Catequesis sobre la Iglesia

Dentro de la programación para celebrar los 150 años de nuestra Arquidiócesis, nos hemos propuesto realizar, durante los meses de septiembre y octubre, una serie de catequesis sobre la identidad y la misión de la Iglesia en las parroquias, en las pequeñas comunidades, en los grupos apostólicos y en  asambleas familiares. Esto nos permitirá comprender mejor la realidad profunda, la estructura eclesial y la vida pastoral de nuestra comunidad arquidiocesana.

Ya está la disposición de todos una cartilla que, con una metodología sencilla, nos va guiando para recorrer un camino de reflexión, oración y vida que nos permite adentrarnos en el ministerio de la Iglesia como principio e instrumento del Reino de Dios, como lugar privilegiado para experimentar la Pascua del Señor, cómo espacio de la actuación del Espíritu Santo, como comunidad enviada anunciar el Evangelio y como realidad concreta que se hace presente en nuestra Arquidiócesis.

Estas catequesis nos deben llevar a renovar nuestra fe, nuestro amor y nuestro sentido de pertenencia a la Iglesia. No creemos, amamos y pertenecemos a la Iglesia porque ella sea perfecta e inmaculada. No puede serlo, porque está formada por nosotros que somos pecadores. Si en ella cupieran solamente a los perfectos, allí no estaríamos nosotros. La Santidad de la Iglesia consiste en la acción y el poder con los que Dios actúa en ella, dentro de las fallas y las limitaciones de los seres humanos.

La identidad santa de la Iglesia es un don de Dios, una gracia que se mantiene a pesar de la infidelidad humana es fruto del amor de Dios que no se deja vencer por la maldad de las personas, sino que asumen su misericordia al pecador, lo perdona, lo transforma y lo santifica.  Entonces la santidad que permanece en la iglesia es la de Cristo, que nosotros, vasijas frágiles y sucias, realiza su presencia y su actuación salvadora. La maravilla de la gracia aparece paradójicamente en la dramática yuxtaposición entre la santidad de Cristo y nuestro pecado.

El sueño irreal de una Iglesia inmaculada ha aparecido en todos los tiempos y ha dado lugar  a las más duras críticas. Del mismo Cristo se escandalizaban porque no lanzaba rayos para destruir a los pecadores,  porque no era un juez implacable que arrancaba la cizaña de la era del trigo. La santidad de Cristo, en cambio, se manifestaba en el contacto con los perdidos y, como dice san Pablo, haciéndose él mismo pecado para purificarnos, para revelarnos él amor misericordioso de Dios.

La Iglesia es la continuación de ese acto por el que Dios asume Cristo la miseria humana y la redime. La Iglesia es la comunidad en la que escuchamos el Evangelio que anuncia la esperanza de que siempre podemos ser mejores a pesar de nuestras fallas y en la que mutuamente nos sobrellevamos a partir de la experiencia de cada uno, a su vez, es cargado.  Si alguno quiere conocer la Iglesia tiene que entrar en ella y vivir la lucha difícil de la conversión y la alegría de ser amado no obstante su permanente fragilidad.

Invito a que asumamos seriamente este tiempo de catequesis que nos permitirá entrar más en el misterio, en la comunión y en la misión de la Iglesia. Podemos poner en marcha diversas iniciativas, como intercambiar catequistas experiencias dentro de las parroquias de cada arciprestazgo. Debemos, sobre todo, proponer nos renovar la gracia de nuestro Bautismo que nos incorporó al “Cuerpo” del Señor, donde se nos ha ofrecido todos los recursos para renacer permanentemente y para avanzar con otros hermanos en el apasionante itinerario de vivir en plenitud y compartir a los demás lo que recibimos.

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