Andrea Riccardi: escribir de los mártires «fue bajar a lo profundo»

Andrea Riccardi (Roma 1950), historiador y fundador de la Comunidad de San Egidio, fue de 2011 a 2013 ministro «sin cartera» del Gobierno italiano para la cooperación internacional. En el año 2000 publicó su primera versión italiana de su gran libro sobre los mártires del siglo XX.

Ediciones Encuentro publica ahora la versión revisada de El Siglo de los Mártires, en un libro de casi 600 páginas, en parte por la insistencia del obispo Juan Antonio Martínez Camino, que desea apasionadamente que se conozcan los mártires de este siglo de electricidad, gasolina, bomba atómica y ordenadores.

Riccardi, que ha sido profesor de Historia Contemporánea y de Historia del Cristianismo en la Universidad de Roma Tres y en La Sapienza, ha explicado que escribir el libro le transformó y sorprendió. «Yo creía conocer la historia del cristianismo en el s. XX, pero escribir este libro fue como bajar a las catacumbas de la historia. Me dio la vuelta como un calcetín, me inquietó, me hizo descubrir dimensiones profundas», explica. Algunas de ellas, de lo más oscuro y maligno del hombre. Otras veces, del misterio asombroso de los mártires unidos a Cristo.

«Un mártir cristiano no es bandera de una facción. El mártir va por delante de todos nosotros. Él es un evangelio viviente. Estamos llamados a conocer y aceptar su testimonio, a conocer sus historias y hacer memoria», explica el historiador

Clérigos de distintas confesiones en el campo nazi de Dachau, donde fueron asesinados muchos religiosos. Fueron encerrados 2.500 clérigos católicos, 1.000 murieron allí.

«El mártir no es una excusa para hacer victimismo cristiano ni es una base para vengarse», advierte Riccardi. «El mártir cristiano perdona como Cristo perdonó. El mártir muestra qué es lo que vive de verdad la Iglesia. Muestra una fuerza ‘débil’, una fuerza hecha de debilidad. La vemos en hombres, mujeres, niños, pobres, personas asesinadas sin defenderse ni ceder.

Pienso en esas mujeres cristianas en el Imperio Otomano, amenazadas de muerte a menos que abrazasen el Islam, que optaban por mantenerse firmes en la fe. Pienso en monseñor Romero, en El Salvador, que resistía las presiones. En el padre Pino Puglisi, amenazado por la mafia en Palermo, que no abandonó. Esa es la fuerza ‘débil’ de la Iglesia».

Riccardi escribía historia del siglo XX, historias a veces antiguas, como el genocidio turco contra los cristianos armenios y siríacos durante la Primera Guerra Mundial. Pero luego se dio cuenta, con asombro, de que algunas personas que conocía, con las que había tratado, se convertían en mártires, en pleno siglo XXI. No era historia antigua, ni moderna. Era hoy.

Así, entre sus conocidos personales, habla del jesuita Paolo Dall’Oglio, que estuvo 3 décadas en un monasterio cerca de Damasco antes de ser secuestrado por el Estado Islámico en 2013. Él lo da por muerto, pero no es seguro. También da por muertos a los dos obispos de Alepo que fueron secuestrados juntos en abril de 2013, el sirio-ortodoxo Gregorios Johanna Ibrahim y el greco-ortodoxo Boulos Yazigi.

Recuerda también a Christian de Chergé, el prior de Nuestra Señora del Atlas, en Argelia, asesinado con su comunidad en 1996. Y al obispo de Orán, Pierre Lucien Claverie, asesinado también ese año en Argelia.

«Yo he conocido mártires, nosotros hemos conocido mártires, y, sin embargo, ¡seguimos igual!», se escandaliza Riccardi.

«El cristianismo es una religión histórica, sus textos sacros están embebidos de historia», insiste este historiador. Por eso, el cristiano tiene un llamado a conocer y recordar y conmemorar los hechos. Lamenta que muchos en la Iglesia vivan como en «un eterno presente, una vida religiosa hecha de emociones» y que se esté «perdiendo el gusto por la historia y la memoria».

Interrogado sobre cual persecución del siglo XX fue la más tenaz, perversa y astuta, apuesta por la de la Unión Soviética. «Fue larguísima, sistemática, a partir de 1917; el Patriarca Tijon, de la Iglesia Ortodoxa Rusa, antes de morir, ya avisó: la noche será larga y muy oscura. Pero las historias de los distintos países y persecuciones son muy distintas».

