El plan es que no hay plan

Fuente: Jorge Gonzalez / Infocatólica

 

No lo digo yo, lo dice nada más y nada menos que Antonio Spadaro, sj., director de La Civiltà Cattolica, que se ha considerado siempre como la voz oficiosa de la Santa Sede: “Francisco no tiene un plan de Gobierno, sigue al Espíritu”. Sigue diciendo Spadaro: “Si Francisco tuviera una idea de reforma, no la implementaría directamente, sino que oraría sobre ello, y esperaría la confirmación del Espíritu». Uno se pierde.

Llevamos años aguantando críticas a la definición dogmática de la infalibilidad papal, según las cuales aquí todos son infalibles menos el papa, especialmente si el papa se llama Juan Pablo II o Benedicto XVI. Infalibles los Küng, Castillo, Arregui, Aradillas o sor Lucía Caram. Anatema sit quien ose llevar la contraria a tan grandes iluminados. Otra cosa es lo que diga el papa, que evidentemente no solo no es infalible, sino que por su condición de pastor supremo es esencialmente falible. Mejor, era. Hemos cambiado de papa hace ahora siete años, y con el cambio de papa, cambio radical de la teología más progre.

Las cosas de Francisco no tienen una lógica del todo sostenible. Todos hemos escuchado o leído cosas contradictorias. La gran sensación de una buena parte de la Iglesia católica es que estamos instalados en un relativismo que no augura nada bueno. Se tiene la sensación de que no se sabe hacia donde vamos, ni qué queremos ni a qué obedecen las ocurrencias del papa Francisco.

En una extraordinaria acrobacia de peloteo, sin perder para nada la vergüenza, Spadaro nos lanza la explicación de por qué estas cosas. No es que el papa carezca de plan pastoral o algún plan para la buena marcha de la Iglesia. No. Es que tiene teléfono directo con el Espíritu Santo, y el Espíritu, como sopla donde quiere y como quiere, hoy pide una cosa, mañana otra y pasado una tercera. No pasa nada. Si el Espíritu lo pide en oración, nada que objetar.

Evidentemente, si esto es así, tenemos que sacar algunas conclusiones:

La primera, que no merece la pena gastar tiempo ni dinero en el grupo de los G-8 o los cardenales que queden, en montar sínodos, pedir opiniones, lanzar encuestas o crear grupos de estudio y trabajo por inútiles. Mucho mejor hablar directamente con el Espíritu y que diga lo que tenga que decir. Es verdad que el Espíritu puede sugerir que se hagan las cosas según marcan las leyes y normas, en cuyo caso ya se sabe, no hace falta que nos lo repitan ni aunque sea el Espíritu Santo con sus plumas y todo.

La segunda, que esto del espíritu es grande y extraordinaria ocurrencia que sirve para todo y justifica todo. A ver, santo padre, ¿y esto por qué? Me lo ha sugerido el Espíritu esta mañana en oración. Usted perdone.

Tercera. Que digo yo que si esto del Espíritu vale para todos. Porque, digo yo, un suponer, imaginen que escribo un post que molesta y cabrea. Podría ser que me lo hubiera pedido esa mañana el Espíritu en oración. Porque no me dirán que van a condicionar la espontaneidad de la tercera persona de la Santísima Trinidad.

Seamos serios. Las ocurrencias del santo padre no hay quien las entienda ni forma fácil de justificarlas. La única posibilidad, lo del teléfono dorado con politono arcangélico y fondo de Veni creator a través del cual es el Espíritu Santo el que dicta decretos, homilías, opiniones y criterios. Por cierto, el Espíritu Santo, lo que mejor lleva es lo de lograr una Iglesia pobre. Un poco más, y será ya, para gloria de Dios, Iglesia miserable y en bancarrota. El Vaticano y muchas diócesis. Ya estamos más cerca conseguir una Iglesia pobre. Fruto de las indicaciones del mismo Espíritu.

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