Dudan de que las pachamamas recobradas sean las mismas que se tiraron al Tíber

Según un artículo aparecido en el portal católico en alemán kath.net, diversas fuentes romanas que han visto las famosas tallas indígenas expuestas en Santa María en Transpontina, arrojadas luego al Tíber por el austriaco Alexander Tschugguel, niegan que se trate de las mismas que presuntamente se habrían recuperado.

“Les informo que las estatuas, que crearon tanto clamor mediático, fueron encontradas en el Tíber. Las estatuas no están dañadas”, anunció triunfal, luego de disculparse “como obispo de Roma” por su sustracción y lanzamiento fluvial, el Papa Francisco el pasado 25 de octubre, pocos días después de que el entonces anónimo Alexander Tschugguel publicara en redes sociales un vídeo en el que aparecía apoderándose de las cinco tallas y tirándolas al río. Pero, ¿se trata realmente de las mismas?

Según testigos citados por el portal católico en alemán kath.net, la respuesta sería claramente “no”. A pesar del anuncio vaticano y de las propias palabras del Papa, quienes han visto de cerca las figuras expuestas en la iglesia romana de Santa María en Transpontina y las han comparado con las presentadas por los Carabinieri están seguros de que no son las mismas.

Además, otros observadores recuerdan que la corriente del Tíber era bastante fuerte ese día, por lo que en pocas horas estarían ya a muchos kilómetros de Roma y la búsqueda hubiera sido del todo inútil. Pero, entonces, ¿de dónde salen las tallas que presentó la policía? ¿Y por qué el Vaticano las presentó como repescadas del Tíber, implicando en todo esto al propio Pontífice?

Este misterio es, por ahora al menos, el último capítulo de estas figuritas que se han convertido en las mudas protagonistas del Sínodo de la Amazonía.

Lo fueron primeramente justo antes, en la extraña ceremonia en los jardines vaticanos durante la festividad de San Francisco de Asís en el que un círculo de personas, indígenas y algún fraile, se postraron con la frente en tierra ante unas tallas de madera representando dos mujeres desnudas y embarazadas, con el útero marcado en rojo (también había una tercera, un varón con una evidente erección, de la que no se ha vuelto a saber nada).

Las imágenes escandalizaron a muchos y llevaron a los guardianes de la renovación a asegurar que se trataba de una Visitación, con la Virgen María y Santa Isabel debidamente inculturadas (del Príapo amazónico no supieron dar razón). Comentaristas como Austen Ivereigh, que acaba de sacar un segundo libro sobre Francisco, afirman que era evidentemente Nuestra Señora de la Amazonía, advocación recién inventada por él mismo, y que los demás éramos demasiado rígidos para advertirlo.

Aunque los padres sinodales, preguntados, fueron asaz vagos en cuanto a su identificación -una representación simbólica de la tierra, o de la vida o de la fertilidad-, desmintieron a las claras que se tratara de una imagen de la Virgen. Y las figuras siguieron saliendo en procesión sobre una canoa por Roma en un extraño viacrucis, hasta recalar en Santa María en Transpontina, donde se repitieron los rituales.

Entonces llegó la hazaña de Tschugguel, acerbamente condenada por los curiales y sinodales y aplaudida por miles de fieles anónimos y algunos cardenales y obispos (los sospechosos habituales: Schneider, Müller, Azcona, Brandmüller…) y su posterior reaparición y reentronización en en centro de la mencionada iglesia romana.

Pero, de confirmarse que no se trata de las mismas, ¿por qué se dijo que lo eran? ¿Y por qué tanto interés en ponerlas en una iglesia con el consiguiente escándalo? ¿Qué interés había en complicar e implicar a los Carabinieri para ‘rescatar’ unas figuritas baratas de mercadillo, souvenirs para turistas?

 

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