El sucesor de Francisco

Rubén Peretó Rivas / InfoVaticana

16 enero, 2021
El Papa Francisco es dado a acuñar expresiones particularmente impactantes que intercala en sus alocuciones y luego son repetidas en la prensa a modo de titulares. Son los llamados bergoglemas y se caracterizan por constar de una imagen sinestésicamente desagradable, como por ejemplo “olor a oveja”, “pepinillos en vinagre”, “contenedor existencial”, etc., que busca provocar en los oyentes reacciones emocionales de adhesión a su mensaje. Últimamente, han aparecido también ciertas expresiones que, al modo de bergoglemas, intentan reflejar algunas de las actitudes que el mismo Papa y la Iglesia han tomado en los últimos años. Una de ellas, aparecida en las últimas semanas, hace referencia a Bergoglio como “capellán de las Naciones Unidas”. No se trata en este caso de la referencia a una imagen desagradable y tampoco de apelar a los sentimientos, sino que más bien es una conclusión racional surgida del análisis de los hechos que vemos en la actualidad.

En la práctica, la iglesia comandada por el Papa Francisco, secundado por la mayoría de los obispos, ha adoptado la agenda de las Naciones Unidas, por ejemplo, en su aliento a la inmigración y consiguiente censura a los países y gobernantes que buscan regularla o impedirla, o la insistencia permanente en un cambio climático que exigiría cuidados extraordinarios por el planeta, denominado en ámbitos pontificios como “madre tierra”. La fraternidad universal, objetivo buscado durante siglos por sociedades agnósticas y particularmente anti-católicas como la masonería, es ahora proclamada abiertamente por el mismo Vicario de Cristo, por ejemplo en el documento de Abu Dabi de 2019, en la encíclica Fratelli tutti de 2020 o en su video del mes de enero de 2021.

En 2019, y a raíz de la pandemia del Covid, la agenda de la Organización Mundial de la Salud impuso una serie de normas de prevención que significaron fuertes limitaciones de las libertades básicas, entre las cuales se cuenta la regulación o incluso prohibición del culto público, situación que lleva ya casi un año y que, según algunos científicos que se comportan como los augures del mundo contemporáneo, se extenderá hasta 2024. Los obispos, salvo muy contadas excepciones, se apresuraron a seguir esa agenda restrictiva sin ningún tipo de cuestionamientos o resistencias e, incluso, compitieron por extremar las medidas higiénicas llegando a extremos inverosímiles y en algunos casos ridículos. Fue notable su corrección política y su muestra de civilidad en acatar las órdenes de las autoridades civiles, aunque ello significara abandonar espiritualmente a sus fieles privándolos durante meses de los sacramentos.

Estos ejemplos son suficientes para demostrar que no es exagerado ni fantasioso considerar que el Papa Francisco ocupa una especie de capellanía de la ONU en tanto máximo líder religioso que bendice y legitima las iniciativas globalistas de ese organismo. Esta decisión pontificia, paralelamente, ubica a la iglesia católica como un satélite más de una suerte de organización pan-planetaria, en la que cada miembro tiene funciones precisas que ejecutar a fin de posibilitar el nuevo gobierno confederado.

Una de las preguntas acerca del futuro que podemos hacernos frente a este giro tan brusco que han tomado los acontecimientos tiene que ver con lo que sucederá con el próximo pontificado. El nuevo rol que está asumiendo la iglesia en el ámbito de la gobernanza mundial es decisión del Papa Francisco puesto que en los pontificados anteriores, como el de Benedicto XVI o el de Juan Pablo II, el Vaticano era siempre una voz crítica y hasta cierto punto temida en los foros internacionales. El sucesor de Bergoglio tendrá en sus manos la decisión de continuar o no con esta política de legitimación de las acciones globalistas, y conservar o rechazar la “capellanía” de la ONU.

Le resultará fácil continuar la política bergogliana. El pontífice argentino ha procurado establecer a lo largo de casi ocho años una estructura de gobierno comprometida con sus ideales mundialistas. Una importante mayoría del colegio cardenalicio ha sido creado por Francisco a su imagen y semejanza. En sus consistorios siempre ha primado el capricho para repartir birretas púrpuras, y aunque esta actitud no es nueva en la iglesia, lo que observamos en este caso es que son elegidos personajes perfectamente alienados con la política bergogliana, o bien nulidades que difícilmente opondrán resistencias u ofrecerán cuestionamientos a las órdenes que bajen de los Sacros Palacios, sea quien sea el que allí se siente y, dicho sea de paso, escribirán en las papeletas del próximo cónclave el nombre que les sea indicado.

