Así Germain Grisez ayudó a Pablo VI a crear «Humane Vitae» y combatir la mentalidad anticonceptiva

El 1 de febrero de 2018 moría, con 88 años, el teólogo norteamericano Germain Grisez, uno de los mejores conocedores de la historia detrás de Humanae Vitae, la encíclica de Pablo VI que confirmó en plena revolución sexual que la mentalidad anticonceptiva y los actos anticonceptivos son incompatibles con la fe y la espiritualidad y moral católica.

Grisez nació como el pequeño de 9 hermanos en una familia católica en plena Gran Depresión. Su padre era contable, su madre era una lectora incansable de Newman, Chesterton, Belloc y la Biblia. Germain Grisez se casó a los 21 años, sin dinero, sin terminar sus estudios, sin apoyo de las familias, cuando aún era estudiante laico de teología con los dominicos. Tuvo cuatro hijos.

En los años 60 los católicos reflexionaban sobre un nuevo invento: la píldora anticonceptiva. ¿Era lícita, era distinta a otras formas de contracepción? Grisez pensó sobre el asunto, examinando la encíclica de 1930 de Pío IX Casti Connubii (sobre el matrimonio) y en 1964 escribió sus conclusiones, sabiendo que al criticar la anticoncepción perdería toda posibilidad de ser profesor en un centro no católico.

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo lo entrevistó para Alfa y Omega en 2011. En esa entrevista reveló muchas cosas sobre el origen de la Humanae Vitae de Pablo VI, un documento profético con el que el Papa plantaba cara a la corriente dominante, no sólo en ambientes mundanos, sino también entre los obispos. Grisez está convencido que el Papa, simplemente, entendió la verdad y la defendió con firmeza.

Grisez era un entusiasta de Santo Tomás de Aquino y su filosofía, pero la abordaba de manera creativa. Grisez era un filósofo más que un teólogo, y cree que los teólogos que apoyaban la anticoncepción se equivocaron, precisamente, por no ser filósofos: asumían una filosofía mundana, una filosofía no cristiana, sin esperanza.

– Usted trabajó, en 1966, en la Comisión pontificia sobre población, familia y natalidad. ¿En qué consistía esta Comisión?

– La Comisión era un pequeño grupo de estudio, creado en 1963 por Juan XXIII, para planificar la contribución de la Santa Sede en algunas reuniones internacionales sobre los problemas de población. Luego, después de que Pablo VI ya fuera Papa, varios teólogos publicaron artículos en los que sugerían que la Iglesia podía -y debía- cambiar su enseñanza moral tradicional de que el uso de la anticoncepción, incluso en parejas casadas, siempre está mal. Algunos miembros de la Comisión y su Secretario General, el padre dominico Henri de Riedmatten, instaron a Pablo VI a que no reafirmara la doctrina tradicional sin haberla revisado antes.

– Algunos sostenían que la píldora anticonceptiva era diferente de los métodos anticonceptivos que la Iglesia siempre había condenado. Así que Pablo VI decidió, en 1964, ampliar la Comisión, y llamó a una gran variedad de teólogos, sacerdotes implicados en el trabajo pastoral con parejas casadas, médicos, sociólogos y matrimonios. Algunos pensaban que la Iglesia debía cambiar su enseñanza sobre este asunto.

– No era el caso del padre jesuita John Ford, ni de usted…

– El padre Ford fue un destacado teólogo moral de la época, que defendía la enseñanza de la Iglesia sobre la anticoncepción, y había hablado con Pablo VI sobre este tema. Yo había escrito un libro sobre La contracepción y la ley natural, y Ford me pidió que le ayudara con su trabajo. A principios de 1966, el Papa Pablo VI reorganizó la Comisión, de modo que todos sus miembros anteriores se convirtieron en asesores expertos de dieciséis cardenales y otros obispos. Ford participó en sesiones de estudio con los otros teólogos. Justo al final, me pidió que fuera a Roma y le ayudara a prepararse para la reunión de los cardenales y obispos.

– Usted ayudó a Ford a escribir una respuesta crítica al Informe final oficial de la Comisión. ¿Qué contenía ese Informe, y en qué consistió su crítica?

– De Riedmatten escribió el Informe final, y se puso del lado de la mayoría de la Comisión, que sostuvo que las parejas casadas pueden -y a veces deben- usar anticonceptivos, y que la Iglesia debía aprobar su uso y animar a las parejas casadas a seguir su propio juicio acerca de qué métodos utilizar y cuándo utilizarlos. Uno de los prelados a los que el Papa llamó a la Comisión de cardenales y obispos no pudo asistir: Karol Wojtyla, arzobispo de Cracovia, que más tarde se convirtió en el Papa Juan Pablo II.

» Cuando los otros quince votaron, todos menos uno estuvieron de acuerdo en que la píldora anticonceptiva no es moralmente diferente de otras formas de anticoncepción. Y nueve de los quince votaron a favor de un cambio en la enseñanza de la Iglesia; tres se opusieron a este cambio; y los otros tres fueron incapaces de tomar una posición clara a favor o en contra.

– El cardenal Alfredo Ottaviani, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, era uno de los tres miembros de la Comisión en contra de un cambio en la enseñanza de la Iglesia. En privado, le pidió al padre Ford que preparara una crítica al Informe final. Ford le habló de mí a Ottaviani, y el cardenal nos pidió a ambos reunirnos con él. Entre otras cosas, el cardenal Ottaviani nos dijo que el Papa preguntaría: ¿Entonces cómo han podido todos estos buenos hombres -la gran mayoría de la Comisión- llegar a esta conclusión? Ford y yo comenzamos por esbozar una respuesta a esa pregunta, y así elaboramos nuestro propio borrador.

– Le repito entonces esa misma pregunta: ¿cómo pudieron todos aquellos buenos hombres llegar a semejante conclusión?

– Había una serie de factores que movían a pensar en un cambio: las dificultades de las parejas casadas, el rápido aumento de la población en algunas zonas menos prósperas del mundo, un nuevo énfasis teológico sobre la bondad de la relación matrimonial, la confusión acerca de los métodos de regulación de la natalidad… Pero el verdadero motivo era una comprensión humanista y mundana de los seres humanos y de los valores morales. Los teólogos de la mayoría de la Comisión, que no eran filósofos, habían aceptado acríticamente una filosofía no cristiana.

– ¿Y si Pablo VI hubiera aceptado la opinión de la mayoría?

– En realidad, Ford y yo no esperábamos que Pablo VI aceptara la opinión de la mayoría. Pensamos que eso sería un error terrible, y que algo así podría conducir a una tremenda confusión en la Iglesia.

– La oración y la Misa eran parte de su vida diaria, mientras trabajaban en Roma. ¿Eran conscientes de todo lo que estaba en juego?

– Sabíamos que había mucho en juego y que nuestro trabajo era muy importante. Trabajamos muy duro. Celebramos juntos la Misa cada día. Durante todo el tiempo que trabajé con Ford, nunca lo vi deprimido o con ansiedad acerca de cómo iban a ir las cosas. La clave de la paz interior de Ford y de su esperanza firme era que tenía la fe de un niño en la Providencia. Él solía decir: No importa lo mal que parezcan ir las cosas; cuando me voy a la cama, sé que estoy en los brazos de Dios y estoy seguro de que todo va a ir bien. Yo no tenía esa profunda confianza en la Providencia, pero posteriormente, en mayo de 1968, tuve la experiencia de una profunda confianza en la Providencia, así como la certeza absoluta de que Jesús y el Espíritu Santo nunca abandonarían a su Iglesia.

– En julio de 1968, Pablo VI finalmente publicó la Humanae vitae, que confirmó la doctrina de la Iglesia sobre la anticoncepción, la esterilización y el aborto. Así, rechazó la opinión de la mayoría de la Comisión y aceptó la de Ford y usted. Nadie hubiera apostado por ustedes…

– Pablo VI no se limitó a contar los votos. Pienso que estudió lo que Ford y yo habíamos escrito para el cardenal Ottaviani, así como materiales enviados por el arzobispo Karol Wojtyla y sus colegas polacos. En última instancia, el Papa se convenció de la verdad sobre las cuestiones debatidas, y también se convenció de que no tenía más alternativa que enseñar la verdad, lo que finalmente hizo.

– ¿Qué pensó en los años siguientes, cuando la Humanae vitae fue contestada, incluso en la misma Iglesia?

-Mis pensamientos eran muchos y complejos. Yo pensaba que la Iglesia no estaba tan en buena forma como parecía estar en 1960, ya que bajo la superficie había una gran cantidad de podredumbre y corrupción, que no se mostró sino hasta años después. También pensé que los obispos y teólogos que disintieron de la Humanae vitae estaban causando un terrible perjuicio a la Iglesia y a las parejas casadas. En 1973, me di cuenta de que al menos algunos de ellos estaban haciendo lo mejor que podían, al igual que yo, y que yo no debía juzgar a ninguno de ellos con dureza.

– Hoy parece demostrado que la mentalidad anticonceptiva llevó a la rápida aceptación del aborto, a un gran aumento del divorcio, y a una tasa de natalidad tan baja en los países ricos que ha provocado la actual crisis económica. ¿Cómo puede la Iglesia cambiar ahora la mentalidad anticonceptiva?

– Estoy firmemente convencido de que la Iglesia no puede hacer nada que ayude a cambiar la mentalidad anticonceptiva, o promover una cultura de la vida, excepto predicar y enseñar el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. No me refiero a parte del Evangelio, sino a todo el Evangelio. A menos que la gente crea en el reino de Dios, no puede tomar su cruz y seguir a Jesús. Pero una vez que alguien cobra esperanza y toma su cruz, todos los asuntos morales vendrán por su propio peso.

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