De la pareja que la emprendió a tortazos y el Tribunal Supremo

Luis Antequera

 

 

Sin duda conocen Vds. el caso porque ha tenido inesperada trascendencia: una pareja que discute en una discoteca sobre la hora de volver a casa. La cosa, acompañada seguramente de alguna copita, se les va de las manos, y por este orden, ella le propina a él un puñetazo, él le devuelve un tortazo a mano abierta, y ella cierra el combate con una patada, ignoro el destino aunque me lo puedo imaginar. Con una honrosa victoria por 2 a 1 para ella, se acaba el partido.

 

Semejante hecho trivial llega nada menos que al Tribunal Supremo de España, que, o anda algo aburridillo o el país va muy bien y nadie comete ya delitos. Y éste emite sentencia que, como todas las suyas, crea jurisprudencia: resultado, tres meses de cárcel para ella, seis meses para él. ¿Pero no había empezado ella? ¿Pero no había repartido ella más y mejor? Pues no, seis meses de cárcel para él y “sólo” tres para ella. Claro, lo de ella es una “simple” agresión (a patadas y puñetazos, pero agresión), lo de él en cambio (aunque sólo se trate de un tortazo) es… ¡¡¡violencia machista!!! Haber empezado por ahí, Antequera.

 

La sentencia ha dejado perplejo al personal que empieza a preguntarse si no nos estamos pasando un pelín con esto de la violencia machista y no nos hemos hecho, como vulgarmente se dice, “la picha un lío”.

 

Pero no es en ello, con ser llamativo, en lo que quiero abundar ahora, no, sino en un aspecto aparentemente secundario de la cuestión que es el que, sin embargo, más lacerante me resulta.

 

Parece ser que ninguno de los dos agresores, ni ella ni él, denunció al otro, y que si todo esto ha pasado ya por dos juicios y llega a un tercero (que bastante condena es ya pasar por tres juicios) es porque ambos fueron denunciados por un tercero.

 

Pues bien, ahora la pareja, los dos, por un calentón regado seguramente en buen vino o buena ginebra y por culpa de un señor que pasaba por allí, se hallan con antecedentes penales y todas las consecuencias a las que ello da lugar a efectos profesionales, a efectos sociales; mal mirados por la calle; soslayados por sus amistades, por sus familiares… Y los hijos, (ignoro si los hay pero imagínense Vds. que sí): ¿cómo miran ahora esos hijos a sus padres? En cuanto a ellos, tras pasar por lo que han pasado, ¿siguen juntos, se siguen queriendo como, según parece, alguna vez lo hicieron, siguen atendiendo las mutuas necesidades de su hogar?

 

Cuando yo estudiaba derecho, la barbaridad a superar gracias a cuatro mil años de evolución del derecho -¡cuatro mil!-, desde Hamurabi hasta el Tribunal Internacional de La Haya pasando por el derecho romano, Francisco de Vitoria, la Revolución Francesa, Savigny, Kelsen, era la llamada “ley del talión”: el famoso “ojo por ojo, diente por diente”, un código barbárico según nos decían que, bien mirado, dictaba al menos que la condena nunca fuera ni más cruel ni más penosa que el propio delito. Es verdad que si uno acababa con la vida del vecino, el talión dictaba acabar con la suya, pero no lo era menos que si uno “sólo” le sacaba el ojo, con entregar el suyo pagaba la deuda.

 

Trasládenlo Vds. ahora al caso en cuestión: por una simple pelea de pareja de las que -por favor, no se rasguen Vds. todavía las vestiduras- han pasado tantísimos hombres y tantísimas mujeres en este país y en todos los del mundo de manera absolutamente impune, ahora tenemos dos personas en la cárcel (irán o no, pero condenados), sus vidas sociales y profesionales destrozadas, su hogar hundido, vecinos, amigos y padres avergonzados, los hijos quién sabe cómo ni donde… ¡Les han destrozado la existencia a ellos y a cuantos les rodean!

 

¿Era necesaria tanta pena? ¿No les parece un proceso absolutamente aberrrante, totalmente salido de madre? ¿No será que, por desgracia y por mor de las leyes de ideología de género, hemos llegado de nuevo a ese punto de la historia en el que es necesario reclamar el talión para poner un poco de orden en el derecho? ¿Será posible que tengamos que salir de nuevo a las calles gritando esta vez “¡vuelve Hamurabi, vuelve!”? Por el amor de Dios, ¿tanto hemos retrocedido en estos años?.

 

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