Discurso del Santo Padre Francisco a la comunidad del Pontificio Seminario Regional Flaminio «Benedicto XV» de Bolonia Sala Clementina Lunes, 9 de diciembre de 2019

Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
queridos seminaristas:

Os doy la bienvenida en el centenario de la fundación del Pontificio Seminario Regional Flaminio, deseado por san Pío X. Os saludo a todos de corazón, agradezco al cardenal Matteo Zuppi sus palabras y saludo con afecto al obispo Luigi Bettazzi, ¡que tiene casi la misma edad que el seminario! Este importante aniversario es una feliz ocasión para reflexionar sobre la belleza de la llamada al sacerdocio ministerial, que nos da el don y el compromiso de representar al Buen Pastor en medio de su pueblo y de vivir como el Buen Pastor en medio de su pueblo.

Para prepararse a esta misión, la Madre Iglesia pide que se haga un serio itinerario formativo, que el ambiente del Seminario puede ofrecer del mejor modo posible. En esta perspectiva, quisiera señalar tres aspectos que identifican este lugar y sobre todo el tiempo de formación y preparación para el sacerdocio, que es el seminario. Es una casa de oración, una casa de estudio, una casa de comunión.

Estáis llamados a ser evangelizadores en vuestra Región, que también está marcada por la descristianización. Aquellos que están más expuestos al viento frío de la incertidumbre o de la indiferencia religiosa necesitan encontrar en la persona del sacerdote esa fe fuerte que es como una antorcha en la noche y como una roca a la que pueden agarrarse. Esta fe se cultiva sobre todo en la relación personal, corazón a corazón, con la persona de Jesucristo. Y el Seminario es ante todo la casa de oración, donde el Señor convoca todavía «a los suyos» en «un lugar apartado» (cf. Lc 9,18), para vivir una fuerte experiencia de encuentro y de escucha. Así quiere prepararlos para que se conviertan en «educadores del pueblo de Dios en la fe», y capacitarles para «proclamar con autoridad la Palabra de Dios», para «reunir al Pueblo» y lo alimenten con los Sacramentos, para «ponerlo en el camino de la salvación» y conservarlo en la unidad (cf. Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, 68).

Es necesario, por tanto, dedicar un esfuerzo adecuado a la formación espiritual. Son los años más propicios para aprender a “estar con Él”, a disfrutar con asombro de la gracia de ser sus discípulos, aprender a escucharle, contemplar su rostro… Aquí es fundamental la experiencia del silencio y de la oración: allí, permaneciendo en su presencia, es donde el discípulo puede conocer al Maestro, como Él lo conoce, diría san Pablo (cf. 1Co 13,12). Pero el encuentro con Jesús en el rostro y la carne de los pobres es también esencial. Esto también es parte integrante de la formación espiritual del seminarista.

El segundo aspecto que identifica al Seminario es el estudio. El estudio es parte de un itinerario destinado a educar una fe viva y una fe consciente, llamada a convertirse en la fe del pastor. En este camino, el estudio es un instrumento privilegiado de conocimiento sapiencial y científico, capaz de asegurar sólidos cimientos a todo el edificio de la formación de los futuros presbíteros. Es también un instrumento de un saber compartido. Me explico. El esfuerzo de estudiar, también en el seminario, es claramente personal, pero no es individual. Compartir las lecciones y el estudio con otros compañeros de seminario es también un modo de entrar a formar parte de un presbiterio. En efecto, sin descuidar las inclinaciones y los talentos personales, al contrario, valorándolos, en el Seminario se estudia juntos para una misión común, y esto da un “sabor” muy especial al aprendizaje de la Sagrada Escritura, de la teología, de la historia, del derecho y de todas las disciplinas. Las diferentes sensibilidades personales se confrontan en el horizonte común de la llamada y de la misión; y esto gracias al servicio de los docentes que, a su vez, enseñan dentro de este mismo horizonte eclesial, libres de toda referencia a sí mismos. Es bonito estudiar así, en este ambiente.

Y pasemos a la tercera dimensión: el seminario como casa de comunión. Este aspecto también es “transversal”, como los otros dos. Parte de una base humana de apertura a los demás, de capacidad de escucha y de diálogo, y está llamada a tomar la forma de comunión sacerdotal en torno al obispo y bajo su guía. La caridad pastoral del sacerdote no puede ser creíble si no va precedida y acompañada de la fraternidad, primero entre los seminaristas y luego entre los sacerdotes. Una fraternidad cada vez más impregnada de la forma apostólica y enriquecida por las características propias de la “diocesanidad”, es decir, por las características peculiares del pueblo de Dios y de los santos, especialmente de los santos sacerdotes, de una Iglesia particular.

En este contexto, el seminario se califica como un camino que educa a los candidatos a evaluar cada una de sus acciones con referencia a Cristo y a considerar la pertenencia al único presbiterio como dimensión previa de la acción pastoral y testimonio de comunión, indispensables para servir eficazmente al misterio de la Iglesia y de su misión en el mundo.

Aquí me gustaría detenerme un momento para resumir las cuatro “cercanías”, las cuatro actitudes de cercanía de los sacerdotes diocesanos. Estar cerca de Dios en la oración, como he dicho, uno comienza desde el seminario. Estar cerca del obispo, siempre cerca del obispo: sin el obispo la Iglesia no va, sin el obispo el sacerdote puede ser un líder pero no será sacerdote. Tercera cercanía: estar cerca del presbiterio, entre vosotros. Esto es algo que me hace sufrir, cuando veo presbiterios fragmentados, donde están unos contra otros, o todos son amables, pero luego chismorrean los unos de los otros. Si no hay un presbiterio unido… Eso no significa que no podamos discutir, no, discutimos, intercambiamos ideas, pero la caridad es la que une. Y la cuarta cercanía: la cercanía al pueblo de Dios. Por favor, no os olvidéis de dónde venís. Pablo decía a Timoteo: “Acuérdate de tu madre y de tu abuela”, es decir, de tus raíces; acuérdate de que te tomaron del rebaño y viniste porque el Señor te eligió. No viniste a hacer la carrera eclesiástica, como se decía una vez, en un estilo literario de otros siglos. Cercanía a Dios, cercanía al obispo, cercanía al presbiterio, entre vosotros, y cercanía al pueblo de Dios. Si falta una de ellas, el sacerdote no funciona y se deslizará lentamente en la perversión del clericalismo o en actitudes de rigidez. Donde hay clericalismo hay corrupción, y donde hay rigidez, bajo la rigidez, hay problemas graves.

Queridos seminaristas, ayer celebramos la fiesta de la Inmaculada Concepción. María resplandece en la Iglesia por su singular vocación vivida en el seguimiento de su Hijo, en humilde y valiente obediencia al plan de amor de Dios. Ella, que estuvo siempre unida a Jesús desde la concepción hasta la muerte en la cruz, os ayude a descubrir cada día el “tesoro”, la “perla preciosa” que es Cristo y su Reino, y a ser anunciadores gozosos de su Evangelio. El seminario es también el tiempo en que se acoge a María como Madre en nuestra propia casa, en nuestra propia vida, como el apóstol Juan. Que ella os acompañe.

Os agradezco vuestra visita. Bendigo vuestro camino, con la intercesión de san Pío X y de los testigos ejemplares que el arzobispo recordó al principio. Rezo por vosotros. Y vosotros también, por favor, rezad por mí. Gracias.

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