Una cuaresma para el siglo XXl

UNA CUARESMA PARA EL SIGLO XXI

Arquidiócesis de Medellín

 

Todo llamado a la conversión, a la luz de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, es de una insondable profundidad; capaz de proporcionarnos, hoy como ayer, momentos de fe y esperanza, para caminar decididamente hacia la experiencia de la Pascua. Todo cuanto a un cambio de vida se refiera es importante, y cuando el creer se alimenta del Evangelio, comienza para nosotros una nueva fuerza trascendental: convertirnos y empezar, así, a construir nuestra eternidad.

La Cuaresma es el tiempo privilegiado de la peregrinación interior hacia Aquel que es la fuente de la misericordia. Es un caminar a través de las limitaciones y fragilidades de nuestra existencia, teniendo como fortaleza e inspiración a un Jesús que no es indiferente a la condición humana, porque Él es Dios hecho hombre; y esa Humana Presencia Viva nos ha de sostener, siempre, durante nuestra peregrinación hacia la alegría intensa de la Pascua.

La Cuaresma nos lleva, inconfundiblemente, a una mayor identidad con Cristo y nos permite ir meditando y contemplando su vida para imitarlo y poder despojarnos de todo aquello que nos impide gustar a Dios. Estos días de conversión nos convocan a contemplar los sufrimientos del Señor en su cuerpo: el prendimiento, los azotes, las heridas, los golpes, la corona de espinas, los clavos, hasta llegar a adorar Jesús en la cruz, muriendo por nuestros pecados.

Es frente a la cruz donde contemplamos al Dios-Hombre, agobiado por el dolor. Su sacrificio se encuentra más allá del pensamiento y del sentir, puesto que los padecimientos vividos por El no podemos materializarlos; sus dolores físicos precedieron a ese inmenso dolor interior de contemplar la indiferencia del hombre por las manifestaciones de su infinito amor.

La cruz y el dolor de Jesús, nos deben llevar a pensar la Cuaresma como un momento de gracia en nuestra historia, que despierte en cada uno de nosotros un proyecto de salvación, en cuanto que ella es un volver a Dios: Cuaresma y Pascua van de la mano. La Cuaresma nos lleva a tomar conciencia del dolor humano, porque no podemos evitar pensar en él mientras sufrimos. El dolor humano se halla ante nosotros, domina nuestra mente, y mantiene clavados nuestros pensamientos en él.

Aunque la mayoría de las veces, este dolor humano se gesta en el pecado, no debiera opacar nuestra mirada y nuestra gratitud por las amorosas manifestaciones de Dios. El pecado está ante nuestros ojos, y si no fortalecemos nuestro carácter en la fe y en el amor de Dios, termina por dominarnos; solo así, podremos llevar todos nuestros pensamientos y acciones a un estado de serenidad, misericordia, luz, esperanza y amor.

Cuando hay dolor frente al pecado, de inmediato surge una motivación para cambiar de vida y asumir la responsabilidad de ser libres, haciéndolo todo bien. Tomar conciencia del dolor humano a causa del pecado, nos debe llevar a trascender el momento, y, bajo la guía de Dios que nos llama a la conversión, recobrar el orden de nuestra vida y darle sentido a nuestra misión aquí en la tierra.

La Cuaresma nos permite intensificar la espiritualidad y ampararnos en Cristo; nos ayuda a afrontar aquellas situaciones que nos roban la paz y nos coaccionan interiormente. Vivir la Cuaresma con fe, ha de permitirnos recobrar nuestra amistad con Dios y comprometernos con el hermano, a la luz del Evangelio. Una vida en Cristo ha de ser una vida para gastarnos en la fe y en el amor a Dios con oración, ayuno, limosna, y, fundamentalmente, con un amoroso y respetuoso sentido de nuestra vida y de la de los demás.

El mismo Jesús habló y actuó en consecuencia: “He aquí que vengo, oh Dios, a cumplir tu voluntad; no has querido sacrificios y ofrendas, sino que me has preparado un cuerpo” (Hebreos 10, 9). Y se hizo hombre para sufrir como hombre, y cuando llegó su hora, se entregó a sí mismo en holocausto, dejando para la posteridad en la cruz, la gratuidad de Dios, quien en su infinita sabiduría, lo ha dispuesto todo para nuestra salvación.

Este itinerario de fe, con un llamado directo a la conversión, ha de favorecer nuestra vivencia de la pasión del Señor para vencer el peso del pecado, que no deja de ser una rebelión contra Dios, pues como enemigo de la gracia, ataca lo que Dios más ama. En la muerte de Dios hecho hombre, se nos enseña la grave naturaleza del pecado en sí. Si nos convertimos de corazón, podrá sobreabundar la gracia, y la experiencia en Dios transformará nuestra historia.

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