De la responsabilidad irrenunciable de restablecer la historia

He difundido por whatsup un par de testimonios martiriales ocurridos durante la Guerra Civil Española que había recogido un determinado periódico español, dos testimonios arrebatadores, terroríficos, que demuestran el grado de barbarie y de odio que hizo posible que los españoles nos enzarzáramos en la terrible espiral en la que nos enzarzamos.

La respuesta general ha sido la esperable, es decir de horripilación. Pero cuando uno hace una difusión que afecta a algún centenar de personas, es normal que las respuestas sean variopintas. Y efectivamente, una de las recibidas era bastante de esperar.

“Luis, historias terribles, públicas o privadas, conocidas o desconocidas, relativas a la Guerra Civil las hay a miles. No caigamos en el juego maléfico de arrojárnoslas a la cara”.

Aceptando la buena intención de la respuesta, -porque me consta que son muchos los que apelan a este tipo de argumentos “buenistas” con intención no por torticera menos evidente ni malintencionada-, me he planteado la cuestión, para finalmente responder.

“Fulanito, eso estaría muy bien si todos hiciéramos lo mismo. Pero cuando unos, incluso valiéndose ventajistamente de leyes inicuas y nada inocuas, se instalan en el maniqueísmo y en la posesión de la verdad, el silencio no puede ser la solución. Si lo que queremos es que la historia se conozca, es necesario conocerla TODA, no sólo una parte escogida que desvirtúe el resto”.

Lo cierto es que en los tiempos duros que vivimos en España, donde el espíritu reconciliador de la Transición se ha visto completamente desbordado y donde algunos quieren sacar ventaja de la historia imponiendo una visión única y distorsionada a base de instrumentos que no son apropiados al caso, sustituyendo libros por leyes, historiadores por legisladores, universidades por parlamentos, nos queda a cuantos hemos dedicado mucho tiempo al estudio de la historia y a su análisis la pesada responsabilidad (no por ello menos irrenunciable) de darla a conocer entera. Hacerlo así, quede bien claro, no atenta contra el espíritu reconciliador que nunca debió abandonarse en España, ni menos aún, alimentar un revanchismo extemporáneo, sino que, bien al contrario, constituye el único medio de restablecer el equilibrio en el que la recuperación de dicho espíritu de conciliación sea posible. Sin verdad no hay justicia; sin justicia no hay paz; sin paz no hay convivencia.

Por la verdad hacia la convivencia.

Que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos.

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