y monótono. Prácticamente no hay un horario. Yo me levanto lo más temprano que pueda, si me puedo levantar temprano, que a veces no se puede porque me acuesto tarde debido a viajes apostólicos.

El centro de la jornada es la Santa Misa. Después de la Misa lo más importante es el momento de meditación o de Adoración Eucarística, el rezo del Santo Rosario o del breviario. Y en un segundo lugar está el apos­tolado que se puede hacer, es decir, la predicación. Y esa predicación en el Himalaya, en esta última etapa, se reconcentra principalmente en la es­cuela que estoy dirigiendo, la Escuela San Juan (Saint John’s International School). Pero, son tantos los contratiempos y tantas las aventuras que ge­nera el Señor, son tan variadas e increíbles, que no hay dos días iguales, así que es difícil describir una jornada «normal».

¿Qué consejo da a los misioneros que hay por el orbe?

Mi principal consejo es que de modo habitual sean conscientes de que no hay nada imposible para Dios, y que a Dios le encanta hacer gran­des milagros en las misiones. Pero, eso depende de la voluntad de Dios, en primer lugar; y, en segundo lugar, depende de que el misionero tenga fe y confianza en la magnanimidad y omnipotencia de Dios.

Por último, a los jóvenes católicos sedientos de Verdad, Bondad y Belleza, ¿qué les dice?

Mi consejo es que estudien y mediten los ejemplos y vidas de los grandes santos y los grandes héroes. Porque el conocimiento de los arque­tipos es algo que nos estimula máximamente a obrar el bien.

 

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