El Papa descarta como “tontería” proclamar a María corredentora

La Virgen María no es “corredentora” y no hay que “perder el tiempo” con nuevos dogmas, ha dicho en la misa dedicada a la Virgen de Guadalupe el Santo Padre, que ha calificado de “tontería” la idea de este nuevo dogma.

La idea de proclamar dogma el carácter ‘corredentor’ de María -es decir, que participa de la potencia redentora de Su Hijo- es recurrente desde que el Papa Pío XI la mencionara a principios del siglo pasado. San José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, se mostró entusiasta del concepto, sobre el que escribió:

“Con razón los Romanos Pontífices han llamado a María Corredentora: de tal modo, juntamente con su Hijo paciente y muriente, padeció y casi murió; y de tal modo, por la salvación de los hombres, abdicó de los derechos maternos sobre su Hijo, y le inmoló, en cuanto de Ella dependía, para aplacar la justicia de Dios, que puede con razón decirse que Ella redimió al género humano juntamente con Cristo”.

Pero eso, según el Santo Padre, son “tonterías”; al menos, la sugerencia misma de proclamar nuevos dogmas marianos. “Nunca quiso para sí lo que era de Su Hijo”, predicó Su Santidad. “Nunca se presentó como corredentora. No. Discípula”. E insistió: “Nunca robó para sí nada que fuera de Su Hijo”, prefiriendo “servirle. Porque es madre. Da vida”.

Y concluye: “Cuando nos vienen con la historia de declararla esto o hacer ese dogma, no nos perdamos en tonterías (“tonteras”, en el argentinismo original).

La ‘tontería, sin embargo, ha gozado del favor de numerosos Papas, teólogos y santos. Antes incluso que Pío XI, Benedicto XV, en su homilía de 1920 en ocasión de la canonización de San Gabriel de la Virgen Dolorosa y Santa Margarita María Alacoque, declaró:

“Pero los sufrimientos de Jesús no pueden separarse de los dolores de María. Así como el primer Adán tuvo a una mujer como cómplice en su rebelión contra Dios, así el nuevo Adán quiso tener a una mujer que compartiera su obra al re- abrir las puertas del cielo para los hombres. Desde la cruz, Él se dirige a su propia Madre Dolorosa como la “mujer,” y la proclama la nueva Eva, la Madre de todos los hombres, por quienes Él moría para que tuvieran vida”.

Posteriormente, Pío XII se refirió al tema en varias ocasiones. En una alocución dirigida a los peregrinos de Génova el 22 de abril de 1940, dijo: “De hecho, ¿no son Jesús y María los dos amores sublimes del pueblo Cristiano? ¿No son acaso el nuevo Adán y la nueva Eva a quienes el Árbol de la cruz une en el dolor y el amor para redimir el pecado de nuestros primeros padres en el Edén?”.

Y en su encíclica Mystici Corporis, del 29 de junio de 1943, describe a María “como una nueva Eva” y en su constitución apostólica Munificentissimus Deus, del 1 de noviembre de 1950, por la que definió solemnemente el dogma de la Asunción de María al cielo, atrae nuestra atención la antigüedad de este tema:

“Debemos recordar de manera especial que desde el siglo segundo, los santos padres designaban a la Virgen María como la nueva Eva quien, aunque sujeta al nuevo Adán, está íntimamente asociada con Él en esa lucha contra el enemigo infernal y que, como se predijo en el proto-evangelio, tendrá como resultado final la victoria total sobre el pecado y la muerte, que siempre van mencionados a la par en los escritos del Apóstol de los Gentiles”.

La Virgen, dice Pío XII, está “íntimamente asociada con Él en esa lucha contra el enemigo infernal y que… tendrá como resultado final la victoria total sobre el pecado y la muerte”. Jesús es el único Redentor, pero María, subordinada, aparece “íntimamente asociada con Él” en la obra de la redención.

