Consejos a los católicos fascinados y a los católicos perplejos con el Papa Francisco.

Si algo es un hecho innegable, es que el pontificado del Papa Francisco ha generado como nunca antes desasosiego y perplejidad en un gran número de católicos, mientras que otros por el contrario, están fascinados.

Y no es que pontificados anteriores no recibieran críticas, pues basta recordar el escándalo que se produjo cuando San Juan Pablo II besó el Corán, o cuando Benedicto XVI hizo ciertas declaraciones sobre los condones. Eso, por mencionar sólo dos eventos que vienen a mi memoria.

Pero con el Papa Francisco ha sido distinto, pues la perplejidad y confusión ha afectado no sólo a sectores tradicionalistas, sino a también sectores conservadores (“neocones” en la jerga despectiva tradicionalista) que no la habían pasado mal con los pontificados anteriores.

Yo mismo, que he defendido a los Papas anteriores de numerosas críticas, incluyendo a Juan Pablo II y Benedicto XVI y al mismo Papa Francisco, otras veces me he tenido que morder la lengua cuando veo que no puedo tapar el sol con un dedo.

No sólo me ha pasado a mí, católicos de toda la vida de la generación de Juan Pablo II y Benedicto XVI se han sentido decepcionados de por ejemplo, de ver al Papa Francisco decirle a Sor Lucía Caram, una monja activista que defiende el derecho al aborto y el matrimonio homosexual: “Ah, vos sos la monja que hace lío… Vos, continúa haciendo lío, no te canses”.

Otros me han escrito para que les explique cómo es posible que el Papa alabe públicamente al Cardenal Kasper, quien ha puesto en duda en sus libros la historicidad de los milagros del evangelio, como un teólogo “de los buenos”.

Y eso sin mencionar que es el propio Papa Francisco quien ha hablado en varias ocasiones de la multiplicación de los panes como una “parábola” en la que los panes realmente no se multiplicaron, o cuando afirma que todos somos hijos de Dios, o que no es lícito intentar convencer a otros de abrazar la fe católica.

Así como esos casos podríamos mencionar muchas cosas más que no son fáciles de comprender, pero para tantos católicos el resultado ha sido el mismo: perplejidad, mientras el mundo celebra tener un Papa como nunca antes, que en muchas cosas parece darle la razón donde antes la Iglesia era intransigente.

Quizá la decepción ha sido mayor porque al comienzo de su pontificado muchos teníamos una imagen del Cardenal Bergoglio como alguien bien dispuesto a decir la verdad completa aunque fuese políticamente incorrecta. Todavía recuerdo los titulares cuando se levantaba enérgicamente a declarar que la ley sobre el matrimonio homosexual es una movida de Satanás.

Actualmente en cambio cuando es consultado por las declaraciones donde el Cardenal Marx afirma que debemos pedir perdón a los homosexuales por sostener lo que enseña el Catecismo, él elude la pregunta dándole implícitamente la razón.

El resultado es que evidentemente no es un pontificado al gusto de muchos, pero lo lamentable es que muchos se han visto orillados al sedevacantismo. Es preocupante ver la cantidad creciente de personas que se identifican como católicos llamar al Papa “hereje”, que no son capaces ni de llamarle Papa y le dicen a secas “Bergoglio”. Otros se han aferrado a la absurda hipótesis de que el verdadero Papa es Benedicto XVI a pesar de que ha renunciado y el Papa Francisco fue elegido de forma legítima. En este contexto doy yo, como simple laico algunos consejos:

Huye del sedevacantismo

Por más que no te guste —si es ese tu caso— recuerda que el Papa Francisco es el Papa, y como católicos tenemos el deber de orar por él y tratar de interpretar de manera benigna y en la medida de lo posible, lo que dice y hace, de acuerdo a la Tradición y Magisterio de la Iglesia. Hay que evitar generar un prejuicio que nos predisponga a ver con malos ojos lo que diga o haga.

Inclusive si realmente es un mal pontífice no por eso dejaría de ser el Papa. Sabemos que Papas malos ha habido en otros momentos de la historia, pusilánimes a la hora de actuar, otros inclusive terriblemente inmorales, pero como bien ha explicado mi amigo Bruno en su blog, ha sido el Papa que Dios en su providencia ha permitido y al que toca sufrir con paciencia confiando en que Dios está en control.

Recuerda que es probable que si consideras que no es Papa, es porque posiblemente tienes un entendimiento hipertrofiado del dogma de la infalibilidad, y por eso no entiendes por qué desde tu perspectiva un verdadero Papa pueda equivoque.

Huye de la “papolatría”

El otro extremo tampoco me parece bueno y suele ser causado por el mismo síndrome. Católicos que sostienen que el Papa es infalible incluso cuando no habla ex cátedra y que toman como hereje a los católicos perplejos que osan no estar de acuerdo con todo lo que el Papa dice o hace. Les acusan de querer saber más que el Papa, de ser soberbios y cismáticos.

Respecto a eso les digo, que no todo católico que critica al Papa es cismático ni hereje. Ser católico no implica guardarse el cerebro en una caja y aceptar a ciegas todo lo que nos dicen, como un testigo de Jehová que le enseñan que mañana se acaba el mundo, vende todo y luego cuando no se acaba se queda pancho como si nada.

El propio código de derecho canónico nos da a los fieles “el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de nuestro propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestar a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres, la reverencia hacia los Pastores, y habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas.” (CIC, Canon 212 § 3), y es un derecho que nadie puede quitarte.

Pero de cualquier modo, no olvides el respeto que se merece la persona del Santo Padre. Es una persona como tú y como yo con defectos y virtudes, pero con una responsabilidad enorme de la que un día tendrá que rendir cuentas. Necesita nuestro apoyo y nuestra oración, sobre todo incluso cuando apoyarle signifique levantar la voz cuando algo no nos parezca bien. Así lo hizo San Pablo cuando vio que San Pedro “era de condenar” por haber caído en la actitud pusilánime de ser políticamente correcto.

 

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