El nuevo arzobispo de Hong Kong, un cariñoso guiño a Pekín

Fuente: Carlos Esteban / InfoVaticana

11 febrero, 2020
De monseñor Joseph Ha Chi-shing se pensaba como el heredero ‘natural’ del difunto arzobispo de Hong Kong, Michael Yeung Ming-cheung como único obispo auxiliar. Pero Ha está demasiado cerca del cardenal Zen y demasiado lejos de Pekín, así que Roma ha elegido para la delicada sede un hombre obsequioso con el régimen comunista, Peter Choy Wai-man, vicario de la archidiócesis.

Aún no está anunciado oficialmente pero, como tantas cosas en Roma, ya se sabe: el próximo arzobispo de Hong Kong será Peter Choy Wai-man, un hombre cercano a la Iglesia Patriótica -cismática hasta este pontificado- y, por tanto, al régimen comunista de Pekín. Un nuevo gesto de simpatía -o cesión, según a quién se consulte- de la Santa Sede con la administración china, siguiendo unos acuerdos secretos de los que sabemos más o menos en qué cede Roma, pero no qué aporta Pekín, que mantiene su acoso, persecución y control de los católicos como si no hubiese mañana.

Hong Kong es especial, mucho. Ex colonia británica, último territorio en incorporarse (por ahora) a la República Popular en unas condiciones particulares -un país, dos sistemas-, en el último año ha protagonizado una protesta callejera multitudinaria contra el régimen comunista en la que los católicos han tenido un protagonismo desproporcionado a su peso demográfico en la isla.

Más: el más fiero, insistente y claro de quienes dentro de la jerarquía denuncian el pacto leonino entre Roma y Pekín -no: dejémoslo en el único-, el cardenal Joseph Zen, es, precisamente, arzobispo emérito de Hong Kong.

Zen ha sido transparente en su encendida denuncia, alegando que sin duda Roma debe de desconocer cómo son los jerarcas chinos si piensan que pueden pactar con ellos algo que favorezca al catolicismo en China, y culpa fundamentalmente al secretario de Estado, Pietro Parolin, de mantener engañado al Papa en este extremo. Zen señala que los pactos pueden suponer -están suponiendo- una traición a la Iglesia clandestina china, la que se ha mantenido fiel a Roma pese a medio siglo de persecución feroz, con abundantes mártires.

Mao, para combatir a la Iglesia, pergeñó una versión ‘nacional’, la Iglesia Patriótica, dependiente del Partido Comunista, que Roma declaró inmediatamente cismática. Y la primera e inmediata consecuencia de los pactos secretos firmados por el Vaticano -muñidos por el pedófilo ex cardenal Theodore McCarrick- fue no solo reconocer la validez de las órdenes de esa iglesia bajo control de un gobierno oficialmente ateo, sino incluso forzar la renuncia de obispos fieles para que sus sedes fueran ocupadas por los hasta ayer obispos cismáticos.

Por su parte, toda la iglesia china es ya iglesia patriótica, en el sentido de que Pekín acaba de aprobar decretos que obligan a todas las parroquias y comunidades religiosas a pedir permiso al gobierno para cualquier celebración excepcional, y a predicar los valores del socialismo chino. Por lo demás y desde la firma de los acuerdos, Pekín no solo no ha aliviado la presión sobre los católicos fieles, sino que la ha redoblado, con abundantes detenciones y demolición de templos.

¿Qué espera Roma ganar con esto? ¿Qué Francisco sea el primer Papa que pise China? ¿Vale la pena?

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