Entre los Papas conciliares, San Pablo VI sugiere otro tanto en su Professio Fidei o “Credo del Pueblo de Dios”, en 1968: “Unida por un vínculo indisoluble al misterio de la encarnación y redención, la Santísima Virgen María, la Inmaculada, cumplido el curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, en donde participa ya en la gloria de la resurrección de su Hijo, anticipando la resurrección de todos los justos; y Nosotros creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo, cooperando para que las almas redimidas nazcan y crezcan en la vida divina”.

Les ofrecemos la homilía del Santo Padre, publicada por la Oficina de Prensa de la Santa Sede:

La celebración de hoy, los textos bíblicos que hemos escuchado, y la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe que nos recuerda el Nican mopohua, me sugieren tres adjetivos para ella: señora-mujer, madre y mestiza.

María es mujer. Es mujer, es señora, como dice el Nican mopohua. Mujer con el señorío de mujer. Se presenta como mujer, y se presenta con un mensaje de otro, es decir, es mujer, señora y discípula. A San Ignacio le gustaba llamarla Nuestra Señora. Y así es de sencillo, no pretende otra cosa: es mujer, discípula.

La piedad cristiana a lo largo de los tiempos siempre buscó alabarla con nuevos títulos: eran títulos filiales, títulos del amor del pueblo de Dios, pero que no tocaban en nada ese ser mujer-discípula.

San Bernardo nos decía que cuando hablamos de María nunca es suficiente la alabanza, los títulos de alabanza, pero no tocaban para nada ese humilde discipulado de ella. Discípula.

Fiel a su Maestro, que es su Hijo, el único Redentor, jamás quiso para sí tomar algo de su Hijo. Jamás se presentó como co-redentora. No, discípula.

Y algún Santo Padre dice por ahí que es más digno el discipulado que la maternidad. Cuestiones de teólogos, pero discípula. Nunca robó para sí nada de su Hijo, lo sirvió porque es madre, da la vida en la plenitud de los tiempos, como escuchamos a ese Hijo nacido de mujer.

María es Madre nuestra, es Madre de nuestros pueblos, es Madre de todos nosotros, es Madre de la Iglesia, pero es figura de la Iglesia también. Y es madre de nuestro corazón, de nuestra alma. Algún Santo Padre dice que lo que se dice de María se puede decir, a su manera, de la Iglesia, y a su manera, del alma nuestra. Porque la Iglesia es femenina y nuestra alma tiene esa capacidad de recibir de Dios la gracia, y en cierto sentido los Padres la veían como femenina. No podemos pensar la Iglesia sin este principio mariano que se extiende.

Cuando buscamos el papel de la mujer en la Iglesia, podemos ir por la vía de la funcionalidad, porque la mujer tiene funciones que cumplir en la Iglesia. Pero eso nos deja a mitad de camino.

La mujer en la Iglesia va más allá, con ese principio mariano, que “maternaliza” a la Iglesia, y la transforma en la Santa Madre Iglesia.

María mujer, María madre, sin otro título esencial. Los otros títulos —pensemos en las letanías lauretanas— son títulos de hijos enamorados que le cantan a la Madre, pero no tocan la esencialidad del ser de María: mujer y madre.

Y tercer adjetivo que yo le diría mirándola, se nos quiso mestiza, se mestizó. Pero no sólo con el Juan Dieguito, con el pueblo. Se mestizó para ser Madre de todos, se mestizó con la humanidad. ¿Por qué? Porque ella mestizó a Dios. Y ese es el gran misterio: María Madre mestiza a Dios, verdadero Dios y verdadero hombre, en su Hijo.

Cuando nos vengan con historias de que había que declararla esto, o hacer este otro dogma o esto, no nos perdamos en tonteras: María es mujer, es Nuestra Señora, María es Madre de su Hijo y de la Santa Madre Iglesia jerárquica y María es mestiza, mujer de nuestros pueblos, pero que mestizó a Dios.

Que nos hable como le habló a Juan Diego desde estos tres títulos: con ternura, con calidez femenina y con la cercanía del mestizaje. Que así sea.

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