“El cristianismo es el corazón de Europa: ¡no olvidemos la lección de Juan Pablo II!”

Fuente: InfoVaticana / Mateusz Morawiecki / Le Figaro / Traducción Verbum Caro

El primer ministro polaco, Mateusz Morawiecki, rinde homenaje a un hombre que le marcó profundamente y nos recuerda su mensaje de esperanza en este tiempo problemático.

En este año 2020, año especial para Polonia, celebramos numerosos aniversarios sumamente vinculados entre ellos como, por ejemplo, el centenario del nacimiento de Juan Pablo II y el de la batalla de Varsovia, que salvó a Polonia y a Europa de la invasión del ejército bolchevique. Fue esta victoria la que le dio al joven Wojtyła la posibilidad de crecer en una Polonia libre. Este joven de familia modesta de Wadowice, en la Pequeña Polonia, se convirtió en papa y contribuyó a derrotar al imperio del mal. Es, sin duda alguna, una de las figuras históricas más extraordinarias del siglo XX.

¿Quién era Juan Pablo II para mí? Era mi maestro y guía y, como san Pedro, la piedra sobre la que construimos nuestra fe en una Polonia libre y solidaria. Su enseñanza siempre estaba presente en mi familia. Tuve la suerte de tener unos padres que vivían profundamente la misericordia de la que tanto hablaba Juan Pablo II.

No me olvido del entusiasmo con el que mi padre esperaba la peregrinación del papa a Polonia, ni del valor con el que esgrimía su banderola «Wiara i Niepodległość» («Fe e independencia»), demostrando así su determinación en luchar por Dios en una época de miedo y falta de fe.

El comunismo ateo nunca comprendió la verdadera fuerza de la enseñanza de Juan Pablo II, en el centro de la cual estaba la dignidad humana. A las tinieblas de un régimen que se autodenominaba popular, el papa oponía la riqueza intelectual y espiritual de un personalismo católico, del que surgió Solidarność. En un cierto sentido, la revolución de Solidarność fue la del personalismo cristiano y la dignidad humana.

Juan Pablo II no sólo cambió el curso de la historia, sino que permitió entenderla de nuevo. Desde siempre he amado mucho la Historia, y tengo que reconocer que su obra Memoria e identidad dejó una honda huella en mí, un sentimiento raro en mi experiencia de lector. Es un testimonio único, que nos hace tomar conciencia de que el cristianismo es el verdadero corazón de Europa.

Y por mucho que a menudo oigamos decir que fueron los historiadores quienes crearon las naciones, Memoria e identidad demuestra que el Arqué europeo reside en el vínculo entre estas dos ideas. Este gran legado de la memoria, lo que el papa describe con la ayuda de la metáfora de los «dos pulmones», ha invalidado -pulverizando el telón de acero-, la falsa división del continente.

Es nuestro deber hacer que este legado perdure y que sigamos cultivando la memoria de nuestras pequeñas patrias y grandes héroes, sin olvidar, es evidente, los momentos más trágicos de nuestras respectivas historias nacionales. Porque si ocultamos la memoria, nos perderemos en este mundo, perderemos lo que nos da nuestra identidad.

Debemos creer, como hacía Juan Pablo II, en la belleza de Europa. Siguiendo los pasos de san Francisco de Asís, el papa polaco admiraba la naturaleza y, siguiendo los pasos de sus guías espirituales e intelectuales -santo Tomás de Aquino, san Juan de la Cruz, Max Scheler-, nunca dejó de abrirse a su cultura. Y, sin embargo, vivió en una época en la que todos teníamos el derecho de dudar de Europa. Siendo joven, sobrevivió a la ocupación alemana para, a continuación, siendo ya representante de la Iglesia polaca, ser oprimido por el poder comunista. Conoció como ningún otro la amarga realidad de los dos totalitarismos que fueron tan destructivos para nuestro amado continente. Y el precio que pagó el otro pulmón europeo, el del Este, fue especialmente doloroso.

Sólo en Polonia, uno de los países que más sufrió a causa de los totalitarismos del siglo XX, las atrocidades de la guerra causaron millones de víctimas inocentes. Y sin embargo, la renovación espiritual para el mundo llegó de este «país lejano». Enfrentados ahora a la pandemia del coronavirus, Europa y el mundo necesitan volver a la enseñanza de Juan Pablo II sobre la solidaridad y la misericordia. Los más débiles, los más ancianos y los más expuestos necesitan más que nunca nuestra ayuda. Es nuestro deber. Durante este periodo difícil contemplamos con admiración la dedicación y la abnegación del personal sanitario que, en primera línea, lucha contra la pandemia. Más que un ejemplo de profesionalidad, son un gran testimonio moral.

Una gran parte del pontificado de Juan Pablo II se desarrolló en periodo de crisis, pero su enseñanza estaba lejos de ser un optimismo naíf que hacía caso omiso de la realidad. Predicaba una sabia esperanza: la fe en otro orden de cosas, mejor que el orden en el que vivimos. Hoy en día, cuando la crisis epidemiológica se transforma en la peor recesión económica desde hace cien años, necesitamos más que nunca esa esperanza.

Y es en la persona de Juan Pablo II, el papa de todas nuestras esperanzas realizadas, donde podemos encontrarla. Sus frases eclécticas, consuelo de los polacos que, en 1979, acudieron numerosos a la misa celebrada en la plaza de la Victoria de Varsovia, resuenan aún en nuestros oídos: «Y grito, yo, hijo de tierra polaca, y al mismo tiempo yo: Juan Pablo II Papa, grito desde lo más profundo de este milenio, grito en la vigilia de Pentecostés: ¡Descienda tu Espíritu! ¡Descienda tu Espíritu! ¡Y renueve la faz de la tierra! ¡De esta tierra!» (Homilía, sábado 2 de junio de 1979).

El eco de sus invocaciones llegó a Gdańsk, ciudad en la que surgió Solidarność. El eco de sus invocaciones llegó a Berlín, haciendo caer el Muro y, con él, el telón de acero. Así fue como las palabras y las acciones de Juan Pablo II cambiaron el rostro de Europa. Que este legado pueda, también hoy, cambiar el rostro de cada ciudad y cada pueblo europeo que se enfrenta a la pandemia, y que pueda llevar la esperanza, la solidaridad y la sanación a cada rincón de nuestro continente.

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