Bajo la acción del Espíritu Santo

Nos estamos disponiendo, como ha pedido el mismo Jesús a los Apóstoles, para renovar la gracia del Espíritu Santo en la próxima solemnidad de Pentecostés. Cada parroquia, cada pequeña comunidad, cada grupo apostólico, cada bautizado, necesita abrirse a este misterio inefable, maravilloso y permanente, que nos participa la unción que recibió Jesús para ser testigo, hasta dar la vida, del proyecto de amor y salvación que tiene el Padre para toda la humanidad.

La acción del Espíritu Santo encamina la persona humana para unirla a Cristo. Por eso, hace presente al Señor resucitado, recuerda y ayuda a comprender su palabra, abre el corazón para que participe de su muerte y resurrección. Luego, por Cristo, lleva a la filiación con Dios para que tengamos vida y alegría, para que demos mucho fruto (Jn 15,5.8.16). Y, después, a los que ha hecho hijos de Dios los une en la Iglesia, como un solo cuerpo con muchos miembros y muchos dones.

El Espíritu actúa, además, para que la Iglesia realice la misión que le es propia. En efecto, en la mañana de Pentecostés, con su impulso potente, tiene inicio la evangelización. Él es quien ayuda a acoger, en lo íntimo de la conciencia, la palabra de salvación y quien lanza a sembrar la semilla del Reino de Dios. Por tanto, no obstante las pruebas y dificultades, podemos mirar el futuro con esperanza, porque el prometido por el Padre es quien nos enseñará y recordará cada cosa, es quien nos mostrará el futuro y los caminos que debemos recorrer (cf Jn 14,26; 16,13).

Por el Espíritu Santo nos es posible continuar en el mundo actual la obra de re-creación de Cristo, trabajar en la esperanza para vencer toda lógica dominante de injusticia y de muerte, entregarnos sin descanso para que las relaciones humanas, a todos los niveles, se reconstruyan en el amor, que es el don que contiene todos los demás y que ha sido derramado en nuestros corazones (Rm 5,5). Este es el núcleo mismo de la vida y la evangelización a las que hoy estamos llamados.

Por la acción del Espíritu Santo cada evangelizador recibe la sabiduría, la valentía y la audacia, que en sí mismo no puede encontrar, para anunciar a todos la novedad de Cristo y, a la vez, cada oyente abre el corazón, entiende, acoge y vive la propuesta de salvación. Es decir, la tarea propia de la Iglesia sólo es posible confiando en el Espíritu, sin temores ni resistencias, sin encerramientos en el propio modo de pensar y de actuar; porque es él quien ilumina, anima y acompaña la misión.

Por eso, aprovechemos esta celebración de Pentecostés para una profunda renovación de nuestras vidas y de nuestra comunidad eclesial. Que el Espíritu Santo nos abra los oídos para escuchar la Palabra de Dios y hacerla vida; que, con él, nuestra oración sea adoración y acción de gracias ante el proyecto de Dios en nosotros y no simple devoción; que fecunde nuestro trabajo pastoral para que sea en realidad continuación de la obra de Cristo y no actividades efímeras que no dan fruto duradero; que permita que nuestras parroquias revelen el rostro amoroso de Dios y no nuestro individualismo y egoísmo.

Quien cree que Pentecostés con todos sus portentos está ligado solamente a los primeros cristianos, contradice la Palabra de Dios que anuncia al Espíritu Santo como un don que será infundido a todas las personas (cf Jl 3,1-5; Gal 3,1-5). San Juan XXIII y San Pablo VI pedían una nueva efusión del Espíritu Santo en nuestro tiempo y ya hemos visto las maravillas que él hace. Permitamos ahora que venga y nos purifique de nuestros pecados, que nos una profundamente en comunidades llenas de fraternidad, que nos colme de dones y de alegría para ser santos y para ser misioneros hasta los confines del mundo.
Ricardo Tobón Restrepo Arzobispo de Medellín

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