El episcopado mundial, por otro lado, aunque menos comprometido, ha sido elegido también según el criterio pontificio, que exige “pastores con olor a oveja”. Y esto significa que se trata de obispos eminentemente pastoralistas —que no es lo mismo que pastores—, con escasa formación y volcados completamente a la acción pastoral que, según ellos, consiste en transformar las estructuras sociales según el espíritu del Evangelio. La dimensión espiritual de la iglesia queda relegada a un segundo o tercer plano, y pasa a ser un elemento en muchos casos decorativo y de escasa relevancia.

Si el próximo Papa quisiera, en cambio, volver a la senda de sus predecesores y asumir en plenitud el cargo que se le ha encomendado, es decir, “confirmar a sus hermanos en la fe”, ¿qué debería hacer ante el erial en que encontrará convertida a la iglesia católica? En mi opinión, se trata de abrazar con decisión el carácter espiritual y eminentemente contemplativo que es el propio de la Esposa de Cristo, alejándose de los compromisos temporales y ejerciendo su magisterio a tiempo y destiempo.

Esa fue la opción elegida por el papa Benedicto XVI, y un solo ejemplo es suficiente para mostrarlo: buena parte de sus catequesis de los miércoles versaron sobre los Padres de la Iglesia, los maestros de nuestra fe de los primeros siglos. No se entretuvo en parloteos sobre los migrantes, el deshielo de los glaciares o la desforestación del planeta.

En los medios eclesiásticos argentinos se relata una anécdota. Promediaba el mes de mayo de 2007 y, en uno de los pasillos del enorme Santuario de Aparecida (Brasil), donde se desarrollaba la asamblea de los obispos de Latinoamérica, un sacerdote argentino le habría espetado con dureza al cardenal Zenon Grocholewski, prefecto de la Congregación para la Educación Católica: “A ver cuándo logramos que los seminarios formen curas seculares, curas insertos en el mundo y dejen de apostarle a una ficticia formación monástica”. El sacerdote habría sido el ahora arzobispo de La Plata, Mons. Víctor Tucho Fernández, uno de los ghost writers del Papa Francisco. Y en esos mismos círculos eclesiásticos se sabe del empeño de este poderoso prelado en privilegiar la acción pastoral por sobre la oración.

El secular principio enunciado por Santo Tomás de Aquino Contemplare, et contemplata aliis tradere (“Contemplar, y entregar a los demás lo que ha sido contemplado”) pareciera haber dejado de tener vigencia en los tiempos francisquistas. Para Mons. Fernández, inspirador del pensamiento pontificio, una espiritualidad basada en estos dos polos complementarios —oración y apostolado— responde a una conducta esquizoide. Afirma que quienes pretenden primero rezar para después entregar a los demás aquello que han recibido en la oración, presentan rasgos similares a los de un esquizofrénico o a los de una persona bipolar. El buen misionero hace de la misión misma su oración. No hace falta, entonces, dedicar cada día algún tiempo a rezar o a estar a solas con Jesús; lo importante es hacer cosas apostólicas. En otras palabras, lo importante es la actividad porque la actividad misma es oración.

Es este uno de los puntos nodales del pensamiento de Bergoglio y vertebrador de su pontificado, y uno de los primeros que debería despedazar su sucesor. El Papa es el custodio y maestro de la fe. Su misión no es la actividad frenética, ni las homilías diarias, ni los viajes mensuales y tampoco la producción cotidiana de discursos, cartas y exhortaciones. Mucho mejor y más eficazmente se enseña la fe celebrando digna y solemnemente la liturgia, hablando al corazón y a las inteligencias de los fieles —y no a los oídos interesados de los enemigos de la fe— y recordándonos una y otra vez en medio de este mundo materialista que nuestra esperanza está puesta en el reino venidero y no en un mundo libre de emisiones de carbono.

En conclusión, entiendo que el próximo pontificado debería ser radicalmente opuesto a la ya fracasada experiencia bergogliana. Un pontificado católico, centrado en consolidar la fe de los bautizados y prescindente de las agendas promovidas por los gobiernos nacionales y transnacionales.

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