El lugar que le corresponde a Dios ante la pandemia

Fuente: Roberto de Mattei / Adelante la Fe / Traducción Bruno de la Inmaculada

En pocos meses el coronavirus ha contagiado a más de cinco millones de personas, causando más de 300 000 muertos en 196 países y territorios. Esta pandemia inesperada y descontrolada no sólo ha provocado muertes, sino que ha acarreado trastornos sociales y generado diversas formas de pánico en la sociedad. Más todavía que el miedo a la enfermedad se ha extendido el miedo al futuro, generando frustración y rabia hacia unos acontecimientos que han alterado todas las costumbres. Así, si para algunos la época del coronavirus ha supuesto un tiempo de oración y recogimiento, para muchos otros lo ha sido de pesar e inquietud. En todo caso, la que podríamos llamar época del coronavirus no ha terminado, y hay que procurar vivirla con mucha serenidad de ánimo.

El punto de partida es que Dios es el autor de todo excepto el pecado, y lo hace todo con una sabiduría perfecta. La sabiduría humana consiste a su vez en conformarse a la voluntad de Dios, que se manifiesta en todos los lugares del espacio y todos los momentos del tiempo.

«Debemos conformarnos a la voluntad de Dios –dice un gran autor espiritual, el padre Jean-Baptiste Saint Jure– en todas las calamidades públicas, como la guerra, la escasez y la peste; reverenciar y adorar sus juicios con profunda humildad y, por rigurosos que nos parezcan, creer con firme certeza que este Dios de absoluta bondad no nos mandaría semejantes azotes si de ellos no se derivasen grandes bienes» (La Divine Providence, Editions Saint-Paul, Versalles 1998, p. 64 ).

Todos los cabellos de nuestra cabeza están contados (Mt.10, 30), y ni uno solo caerá si no es la voluntad de Dios (Lc. 21,18). No nos podrá sobrevenir mal alguno que no sea querido o permitido por Él. También en tiempos de calamidad pública y agitación social Dios nos protege y asiste, y debemos implorar su protección con imperturbable tranquilidad de ánimo.

«¡Total imperturbabilidad! Ése es el verdadero estado de ánimo del cristiano», dice el P. Francesco Pollien (Cristianesimo vissuto, Edizioni Fiducia, Roma 2017, p. 121). Nada turba, nada altera, nada interrumpe la paz cristiana, sea en la alegría o el dolor, en el éxito o en la adversidad. Para el cristiano, una sola cosa tiene valor: la voluntad de Dios. El hombre inquieto es el que ha perdido la serenidad de ánimo, y por eso no tiene paz.

Hemos sido testigos de ello en estos días de coronavirus. El hombre inquieto es el que ve en la epidemia un enemigo invisible y enigmático que pone en peligro su futuro. El hombre inquieto percibe un peligro que lo amenaza, un peligro imprevisto del que no sabe defenderse y que dará lugar a nuevas desgracias, como si Dios no fuera capaz de encaminar todo mal al bien. El hombre inquieto ve en la calamidad pública la conspiración de los hombres pero no ve la mano de Dios, y el Demonio impulsa al hombre a la agitación para sustraerlo a la acción divina y convertirlo en presa de las iniciativas humanas.

Todos polemizan sobre cuál será la mejor opción, si morir de coronavirus o de hambre. Quienes quieren evitar la muerte por coronavirus defienden las drásticas medidas del Gobierno para tutelar la salud de los ciudadanos; quienes temen morir de hambre por el hundimiento económico de la sociedad quieren eliminar esas medidas restrictivas para relanzar la economía.

El dilema está entre una cuarentena que salvaguarda la salud perjudicando la economía y una liberalización de movimientos que beneficia la economía pero pone en riesgo la salud. Pero el remedio no está en buscar una solución intermedia entre ambas posturas sino en cambiar totalmente la disyuntiva. Deberíamos preguntarnos si preferimos morir poniendo a Dios en cuarentena o vivir restituyéndolo al lugar que le corresponde en la sociedad.

Poner a Dios en cuarentena significa cerrar las iglesias, suprimir las misas y eliminar todo respeto y reverencia al Santísimo Sacramento manipulando la Eucaristía con guantes y obligando a los fieles a recibirla en la mano. Restituir a Dios al lugar que le corresponde en la sociedad significa tributarle el culto que le es debido, restableciendo la comunión en la boca y de rodillas, y dar plena libertad para celebrar ceremonias religiosas.

Pero ante todo significa no olvidar que Dios tiene prioridad absoluta. Tiene preferencia sobre nuestra vida física y debe ocupar el primer puesto en las ideas, las leyes y las costumbres. De lo contrario, el mundo se sume en el desorden. Dilemas trágicos como tener que optar entre morir de una epidemia o de hambre son la consecuencia de negarse a darle a Dios el lugar que le corresponde en la vida de las personas y de la sociedad.

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