De cuando rezo el rosario (III) Tras el calvario del día

“La cruz horada con su merced divina la necedad del pecado, y se planta como victoria de Cristo en tu horizonte humano. Surge el Calvario en tu vida donde antes no había nada, y así caminas a grandes pasos, de horizonte en horizonte, hacia la meta».

Alonso Gracián

Yo, lo de Alonso me lo aplicaría diciendo que voy caminando “a grandes pasos de rosario en rosario hacia la meta”

Es tanto el ajetreo, tanto sobrellevar dolores y realizar deberes, que se pasan las horas volando al punto de que uno olvida para quién trabaja y para qué lo hace.

El caso es que, la hora en que la Madre me espera para conversar, es el pedacito de cielo que necesito para recordar lo que es fundamental jamás olvidar.

Qué cosa buena era recostarme junto a mamá para conversar antes de la siesta. Platicábamos y, luego, dormíamos un ratito. Era tan reconfortante, brindaba una seguridad y paz tan grandes!

Ese delicioso momento, bastaba para seguir con lo que quedaba del día.

Pues bien, algo parecido –ya que no es igual sino mucho mejor- son esos minutos que paso con la joven María, a quien tanto quiero.

Claro, siempre que el mundo quede fuera de mi cabeza o que los de fuera dejen de tocar la puerta pese a que coloqué el rotulito que dice “Rezando”.

Qué caray! Debo admitir que, de cuando rezo el rosario tras el calvario del día, regreso a mí por María solo para darme cuenta que por merced divina su Hijo amado tiene la victoria sobre el territorio de mi existencia donde antes no había nada.


Madre adorada, gracias por esperarme cada tarde.

Gracias por la gracia que me alcanzas para regresar a mí y, por ti, a ya sabes Quién.

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