Riccardi considera que «nuestras iglesias son pobres en lo que respecta a hacer memoria de los mártires». Juan Pablo II animó a la Comunidad de San Egidio, el movimiento fundado por Riccardi, a crear un lugar especial con la Iglesia de los Nuevos Mártires en la Isla Tiberina de Roma. «Pero no es un museo.

Una iglesia nunca es un museo. Es la fe del pueblo que reza. Allí hay reliquias y memoria. Allí está el pastoral del arzobispo Posadas Ocampo, de Guadalajara (México), asesinado por mafias en 1993. Hay reliquias entre muchas otras, de un joven cristiano ruandés, asesinado en las matanzas de hutus y tutsis de 1994. Está el misal de monseñor Romero.»

Riccardi no solo es historiador. Ha sido político al menos dos años, y siempre ha participado en procesos diplomáticos con la Comunidad de San Egidio. ¿Qué piensa del reciente acuerdo del Vaticano con China, el gran gigante donde no hay libertad religiosa, donde aún hay obispos católicos encarcelados y desaparecidos y en arrestos domiciliarios?

«El acuerdo del Vaticano con China había que hacerlo», explica. «Es tarea del Santo Padre mantener la unidad de la Iglesia en todas las partes del mundo. En China hay una división. Es un país enorme, que afronta un gran desafío misionero y en el que la Iglesia católica está bloqueada mientras crecen los grupos neoprotestantes.

Este acuerdo cuesta sacrificios por parte de fieles y de sacerdotes. Pero el Santo Padre no lo hace por motivos políticos sino para que continúe la misión de la Iglesia. Forma parte de la historia de la Iglesia. Por ejemplo, recordemos cuando el Papado firmó un concordato con Napoleón, con el que el Papa hizo dimitir a los obispos legítimos y renombró a todo el episcopado francés. Aquella era una situación muy difícil, que llevaba bloqueada décadas y había que hacer algo».

China es peculiar: la persecución sigue allí hoy a distintos niveles de intensidad, sin las crueles matanzas de hace unas décadas. Repasar el libro de Riccardi nos ayuda a explorar la dureza y variedad de las persecuciones del «civilizado» y «tecnológico» siglo XX:

– la larga persecución bajo el régimen soviético en la URSS, el país más grande del mundo

– la idolatría nazi, breve pero sanguinaria

– la persecución en los países de Europa oriental bajo regímenes comunistas

– el odio a los cristianos y misioneros en las misiones de África, Asia y América Latina

– la persecución en la enorme y pobladísima China

– las persecuciones a manos del islamismo

– las persecuciones sangrientas contra los católicos en los años 20 en México, a manos de su gobierno «ilustrado»

– los conflictos en el África independiente, en que varias facciones optaban por matar cristianos

– y categorías especiales: mártires de la caridad, de la justicia, bajo las mafias, bajo el terrorismo…

El miércoles 5 de julio, Riccardi presentó el libro en Madrid, en el Colegio Mayor Universitario de San Pablo. Riccardi explicó a los asistentes que San Juan Pablo II fue el que hizo pensar seriamente en la transcendencia de los mártires en la Iglesia.

«Él fue testigo de la persecución bajo el comunismo y se dio cuenta de que la iglesia es un pueblo de mártires. Le preocupa que muchos mártires desconocidos no llegarían a los altares públicamente». Esa fue una de las razones que llevaron a Riccardi a contar en su libro las historias de los sin nombre, los desconocidos.

«Cada historia es un mensaje y todas juntas son un mensaje. Es una gran herencia. Ciertas historias me han impresionado muchísimo. No creía en un mundo tan cruel», señaló el historiador en la presentación.

El obispo Martínez Camino recordó que la sangre cristiana derramada no es sólo la de los católicos. Así, dijo, cuando San Juan Pablo II visitó la iglesia de los mártires en la Isla Tiberina, mencionó sólo a dos y ninguno era católico. Uno era el metropolitano ortodoxo de Petrogrado, Benjamín, fusilado por los bolcheviques en 1922 junto con dos colaboradores. Otro el pastor luterano alemán Paul Schneider, detenido por los nazis en 1937, torturado por ellos porque predicaba desde su celda y porque no rendía homenaje a Hitler. Fue asesinado con una inyección letal en 1939, dejando viuda y seis hijos.

Martínez Camino recomendó el libro de Riccardi y sus historias por abarcar todos los países y las distintas confesiones cristianas. El obispo auxiliar de Madrid señaló también la importancia de los mártires españoles de los años 30, «aunque se recuerden poco a nivel mundial».

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