El cambio provida y otras anécdotas de George Bush

Religión en libertad

 

Los cuatro años de presidencia de George H.W. Bush (enero de 1989 a enero de 1993) culminaron una trayectoria política de primer nivel: fue miembro de la Cámara de Representantes, embajador de su país ante Naciones Unidas, presidente del Partido Republicano, jefe de misión con China, director de la CIA, ocho años vicepresidente…

 

Su estancia en la Casa Blanca será recordada sobre todo por la caída del Muro de Berlín y el final de la Unión Soviética y la Guerra Fría y por la Guerra del Golfo tras la invasión de Kuwait por Irak, y por una reelección frustrada por el 18,9% de votos obtenidos por el independiente Ross Perot, lo que permitió a Bill Clinton ser presidente en su primer mandato con uno de los porcentajes de voto más bajos 43% en la historia de las elecciones presidenciales.

 

Su muerte ha dejado dos escenas para el recuerdo: el llanto George W. Bush al final de su oración fúnebre, recordándole como “el mejor padre que un hijo o hija podría tener”, y los esfuerzos del casi centenario ex senador Robert Dole, candidato a vicepresidente en 1976 y a presidente en 1996, por ponerse de pie para saludar militarmente su féretro.

 

De las historias sobre Bush padre que han salido a relucir en estos días, tres ilustran bien su forma de entender la religión y la moral.

 

 

Cómo dejó de apoyar el aborto:

En las primarias republicanas de 1980, Ronald Reagan se presentó con planteamientos provida, y George W.H Bush como un candidato pro-choice, esto es, pro aborto. El ex gobernador de California ganó con claridad y eligió a su rival para compartir fórmula como vicepresidente. Esto creó una gran insatisfacción entre los grupos provida, en un tema que era muy sensible, con el debate por la sentencia Roe vs Wade de 1973 que declaró constitucional el aborto todavía muy cercano.

 

Jack Willke era entonces presidente del Comité Nacional por el Derecho a la Vida. Sin pensárselo dos veces, se acercó al hotel que servía como cuartel general republicano y pidió a William Casey, jefe de campaña y futuro director de la CIA, una entrevista con Bush.

 

La consiguió, y Willke le explicó con franqueza que para la elección de Reagan era una complicación su postura proabortista, brindándose a informarle a fondo sobre el aborto: le pidió cuatro horas. Al principio Bush reaccionó negativamente, pero Jack insistió: “Representamos a muchos estadounidenses provida. Si les podemos decir que usted consideró este tema tan importante que le dedicó una cantidad sustancial de tiempo para informarse, eso les causará una impresión favorable”.

 

“Ese argumento es bueno. Hagámoslo”, accedió Bush.

 

Semanas después, Willke se sentó ante un proyector en un sofá de la casa de Bush en Kennebunkport (Maine), y le mostró imágenes sobre la vida intrauterina, sobre la realidad del aborto y sobre su efecto sobre las madres. Luego discutieron razones a favor y en contra del aborto.

 

Al finalizar el encuentro, Willke le preguntó dónde estaba sobre el aborto. Bush sonrió: “No estaba donde estoy ahora. Apoyaré una enmienda a la Constitución para prohibir el aborto y revertir Roe vs Wade en forma de enmienda sobre los derechos de los estados”.

 

En una entrevista de Brad Mattes, a partir del minuto 16:20, Willkes cuenta la historia de su encuentro con Bush para convencerle, con éxito, de que cambiase su posición pro aborto por una postura provida.

 

Según explica Brad Mattes en LifeNews, cumplió sus compromisos provida, ordenando al fiscal general un cambio de posición en diversas materias relativas a Roe vs Wade, manteniendo la prohibición de financiar abortos fuera del país, vetando algunas resoluciones proabortistas del Congreso impulsadas por los demócratas y proclamando en 1991 que su administración impulsaría “alternativas compasivas al aborto”.

 

A George Bush padre se le escaparon unas lágrimas tras una reunión con Juan Pablo II, al pensar que el Papa estaba rezando por su hijo para que Dios le iluminase en sus decisiones poco después del 11-S.

 

Lo cuenta el sacerdote Raymond J. De Souza en National Catholic Register. Fue el 4 de octubre de 2001, fecha en la 39 seminaristas del Colegio Norteamericano de Roma, él entre ellos, fueron ordenados diáconos en la basílica de San Pedro por el cardenal Pio Laghi, quien había sido representante de la Santa Sede en Washington en los años 80, años en los que trabó amistad con Bush. Jugaban juntos al tenis por la cercanía entre el Observatorio Naval (residencia del vicepresidente) y la nunciatura.

 

A poco de comenzar el ataque contra los talibanes, el presidente Bush comisionó a su padre para que se entrevistase con el Papa. Era una gestión que tenía mucho que ver con la seguridad del Vaticano, que estaba en peligro como objetivo islamista, riesgo que se incrementaría en cuanto comenzasen las hostilidades. En aquellos tiempos fueron frecuentes los contactos en ese sentido entre el general Colin Powell, secretario de Estado, y las autoridades de la Santa Sede.

 

El 4 de octubre era la festividad de San Francisco, y De Souza recuerda haber leído a Bush hijo que una frase que solía repetir Bush padre era del Poverello de Asís: “Predica siempre el Evangelio; si es preciso, con palabras”.

 

El ex presidente quiso ver al cardenal Laghi, y acudió a la basílica de San Pedro tras las ordenaciones. Saludó a sus 39 compatriotas neodiáconos, en particular a los de Texas (su estado de adopción) y Florida, donde era gobernador su hijo Jeb: “¡Tenéis ahí un buen gobernador católico!”, bromeó. Jeb Bush se había convertido al catolicismo al casarse con una católica, aunque el resto de los Bush son episcopalianos.

 

Fue entonces cuando vino un momento muy emotivo, según recuerda De Souza: “No nos dijo por qué había venido a ver a Juan Pablo II, pero sí que había estado en audiencia con él aquella mañana. Entonces sus ojos se llenaron de lágrimas. ‘El Papa me dijo que él y los cardenales están rezando por el presidente”, dijo, con un nudo en la garganta. ‘El Papa está rezando por mi hijo… El Papa está rezando por mi hijo…’, repitió suavemente. Estaba abrumado”.

 

En sus últimos días, Bush ya no se levantaba de la cama, apenas comía y pasaba casi todo el día durmiendo. El viernes pasado por la mañana acudió a su casa de Houston a visitarle James Baker, su amigo personal y secretario de Estado durante casi todo su periodo presidencial.

 

Al saber de su presencia, reacciono y abrió los ojos, cuenta el corresponsal de The New York Times en la Casa Blanca.

 

-¿A dónde nos vamos, Bake? -preguntó Bush.

 

-Nos vamos al cielo -respondió Baker.

 

-Ahí es donde yo quiero ir. Dijo Bush y murió trece horas después.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *