Ángelus, 14 de septiembre de 2014

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El 14 de septiembre la Iglesia celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Alguna persona no cristiana podría preguntarnos: ¿por qué «exaltar» la cruz? Podemos responder que no exaltamos una cruz cualquiera, o todas las cruces: exaltamos la cruz de Jesús, porque en ella se reveló al máximo el amor de Dios por la humanidad. Es lo que nos recuerda el evangelio de Juan en la liturgia de hoy: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito» (3, 16). El Padre «dio» al Hijo para salvarnos, y esto implicó la muerte de Jesús, y la muerte en la cruz. ¿Por qué? ¿Por qué fue necesaria la cruz? A causa de la gravedad del mal que nos esclavizaba. La cruz de Jesús expresa ambas cosas: toda la fuerza negativa del mal y toda la omnipotencia mansa de la misericordia de Dios. La cruz parece determinar el fracaso de Jesús, pero en realidad manifiesta su victoria. En el Calvario, quienes se burlaban de Él, le decían: «si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz» (cf. Mt 27, 40). Pero era verdadero lo contrario: precisamente porque era el Hijo de Dios estaba allí, en la cruz, fiel hasta el final al designio del amor del Padre. Y precisamente por eso Dios «exaltó» a Jesús (Flp 2, 9), confiriéndole una realeza universal.

Y cuando dirigimos la mirada a la cruz donde Jesús estuvo clavado, contemplamos el signo del amor, del amor infinito de Dios por cada uno de nosotros y la raíz de nuestra salvación. De esa cruz brota la misericordia del Padre, que abraza al mundo entero. Por medio de la cruz de Cristo ha sido vencido el maligno, ha sido derrotada la muerte, se nos ha dado la vida, devuelto la esperanza. La cruz de Jesús es nuestra única esperanza verdadera. Por eso la Iglesia «exalta» la Santa Cruz y también por eso nosotros, los cristianos, bendecimos con el signo de la cruz. En otras palabras, no exaltamos las cruces, sino la cruz gloriosa de Jesús, signo del amor inmenso de Dios, signo de nuestra salvación y camino hacia la Resurrección. Y esta es nuestra esperanza.

Mientras contemplamos y celebramos la Santa Cruz, pensamos con conmoción en tantos hermanos y hermanas nuestros que son perseguidos y asesinados a causa de su fidelidad a Cristo. Esto sucede especialmente allí donde la libertad religiosa aún no está garantizada o plenamente realizada. Pero también sucede en países y ambientes que en principio protegen la libertad y los derechos humanos, pero donde concretamente los creyentes, y especialmente los cristianos, encuentran obstáculos y discriminación. Por eso hoy los recordamos y rezamos de modo particular por ellos.

En el Calvario, al pie de la cruz, estaba la Virgen María (cf. Jn 19, 25-27). Es la Virgen de los Dolores, a la que mañana celebraremos en la liturgia. A ella encomiendo el presente y el futuro de la Iglesia, para que todos sepamos siempre descubrir y acoger el mensaje de amor y de salvación de la cruz de Jesús. Le encomiendo, en particular, a las parejas de esposos a quienes tuve la alegría de unir en matrimonio esta mañana, en la basílica de San Pedro.


Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Mañana, en la República Centroafricana comenzará oficialmente la misión querida por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para favorecer la pacificación del país y proteger a la población civil, que está sufriendo gravemente las consecuencias del conflicto actual. Mientras aseguro el compromiso y la oración de la Iglesia católica, aliento el esfuerzo de la comunidad internacional, que acude en ayuda de los centroafricanos de buena voluntad. Que la violencia ceda cuanto antes el paso al diálogo; que las partes contrapuestas dejen de lado los intereses particulares y se esmeren para que cada ciudadano, independientemente de la etnia y de la religión a la que pertenece, colabore en la edificación del bien común. ¡Que el Señor acompañe este trabajo por la paz!

Ayer fui a Redipuglia, al cementerio austrohúngaro y al sagrario. Allí recé por los muertos a causa de la gran guerra. Los números son estremecedores: se habla de cerca de ocho millones de jóvenes soldados caídos y de cerca de siete millones de civiles. Esto nos permite comprender que la guerra es una locura. Una locura de la que la humanidad aún no ha aprendido la lección, porque después de ella ha habido una segunda guerra mundial y muchas otras que aún hoy se están librando. Pero, ¿cuándo aprenderemos esta lección? Invito a todos a contemplar a Jesús crucificado para comprender que el odio y el mal se vencen con el perdón y el bien, para comprender que la respuesta de la guerra solo aumenta el mal y la muerte.

Y ahora os saludo cordialmente a todos vosotros, fieles romanos y peregrinos provenientes de Italia y de varios países.

Saludo, en particular, a «Los amigos de Santa Teresita y de Madre Elisabeth», de Colombia; a los fieles de Sotto il Monte Giovanni XXIII, Mesina, Génova, Collegno y Spoleto; y al coro juvenil de Trebaseleghe (Padua). Saludo a los representantes de los trabajadores del Grupo idi y a los miembros del Movimiento Arcobaleno Santa Maria Addolorata.

Os pido, por favor, que recéis por mí. Os deseo a todos un feliz domingo y un buen almuerzo. Hasta la vista.

 

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