El problema son los enemigos de la verdad, no los enemigos del Papa

Hay un movimiento revolucionario en los vértices de la Iglesia que, para consolidar su poder, tacha a todo el que plantee una objeción como «enemigo del papa». El caso del Pontificio Instituto Juan Pablo II es emblemático en este sentido, pero no es el único. El verdadero conflicto no está entre quién está a favor o en contra del papa, sino entre quien desea vivir y testimoniar la Verdad y quien quiere establecer una nueva Iglesia hecha por las manos del hombre.

Toda revolución necesita, para afirmarse, señalar a los supuestos contrarrevolucionarios que hay que eliminar; así se justifica el puño de hierro, se consigue que el pueblo se una compacto alrededor de los vencedores y se desaliente a todo aquel que quiera disentir públicamente.

Es lo que sucedió con la Revolución francesa de 1789 que, con Robespierre, instauró el Terror, que golpeó también a los otros protagonistas de la propia Revolución e incluso eliminó al antiguo compañero Danton, amado por el pueblo.

Es lo que sucedió con la Revolución bolchevique de 1917 y, más tarde, durante todo el periodo de la Unión Soviética: todo el que se apartaba de la línea impuesta por el Partido, incluso los antiguos compañeros de revolución, era acusado de ser un contrarrevolucionario y acababa decididamente mal.

Es lo que sucede también en la China popular, donde todo el que quiera poner en discusión la línea del presidente (y los intereses de «su» corte) es un reaccionario, un burgués, un espía de los imperialistas, y se gana un viaje a un lugar desconocido.

Otra característica de los movimientos revolucionarios es considerar la victoria de la revolución como el inicio de una nueva era que merece un nuevo calendario: fue así para la Revolución francesa (se inventaron incluso nuevos nombres para los meses), para al fascismo en Italia y también para la Camboya de Pol Pot.

Es triste tener que constatar que este fenómeno está sucediendo ahora en la Iglesia católica. Hasta hace unos años se podía sancionar a sacerdotes y teólogos que enseñaban cosas contrarias a la fe católica, o que tomaban decisiones de vida que estaban en clara contradicción con la enseñanza de la Iglesia. Esto se hacía a través de un procedimiento interno en el cual se escuchaban las razones del «acusado», al que se invitaba a cambiar de comportamiento antes de resignarse a la sanción pública.

Esto ya no es así: alrededor del papa Francisco se ha creado -o le ha precedido- un movimiento «revolucionario» que interpreta el inicio del pontificado actual como el alba de una nueva era: ya no habla de Iglesia católica, sino de Iglesia de Francisco; trata los documentos del pontífice como si fueran la carta magna fundamental de una nueva Iglesia, imparte justicia sumaria a todos los que, incluso sencillamente, recuerdan una verdad fundamental de la Iglesia católica, a saber: la necesaria continuidad del magisterio de un papa -y, por consiguiente, también de Francisco- con la Tradición apostólica.

El último caso, el del Pontificio Instituto Juan Pablo II, es paradigmático desde este punto de vista, y los artículos recientes de Avvenire que hemos comentado son tan explícitos de esta perspectiva revolucionaria que no pueden no ser causa de alarma para todos los obispos que aún se consideren parte de la Iglesia católica. En este sentido es significativa la carta que, al respecto, ha enviado el obispo de Reggio Emilia, monseñor Massimo Camisasca, y cuya publicación el director de Avvenire no ha podido evitar.

Ciertamente, no es el único caso. Siempre en relación con la publicación de Amoris Laetitia, sólo hay que recordar el trato que los periodistas y teólogos «guardianes de la revolución» han reservado a los cuatro cardenales que firmaron los Dubia, preocupados por la confusión que se había creado en la Iglesia a causa de las distintas y, a veces, opuestas interpretaciones de Amoris Laetitia.

No se debaten los argumentos, se lanza la infame acusación (para unos católicos) de estar «contra el papa». Punto. Convertidos en parias, pierden cualquier derecho a exponer sus argumentaciones.

Se inventan inverosímiles complots para detener al papa (la excusa habitual de la contrarrevolución), se hacen circular voces indignantes sobre este o ese «enemigo» de Francisco, mientras que la pandilla que le rodea y que se ha ganado la confianza del papa mangonea en el centro y en la periferia mientras aprovecha también para arreglar asuntos personales.

Desde esta perspectiva es interesante todo el caso que ha obligado al obispo de Carpi, monseñor Francesco Cavina, a presentar su dimisión.

El problema no está relacionado sólo con Amoris Laetitia; en cierto modo, lo que está sucediendo con la encíclica Laudato Si’ es aún peor. En este caso, una hipótesis científica, muy discutida y discutible, ha sido elevada al rango de dogma y ojo a quién la cuestione. Obviamente, quien cuestiona respecto a la teoría según la cual la actividad del hombre es la causa principal de un supuesto e imparable calentamiento global que tiene, supuestamente también, consecuencias catastróficas, se convierte en enemigo del papa, un contrarrevolucionario.

Incluso se ha afirmado que quien critica a Greta (la jovencita sueca que se ha convertido en el símbolo de la lucha contra el cambio climático) lo que quiere, en realidad, es atacar a Francisco. Si no fuera algo serio, darían ganas de reírse.

El síndrome de los supuestos enemigos del papa ha afectado también al propio pontífice que, precisamente por este motivo, ha incurrido en el clamoroso incidente de los obispos chilenos y ahora está repitiendo el mismo error con otros «amigos» suyos, como el cardenal Maradiaga y el obispo argentino Zanchetta. Lo ha dicho en varias entrevistas, el papa Francisco está convencido de que las acusaciones contra sus amigos tiene, como objetivo real, atacarle a él. Así evita considerar la legitimidad de las acusaciones, con las inevitables y amargas sorpresas.

Reducir cualquier debate a un alinearse a favor o en contra del papa es claramente muy útil para la consolidación de la Revolución, favorecida, como cualquier revolución, por la desidia de muchos que, aun siendo conscientes de lo que está sucediendo, prefieren asentir y girar la cabeza a otro lado en lugar de ofrecerse como candidatos al patíbulo.

«¿Es posible que a nadie ya le interese la Verdad?», se preguntaba desconsolado el cardenal Carlo Caffarra en los últimos años de su vida, pensando sobre todo en sus hermanos obispos y cardenales. He aquí el quid de la cuestión: el verdadero conflicto de la Iglesia, hoy, no es quien está a favor o contra el papa.

Para nosotros católicos no existe el estar contra el papa, no importa quién sea este; el punto verdadero y diferenciador es el «permanecer en la Verdad», es decir, la fidelidad a lo que Cristo nos ha revelado y la Iglesia nos ha transmitido hasta hoy, un problema que nos atañe a todos, incluido el papa.

El conflicto está entre quien desea, incluso con todos sus límites y errores, permanecer en esta Verdad, que no se puede modificar según plazca a los hombres, y quien en cambio está interesado en establecer una nueva Iglesia hecha por las manos del hombre.

No es una casualidad que los «revolucionarios» utilicen también para la Iglesia categorías que son todas ellas políticas, todas ellas terrenales: el Papa es considerado un jefe de Estado o, mejor, jefe del partido único en el poder y, por lo tanto, con derecho a decir lo que quiere y cómo lo quiere.

Este enfoque no es en absoluto católico y por su naturaleza en la Iglesia no puede haber cambios o revoluciones, sino sólo evoluciones en la continuidad. Sólo habría que comparar lo que sucede con este criterio para comprender la gravedad de lo que está sucediendo en los vértices de la Iglesia y desenmascarar a los falsos amigos del papa.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *